JACK
Después de dejar a la mujer con Dominic, camino directo hacia los empleados. Escucho sus risas a lo lejos, resonando por el pasillo, murmurando como si se tratara de una historia interesante. No puedo evitar escuchar lo que dicen, aunque preferiría no involucrarme.
—¿Bromeas? estoy seguro que esta vez el jefe si la va a matar. Ya ves las palizas que le da. Esa mujer jamás aprende —dice uno de los tipos, su tono lleno de burla, como si la vida de alguien fuera solo un juego.
—¿Con la obsesión que tiene el jefe por ella? Lo dudo mucho ¿Viste lo que le hizo a Teo? Lo mato sin titubear por dejarla sola—responde otro, su cara mostrando preocupación, aunque sé que en realidad le importa un carajo.
—Pfff, si fuera por mí, la tendría atada o esposada, que no se moviera ni un milímetro. Aunque la gata salvaje esa parece que es bastante masoquista —dice otro, mientras todos sueltan una carcajada. Eso es lo que más me molesta.
—La mujer está buenísima. Yo le echaría un buen polvo y de paso le... —uno de ellos comienza a decir con tono lascivo, y de inmediato entro al lugar, decidido a callarlo.
—No sabía que les pagaran por charlar en los pasillos. Dudo que Dominic les permita estar aquí sin hacer nada —les suelto, cortando su conversación, sintiendo cómo el aire cambia. Todo se queda en silencio, y un par de ellos intentan irse rápidamente. Uno se queda ahí, hinchando el pecho, tratando de mostrarse imponente. Qué idiota.
—¿Y tú quién eres para hablarme así? Tengo bastante recorrido en esta casa. ¿Quien te crees?—me suelta, señalándome con el dedo, su voz temblando como si de verdad me intimidara.
—No soy nadie, pero no quiero que me hables como si tu fueras alguien —respondo con calma, aunque por dentro el coraje está a punto de estallar. —Así que guarda ese maldito dedo antes de que te lo corte, al igual que la lengua. ¿No sabes quien soy? Apuesto a que no quieres conocerme.
Lo veo tragar saliva, el tipo se queda ahí, quieto, sin poder decir más. Paso a su lado con una sonrisa torcida, disfrutando de su desconcierto. A veces olvido lo fácil que es intimidar a estos tipos.
Mi teléfono vibra en el bolsillo. Lo saco rápidamente, viendo el número en la pantalla.
-Habla Jack Carter—respondo, con tono serio.
—Soy Ivan Volkov. Dominic me espera. Dile que estaré allí en un par de horas, que hubo un retraso en la aerolinea. Adviertele que no tengo tiempo ni paciencia y que me atienda de una vez—me dice, colgando casi de inmediato.
Ivan Volkov es el jefe de la mafia rusa. No es alguien con quien quieras quedar mal, y Dominic lleva tiempo intentando una alianza con él. Así que, de inmediato, me dirijo hacia la habitación de Dominic para informarle el retraso, aunque no tengo muchas ganas de verlo. Cuando paso frente a su puerta, escucho gritos provenientes del interior. No dudo ni un segundo, me acerco para escuchar.
—¡Tienes que aprender quién manda aquí, Isabella! —la voz de Dominic retumba, seguida del sonido de varios latigazos.
¿Qué demonios está pasando allí?
—¡Basta! ¡Por favor! ¡No más! ¡Alguien ayúdeme! —grita la mujer, y en ese momento mi estómago se revuelca. ¿Está golpeándola?
No lo pienso. Toco la puerta de inmediato, interrumpiendo la escena, sin poder controlar el ritmo frenetico de mi corazon. ¿Le hace daño a su esposa?
La puerta se abre de mala gana, chocando contra la pared, y la mirada de Dominic se vuelca hacia mí, furioso.
—¿Qué demonios haces aquí? - su respiración agitada.
—El ruso estará aqui en 20 minutos—le lanzo, sin pensarlo dos veces. Estoy jugandome la vida en esto, pero el temblor en mis manos y la opresión en mi pecho no me permiten pensar con claridad.
