ISABELLA
Traté de esconderme el resto del día, y por fin, la noche ha caído. Aunque me muero de aburrimiento, prefiero mil veces esto antes que toparme con Jack otra vez y que mi cuerpo vuelva a reaccionar como siempre lo hace cuando está cerca. Además, las empleadas han estado extrañas desde lo que ocurrió esta mañana. Sus miradas cargadas de sospecha y reproche me persiguen en cada rincón de la casa. No quiero más problemas.
Me siento sobre la cama después de dejar un libro en el estante. La habitación está en penumbra, solo iluminada por la tenue luz de la lámpara sobre la mesita de noche. Respiro hondo, tratando de distraerme con el silencio, cuando la puerta se abre de golpe.
Una gran bandeja entra flotando en el aire antes de que la figura de Annie se revele tras ella. Cierra la puerta con fuerza, sin siquiera mirarme a la cara.
—Aquí tienes —dice con tono agrio, descargando la bandeja con brusquedad sobre la mesita.
Frunzo el ceño. Algo en su actitud me alerta.
—¿Qué pasa? —pregunto, analizando su rostro, pero ella mantiene su expresión de enojo, el ceño fruncido hasta el límite.
—Debes estar feliz después de haber sido la culpable de la muerte de Noah —escupe las palabras como veneno.
No es algo que me tome por sorpresa. Lo veía venir.
—Todos conocen a Dominic… —suspiro, intentando controlar la frustración—. Y… ese hombre… bueno… él me atacó.
Annie aprieta la mandíbula con tanta fuerza que su rostro se tensa aún más.
—¿Te atacó? —su risa es seca, llena de desprecio—. Zorra desvergonzada, algo me dice que él no habría hecho eso sin una provocación.
Su acusación es como un golpe en el estómago.
—¿Me estás hablando en serio? —rio, pero es un sonido hueco, lleno de incredulidad y rabia. Camino hasta la puerta y la abro de golpe—. ¡Quiero que salgas de mi habitación ahora!
Annie avanza de mala gana hasta quedar frente a mí. Su mirada arde de odio.
—Eres igual o peor que Dominic Black. Llevarás siempre la muerte de Noah en tu espalda—susurra, con un brillo peligroso en los ojos—. No hay nada que los diferencie… malditos asesinos.
Se marcha a toda prisa. Cierro la puerta de un golpe y me apoyo en ella, sintiendo cómo la ira se apodera de mí. ¿Cómo se atreve a decir algo así? ¿Compararme con Dominic?
La frustración y la rabia hierven en mi interior. Miro la bandeja sobre la mesita, pero pierdo el apetito. No pienso comer nada que fue preparado con tanto odio.
Las horas pasan, y sigo acostada, mirando el techo. He visto morir a mucha gente a manos de Dominic, incluida mi familia. Al principio, la impotencia de no poder hacer nada para detenerlo me destrozaba, pero con los años… ya no me afecta tanto. O al menos eso quiero creer. Pero no soy como él. Nunca sería capaz de… matar a otra persona.
Suspiro y me doy la vuelta en la cama, apagando la lámpara. Trato de acallar mi mente hasta que, al fin, el sueño me arrastra.
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HORAS DESPUÉS
No puedo respirar.
Me despierto de golpe con una presión sofocante en el cuello. Mis ojos se abren y la veo. Annie está sobre mí, montada en mi cuerpo, con el rostro desfigurado por el odio. Sus manos me aprietan con fuerza.
En la otra, sostiene un cuchillo.
—¿Qué es…tás ha…ciendo? —mi voz sale rota, ahogada por la falta de aire. Me aferro a su muñeca con todas mis fuerzas, luchando por evitar que el filo del puñal llegue a mi pecho.
—¡Muérete, maldita perra! ¡Todo es culpa tuya!¡Noah jamás debió morir por culpa tuya!—ruge, presionando con más fuerza.
El miedo se apodera de mí. No puedo perder. No puedo morir aquí.
—¡NO! ¡DÉJAME!—grito con toda la fuerza que me queda.
