JACK
Ella acelera el paso y, al llegar a su habitación, cierra la puerta con tanta fuerza que el sonido resuena en el pasillo. No podría decir que me complace verla así, pero en cierto modo, es un respiro. Lidiar con la maldita tensión que me invade cada vez que se acerca es casi imposible. Isabella causa estragos en mis pantalones cada vez que esta cerca y me molesta el hecho de no tener control de mi mismo.
Sin detenerme, regreso a la cocina. Los hombres están agrupados, mientras que las empleadas siguen en estado de shock, en especial Annie, que llora con desconsuelo. Me da a entender que algo tenía que ver con el hombre que maté.
No siento el más mínimo remordimiento, a pesar de que fui yo quien le disparó en la frente a su amante.
Era uno de esos idiotas que escuché hablando basura sobre Isabella. Seguro creyó que podía aprovechar la oportunidad y salir impune. Frunzo el ceño al recordar las palabras de Dominic: "Nadie puede tocarte, excepto yo" Si supiera lo que se me pasó por la cabeza aquel día en el baño, yo también estaría muerto.
—Aquí no ha pasado nada —digo con firmeza a las empleadas—. Sigan con lo suyo.
Todas vuelven a sus tareas, excepto Annie, que me observa con el rostro encendido de ira.
—¡Eres un maldito asesino! —escupe entre dientes, con la mandíbula tensa.
—Dime algo que no sepa —replico con indiferencia antes de alejarme sin más.
Los chicos están sacando el cuerpo en este preciso momento. No necesito decir nada; una simple mirada es suficiente para que entiendan lo que deben hacer. Dominic… no tolera errores.
Una vez el cadáver desaparece, me dirijo a la salida.
Las horas pasan volando y la noche llega más rápido de lo esperado. Me mantuve ocupado gestionando el embarque de mercancía, todo salió sin contratiempos.
Camino despacio frente a la puerta de Isabella. No la he visto en todo el día, pero sé que está bien porque una de las empleadas le llevó comida y me informó sobre su estado.
Suelto un suspiro pesado y sigo mi camino. ¿Por qué diablos deseo verla aunque sea solo un instante?
Mierda.
Realmente estoy perdiendo la cabeza.
Voy directo a la ducha, esperando que el agua tibia me ayude a relajarme, pero el intento fracasa cuando no puedo sacar de mi mente a esa condenada mujer. No se que esta pasando conmigo.
Al salir, me pongo solo el bóxer y me tiro en la cama. No tengo ganas de vestirme con nada más, el calor es insoportable y odio el aire acondicionado. Cubro mi rostro con el antebrazo y poco a poco el sueño me vence.
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HORAS DESPUES
Un grito desgarrador me arranca del letargo.
—¡NO! ¡SUÉLTAME!
Me incorporo de golpe, sintiendo un leve mareo, pero lo ignoro y salgo apresurado de la habitación.
Los sollozos me guían hasta la puerta de Isabella, que está completamente abierta.
—¡Maldición! —mascullo entre dientes mientras entro a toda prisa.
La cama está deshecha. Annie yace en el suelo, boca abajo, a un costado del colchón, e Isabella está completamente paralizada.
¿Qué carajo ha pasado aquí?
Me acerco de inmediato y la sujeto por los hombros. Su mirada perdida y sus manos ensangrentadas hacen que el corazón me martillee en el pecho.
—¿Estás herida? ¿Qué sucedió?
Ni siquiera reacciona. Sigue con la vista fija en la nada.
—¡ISABELLA! ¡RESPONDEME, JODER!
Al fin parece despertar de su trance. Sus ojos se dirigen a Annie, y su expresión se llena de angustia.
—Yo… yo no quería hacerle daño… —balbucea, observando sus manos temblorosas.
—Dime exactamente qué pasó —insisto con voz firme.
Me mira por fin, sus ojos están cargados de culpa y las lágrimas amenazan con caer.
—Ella… entró a mi habitación… —jadea, luchando por respirar—. Me culpó de todo… intentó matarme… yo… no sabía qué hacer.
Me acerco al cuerpo de Annie y la volteo. Un enorme cuchillo de cocina le atraviesa el pecho, y una mancha de sangre empapa la alfombra. Toco su cuello solo para confirmar lo evidente. Está muerta.
A mis espaldas, escucho una respiración agitada.
Isabella está de pie, con los brazos tensos a cada lado del cuerpo y la mirada clavada en el cadáver. Su pecho sube y baja con rapidez. Está al borde de un ataque de pánico.
—Mírame —le sujeto el rostro con ambas manos—. Tranquila… respira…Mírame, conejita... todo está bien.
No alcanzo a decir nada más antes de que su cuerpo se desplome contra el mío.
—¡Joder!
La cargo en brazos y la llevo hasta mi habitación, acostándola en mi cama.
Su rostro angustiado me recuerda la primera vez que le quité la vida a alguien. Aquella sensación de vacío me persiguió durante muchas noches.
Me paso las manos por el cabello, frustrado.
—¿Qué voy a hacer contigo, Isabella?
Intento ignorar el hecho de que la he traído aquí… pero cuando la observo, maldigo por lo bajo.
Lleva puesta una bata traslúcida y un panty rojo de encaje. Parece un maldito ángel.
Estoy jodido.
Me apresuro a tomar un suéter del perchero y salgo, cerrando la puerta tras de mí. Necesito apartarme antes de hacer una estupidez. Mi cuerpo no suele resistirse a la tentación, y eso no sería bueno para ninguno de los dos.
Voy en busca de los chicos de turno para ponerlos al tanto. Muchos se muestran sorprendidos, pero nadie cuestiona mis órdenes. Después de lo ocurrido en la mañana, nadie se atrevería.
Después de un rato, cuando todo está limpio, regreso a mi habitación. Entro con cautela y me encuentro con unos hermosos ojos marrones fijos en mí.
—¿Te sientes bien? —pregunto.
Ella asiente con la cabeza.
—Puedes quedarte aquí si quieres —digo sin mirarla—. Yo dormiré en otro lado.
Doy media vuelta, listo para salir, pero antes de que lo haga, escucho sus pasos acercarse.
De repente, siento sus brazos rodeándome por la espalda.
Mi corazón se descontrola.
Siento su cuerpo pegado a mí, sus manos aferrándose a mi camisa, sus sollozos apenas audibles.
—No me dejes, Jack… —murmura con la voz temblorosa—. Quédate conmigo. Por favor...
Mierda.
Este es mi fin.
¿Cómo podría decirle que no… cuando yo tampoco quiero irme?