JACK
Su respiración pausada me indica que ha caído en un sueño profundo. Su cuerpo, relajado y tibio, descansa sobre mi pecho, mientras mis dedos se pierden en su cabello, enredándose en esos hilos de seda oscuros que aún conservan el aroma de nuestra unión.
Acabo de perderme en ella, de hacerla mía hasta sentirme saciado. Pero la saciedad es un espejismo, porque el deseo por Isabella es insaciable. Su piel, su voz, la manera en que responde a cada caricia… todo en ella enciende en mí un fuego imposible de apagar.
No pensar en las consecuencias durante nuestro encuentro fue demasiado fácil. Sus gemidos, su cuerpo encajando perfectamente con el mío, la necesidad primitiva que nos consumía... Todo me tenía atrapado en un trance del que no quise escapar. Pero ahora, la razón regresa como un golpe seco y brutal.
La realidad me embiste con una verdad innegable.
Isabella es la mujer de Dominic.
Y él no es de los que se resignan a perder algo, mucho menos a alguien.
Joder… ¿qué demonios voy a hacer ahora?
Porque una cosa es clara: tampoco estoy dispuesto a dejarla ir. Jamás había experimentado esto con ninguna mujer. Me he follado a muchas, pero jamás le hice realmente el amor a ninguna... hasta hoy. Todo en Isabella, es dulce, inocente, así como quiero hacerla mía una y otra vez, también deseo protegerla de todo.
Con cuidado, la acomodo a mi lado, asegurándome de no perturbar su sueño. Su expresión es serena, ajena a la tormenta que se desata dentro de mí. Me pongo de pie con sigilo, agarro mi suéter y un pantalón, vistiéndome con rapidez. Antes de salir, reviso mi arma y guardo el teléfono en el bolsillo.
Cierro la puerta con seguro desde adentro y me alejo por el pasillo en completo silencio. Necesito aire. Necesito pensar.
El reloj marca alrededor de las 4 a.m. mientras me dirijo a la entrada con la intención de salir. Pero antes de alcanzar la puerta, capto susurros provenientes de la cocina.
Frunzo el ceño y me acerco sin hacer ruido.
—¿Cómo se te ocurre decir algo así? —murmura uno de los guardias, con evidente molestia.
—Si no es así… entonces dime dónde está ella. Revisé cada rincón de la casa y no la encontré —responde una mujer con los brazos cruzados, su tono cargado de sospecha.
—Sí, pero de ahí a que estén juntos hay mucho trecho. No te atrevas a comentar algo así… ¿o quieres que te corten la lengua? Recuerda que ella es la mujer del jefe —hace una pausa para rascarse la nuca, nervioso—. Y… Jack es su mano derecha. Una calumnia podría salirte cara.
—¿Y qué si después quiere matarlo para quedarse con todo… incluida su esposa? —bufa la mujer—. Nada de raro sería.
—Por el amor de Dios, cierra esa puta boca —rueda los ojos—. Dedícate a trabajar solamente. No digas…
Carraspeo y entro en la cocina.
Los dos se tensan de inmediato.
—¿Despiertos a esta hora? —arqueo una ceja mientras el guardia traga saliva visiblemente nervioso.
—E-Emm… es que no encontramos a la señora Isabella—dice la mujer, forzando una sonrisa.
—Está en mi habitación —expreso sin rodeos.
Ambos abren los ojos de par en par, sorprendidos.
—¿E-En su habitación… con usted? —balbucea el hombre, desconcertado.
Aprieto la mandíbula y frunzo el ceño.
—¿En serio me estás preguntando esa estupidez? —mi tono es frío y cortante—. Está en mi habitación porque es el único lugar del que nadie tiene llave excepto yo. Dado que no se puede confiar ni en la servidumbre, ella está allí encerrada.
La mujer traga en seco.
—Y… ¿y usted? —titubea.
—Por desgracia, debido a las circunstancias, no he pegado un puto ojo en toda la noche —le dedico una mirada asesina—. Pero si te interesa saber, me quedaré en aquella habitación —señalo una de las puertas cercanas.
—No, no me interesa. Lo siento… solo me preocupé por la señora —agacha la cabeza rápidamente.
—Por fortuna, está bien y a salvo —digo con frialdad, lanzándole una mirada de advertencia—. Deberías preocuparte más por hacer bien tu trabajo. Recuerda que en este momento ninguno de ustedes es de fiar.
Les doy la espalda y me retiro sin más. Frenar esos comentarios desde ahora evitará cualquier rumor que pueda esparcirse.
Suspiro con frustración.
Aunque lo que más deseo es volver a los brazos de Isabella, ahora debo actuar con inteligencia.
Abro la puerta de la habitación que señalé y entro, dejándome caer sobre la cama. El aroma de ella todavía impregna mi piel, su cabello aún parece enredado en mis dedos… Joder. Tengo que encontrar una solución.
El sueño me arrastra lentamente hasta la inconsciencia.
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El insistente sonido del teléfono me saca bruscamente del descanso. Lo contesto sin siquiera ver quién llama.
—Habla Jack—mi voz suena rasposa.
—¿Qué mierda estás haciendo? ¿Es tan difícil contestar el puto teléfono? —la voz de Dominic retumba en mi oído, cabreado como nunca.
—Dormía y no lo escuché —respondo con seriedad.
—¿Dormías? ¿Te estoy pagando para eso? ¡Me cago en la puta! ¿Estás seguro de que Isabella no escapó mientras tú le hacías de bello durmiente?
Aprieto la mandíbula.
—Respecto a eso… —gruño—. Ayer fue una noche complicada.
—¿De qué hablas? ¿Se te escapó? ¡Eres un...
—No es eso —lo corto en seco—. Annie entró a su habitación y trató de matarla.
El solo recordarlo hace que me hierva la sangre.
—¡¿QUÉ?! ¿DÓNDE ESTÁ ESA MALDITA PERRA AHORA? —su grito es tan fuerte que alejo el teléfono para no quedar sordo.
—Muerta.
Dominic guarda silencio unos segundos antes de responder con una voz más calmada.
—Bien hecho.
—De hecho, yo no lo hice. Fue Isabella.
Al otro lado de la línea, escucho su risa siniestra.
—Interesante. Cada día me sorprende más. ¿Sabes lo que eso significa?
No respondo.
—Significa que pronto estará lista para ser parte del negocio a mi lado. Mi propósito era hacerla fuerte y veo que ya lo estoy logrando.
Mi cuerpo se tensa. ¿Cuántas cosas le ha hecho con esa excusa?
—¿Cree que ella querría ayudarlo? —pregunto, conteniendo la ira en mi voz.
—No me interesa lo que ella quiera. Aquí importa lo que yo necesito.
Su siguiente frase me revuelve el estómago.
—Quiero una perra que pueda complacerme en la cama. Una sumisa que haga lo que me plazca y...
El celular impacta contra la pared y se hace trizas.
¿Una perra? ¿Una sumisa?
Mi respiración se agita, el odio consume mi cuerpo.
Isabella no merece esto.
Este maldito mundo no es su lugar.
Me dirijo a su habitación sin dudarlo. Debe irse.
Cuando ella abre, la empujo suavemente contra la pared y devoro sus labios con desesperación.
Mi voz se quiebra en un susurro contra su piel.
—Debes huir, Isabella.
Ella me mira, desconcertada.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Voy a ayudarte a escapar. Y cuando Dominic esté muerto… te prometo que iré por ti.
Su mirada se clava en la mía, y sus labios pronuncian lo inesperado:
—Ven conmigo, Jack…