ISABELLA
—Por favor... No te vayas —gimoteo, con la voz apenas un susurro, aferrándome a su presencia como si fuera mi única ancla en este instante.
—No voy a hacerlo —su respuesta es firme, sin vacilación, y, antes de darme cuenta, siento el roce de sus labios en mi cabeza. Un beso, un gesto tan íntimo como inesperado.
Mi respiración se entrecorta. Es un detalle pequeño, pero me desarma por completo. Alzo la vista con cautela y me encuentro con sus ojos, atrapándome en su magnetismo. Son hipnotizantes, un reflejo de todo lo que él es: intensidad pura, peligro latente y una ternura que se cuela en los momentos más inesperados.
Cuando su sonrisa aparece, encantadora y confiada, un estremecimiento recorre mi cuerpo. Me ruborizo al notar cómo mi temperatura sube.
—El recuerdo de esa mujer me va atormentar esta noche —murmuro, casi con miedo de decirlo en voz alta, porque sé que si lo hago, se hará más real.
—Fue un día difícil, conejita —su tono es sereno, pero sus ojos delatan la preocupación que intenta ocultar. Su mano se eleva con suavidad y acaricia mi rostro, con la misma delicadeza con la que alguien acariciaría un objeto preciado. Luego, con un movimiento lento, aparta un mechón de cabello de mi rostro y lo coloca detrás de mi oreja.
Su tacto me reconforta más de lo que estoy dispuesta a admitir.
—Pero debes entender que nada de esto es tu culpa —añade con firmeza.
Trato de apartar la mirada, de evadir sus palabras, pero él no me lo permite. Su agarre es delicado, aunque irrompible. Con ambas manos sostiene mi rostro y me obliga a mirarlo.
—¡Mírame! —ordena con intensidad—. Solo te defendiste. Era ella o tú. Sobreviviste, eso te hace fuerte.
Su convicción me hace temblar. Pero el remordimiento sigue ahí, clavado en lo más profundo de mi ser.
—Ahora soy igual a él —susurro, con un nudo en la garganta.
Jack frunce el ceño, su expresión cambia de inmediato.
—¿A quién? —pregunta, arqueando una ceja.
—Soy como Dominic… —su nombre se me atraganta en la garganta.
Lo veo rodar los ojos con fastidio.
—No es así —su respuesta es tajante—. Dominic mata por simple placer —suspira pesadamente y sacude la cabeza—. En cambio tú...dios...la primera vez que te vi… pensé que eras un ángel —una risa entre dientes escapa de sus labios—. Aunque no te mentiré, no deseaba este trabajo. Intenté negarme.
Sonríe con cierta diversión, como si recordara aquellos días.
—Aunque la terquedad que te caracteriza lo hizo más interesante.
La sombra de una sonrisa se dibuja en mis labios.
—Si te soy sincera, también te detestaba… o te detesto —suelto una leve risa—. Aún no lo decido.
—¿Ah, sí? —su sonrisa se ensancha, cargada de malicia—. Pero hace unos segundos me rogaste que no me fuera.
El calor me sube al rostro. Maldición, tiene razón. No tengo cómo defenderme de ese argumento. Lo quiero cerca.
—Así es —susurro con una leve sonrisa.
Él sonríe también, pero su mirada se vuelve más intensa.
—¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo, cierto?
Sé que hay un doble significado en sus palabras. La picardía en su tono me lo deja claro.
—¡Claro! —respondo enseguida, sin titubeos—. Quiero que me acompañes. Yo dormiré en la cama y tú... no sé, en cualquier otro sitio dentro de la habitación.
Jack estalla en carcajadas.
—¿Ya te dije que me estás volviendo loco? —sus manos se posan en mis caderas, y su boca se acerca peligrosamente a mi oído—. ¿Cómo pretendes que duerma tan cerca de ti y logre controlarme? Me pides demasiado.
Un jadeo escapa de mis labios antes de poder contenerlo.
—Solo no deseo estar sola… —suspiro, intentando convencerlo, o quizá convencerme a mí misma.
—¿Es lo único que quieres de mí? —su voz es un murmullo ronco, y entonces muerde suavemente el lóbulo de mi oreja.
Un corrientazo de placer recorre mi cuerpo.
—Ss… sí —titubeo, perdiendo el control de mi respiración. Su cercanía hace que mi cuerpo enloquezca.