Miles de voces resuenan en mi cabeza.
"Eres igual a Dominic"
"No hay nada que los diferencie."
"Te voy a enseñar a respetar, hija de puta."
"Isabella… sabes cómo se doman las fieras salvajes?"
"Me da igual quién seas… alguien tiene que saciarme estas ganas."
¿Por qué mi vida tiene que ser así? ¿Por qué no puedo tener paz?
Siento la ira recorrerme como un fuego abrasador. Mi cuerpo se llena de una fuerza que no sabía que tenía. Aprieto su muñeca con todas mis fuerzas, la giro y…
El cuchillo se hunde en su pecho.
Annie se queda inmóvil. Sus ojos se abren, desorbitados. Se lleva las manos a la herida, tocando la sangre caliente que brota de su cuerpo. Me observa aterrada.
—E…eres… un… mon…monstruo… —balbucea, tratando de arrastrarse hacia la orilla de la cama. Pero no lo logra. Sus fuerzas la abandonan, y cae de cara al suelo con un quejido desgarrador.
Mi respiración se agita. Me abrazo a mí misma, temblando.
¿Qué hice?
La maté.
Yo la maté.
Las lágrimas me nublan la vista. El cuerpo de Annie yace inerte en el suelo, rodeado de un charco de sangre.
Soy un monstruo… lo soy.
No quería matarla. Solo quería vivir.
—¿Estás herida? ¿Qué pasó?
La voz de Jack me devuelve a la realidad. No sé en qué momento llegó, pero está frente a mí, mirándome con preocupación.
-¡ISABELLA, RESPONDEME, JODER!
—Yo… yo no… no quería hacerle daño… —susurro, observando mis manos cubiertas de sangre. El temblor en mi cuerpo se intensifica.
-Dime exactamente qué pasó?
-Ella...entro a mi habitación- el aire se hace más denso- me culpó de todo... intentó matarme... yo... no sabia que hacer.
Jack se acerca al cuerpo de Annie y le da la vuelta. La sangre sigue manando de la herida, empapando el suelo. Su pulso es inexistente. Ambos lo sabemos.
Su mirada se cruza con la mía.
Empiezo a hiperventilar.
Yo hice esto. Yo acabé con la vida de esa mujer. No quise matarla... yo solo... no quería morir.
Trato de levantarme, pero mis piernas tiemblan. Me siento mareada.
—Mírame —Jack toma mi rostro entre sus manos—. Tranquila… respira... Mírame conejita...todo está bien.
El mundo se desvanece.
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Despierto en una habitación desconocida.
Las sábanas son suaves, cálidas… y huelen a él. Es un aroma varonil, envolvente, tranquilizador. Me aferro a la almohada, embriagándome con su esencia. Por un instante, el peso en mi pecho se disipa.
Escucho pasos acercarse y me incorporo rápidamente.
La puerta se abre. Jack entra vestido solo con un suéter y ropa interior. Su cuerpo está semidesnudo… ¿A dónde fue vestido así? Mis ojos recorren sus largas y musculosas piernas antes de que logre recuperar la compostura.
—¿Estás bien? —pregunta, con la mirada seria.
Asiento. No encuentro palabras.
—Puedes quedarte aquí si quieres —desvía la mirada—. Yo dormiré en otro lado.
Da media vuelta para irse.
Mi cuerpo se mueve antes de que mi mente lo procese. Corro hacia él y lo abrazo por la espalda.
No quiero que se vaya.
Un recuerdo me golpea.
Él fue quien entró al baño aquel día. Le rogué que me dejara morir… pero me salvó. Lo ha hecho otras veces.
Es el único en quien confío.
Lo necesito.
El dolor en mi pecho se intensifica y las lágrimas caen sin control.
—No me dejes, Jack —susurro—. Quédate conmigo. Por favor...
Él se gira lentamente. Sus fuertes brazos me envuelven.
—Joder, Isabella… —murmura—. Me estás volviendo loco.
Su abrazo me llena de calma. Y, por primera vez en mucho tiempo, dejo de temblar.