—¿Segura? —sus labios se apoderan de mi cuello, depositando besos con una dulzura que contrasta con la necesidad ardiente que transmite su cuerpo—. Porque tu piel y tus ojos me dicen otra cosa… entonces, ¿a quién obedezco?
—Mmmm....Jack—jadeo, y la respuesta está escrita en mi piel.
—Quiero besarte… tocarte… y hacerte el amor como ningún otro hombre lo ha hecho, conejita—su voz es un ronco susurro cargado de deseo—. Quiero venerar cada centímetro de tu cuerpo, y tratarte como lo que realmente eres... Un valioso tesoro.
—Hazlo… —las palabras salen de mis labios antes de que pueda pensarlas.
Su mirada se oscurece y, en ese instante, ya no hay vuelta atrás.
Su boca se adueña de la mía con desesperación. Sus besos no son solo besos, son una invasión a mis sentidos, un incendio en mi piel. Sus manos recorren mi cuerpo con la precisión de quien sabe exactamente cómo encenderme.
Su aliento es cálido contra mi piel cuando sus labios bajan hasta mi cuello, dejando un rastro de fuego con cada beso.
—Isabella… has sido mi puto dolor de huevos desde hace días —su confesión me arranca una sonrisa traviesa—. Y no pienso soltarte más.
Me mira fijamente, su mirada es una promesa.
No tengo tiempo de responder antes de que su boca vuelva a capturar la mía. Su lengua se desliza con maestría, reclamándome.
Mis manos recorren su torso, sintiendo cada músculo tensarse bajo mis caricias. Con un movimiento ágil, desliza las tiras de mi bata, dejando mi piel expuesta ante su mirada hambrienta.
—Ellos piden toda mi atención —dice con una sonrisa antes de tomar uno de mis pechos en su boca.
Un gemido escapa de mis labios cuando su lengua traza círculos tentadores. La humedad entre mis piernas es innegable, mi cuerpo arde por él.
—Hazme tuya ahora... Jack… —susurro con la voz entrecortada.
Sus ojos reflejan la misma lujuria que corre por mis venas.
Con mis manos, jalo su camisa y la despojo de su cuerpo. Contemplo su físico y me relamo los labios inconscientemente.
—Creo que esto no lo necesitamos —dice con una sonrisa pícara antes de quitarme las prendas que quedan entre nosotros—. Perfecto… ahora sí puedo admirar tu bello cuerpo por completo.
Mis ojos bajan hasta su bóxer, donde su erección es evidente.
—Creo que esto tampoco lo necesitamos —murmuro, señalando su ropa interior.
Jack suelta una risa traviesa. Yo misma lo despojo de la última prenda, dejando su desnudez al descubierto.
—oh mi dios… —murmuro, sin poder evitarlo.
—Me alegra que te guste lo que ves —ríe—. Pero… mi amigo aquí —señala su erección— se muere por sentirte.
La excitación se apodera de mí. Me acerco a él y, con un movimiento lento, me acomodo sobre su m*****o.
Cuando finalmente lo siento llenarme, un jadeo entrecortado escapa de mis labios.
—Oh, Dios… —murmuro, temblando de placer.
Y, en ese momento, sé que ya no hay vuelta atrás.
Cada músculo de mi cuerpo comienza a tensarse. El sudor a empapado nuestros cuerpos haciendo que nuestros aromas se mezclen. No puedo pensar en nada más que no sean sus hermosos ojos observándome llenos de placer.
Mi cuerpo no aguanta más y se convulsiona, liberando toda la tensión.
-Jodeeer!- escucho de su parte en un murmullo. Mientras que yo... no puedo hacer más que gemir y dejar que mi frente se desplome sobre su pecho.
Nuestras respiraciones agitadas chocan una con la otra. Mi brazos temblorosos se aferran a él. Los suyos también se desplazan acariciando de arriba abajo mi espalda.
Cuando recupero algo de fuerza lo observo fijamente. Su sonrisa coqueta está presente y sus ojos detallan mi rostro.
-Te vez más atractiva en este momento- su mano derecha deja mi espalda y acaricia suavemente mi mejilla- Oficialmente estoy loco por ti, conejita.
Un suspiro se me escapa. Él esta loco por mi? Yo ya perdí la noción de todo gracias a él. Acerco mi boca para besarlo con devoción.
-Quedate conmigo Jack....