—¿Qué? ¿El maldito ruso esta por llegar? ¿Tan pronto?—me pregunta, volviendo a enfocarse en mí, claramente molesto por mi irrupción.
—Sabes que detesta esperar—respondo sin querer perder más tiempo.
—¡Mierda! —grita mientras se da vuelta para ir a cambiarse rápidamente. Su rostro sigue rojo de rabia. Y yo, por supuesto, me quedo en el pasillo, mirando la escena. Ya no quiero involucrarme más de lo que estoy, pero mi cuerpo continúa pegado al suelo, mirando con horror la escena frente a mí.
-Desátala- dice con desdén saliendo de la habitación.
La espalda de la mujer tiene leves líneas carmesí pintadas en la tela de su ropa. Sus piernas también tienen algunas marcas. Aquello me hace apretar los puños, cargado de ira.
Antes de dar un paso, escucho nuevamente su voz.
-Por favor... por favor... desatame...
Su voz suplicante se mete en mi piel y me propina una puñalada justo en el pecho. Actuó rápidamente tomando las llaves de las esposas y soltandola.
Aparto la vista de ella porque aquello me remueve recuerdos de un pasado que no pretendo volver a revivir.
-Gracias- murmura
-No hice nada- respondo toscamente, con rabia. Pero no rabia hacia ella, rabia conmigo mismo, con Dominic. Con todo aquel hombre que dice amar a una mujer y solo la lastima.
Seré un asesino desalmado, un monstruo... pero jamás dañaría a la mujer que diga amar... jamás.
Miro una ultima vez hacia ella desde el umbral de la puerta. La mujer está medio desmayada, con marcas de sangre en las muñecas. La odio y la compadezco al mismo tiempo. No sé si debo quedarme o irme, pero al final decido no hacer más preguntas y seguir mi camino. Me involucré mucho más de lo que debía. Camino de regreso hacia el despacho a enfrentar el lio en el que me metí por gusto.
Llego al despacho donde Dominic se ha sentado, tratando de calmarse con un trago de whisky. En ese momento, me percato de lo jodido que está todo. Ya no se puede hacer mucho más.
—Te estaba esperando —me dice, mientras se sirve otro vaso.
—Volkov llegará tarde —le informo, sin siquiera mirarlo a los ojos.
—¿Por qué no me dijiste antes? ¿Acaso me mentiste para salvar a esa ramera?—dice él, girando su rostro hacia mí. Su mirada está cargada de enojo, pero no me atrevo a decir más. Estoy cansado.
- Para salvarte, de ti mismo. Como te dije Volkov está de camino. No hay más que agregar a eso —respondo, con tono seco.
-Estoy jodido, Jack... malditamente jodido. Esa mujer no hace más que despreciarme. ¡Malditasea!- rompe el vaso que tiene en sus manos- ni siquiera alcanzas a imaginar lo mucho que la amo. ¿Y se atreve a despreciarme?
Ver lo trastornado que está es realmente sorprendente. Esclavo de él mismo y sus impulsos. Eso no es propio de Dominic.
-Sabes que no soy buen consejero en estas cosas. Así que mejor me voy.
-Lárgate- dice tomando otro vaso nuevo.
Camino de regreso a mi habitación, pero antes de llegar una mujer de la servidumbre me interrumpe.
—Es que… la señora Isabella está mal. Entre a la habitación y no responde. Trate de despertarla y tampoco pude. Parece muerta—Me lanza una mirada cargada de preocupación.
La sigo de cerca a la habitacion. Cuando entro, la escena es aún peor de lo que imaginaba. La mujer está tirada en la cama, con el rostro pálido y las muñecas sangrando.
—¡Trae el botiquín! —ordeno a la empleada que está a mi lado, mi voz retumbando con urgencia.
—Pero… Acaso ella... ¿Está muerta?—pregunta, aunque no parece estar muy convencida.
Me acerco a ella, miro las heridas y siento cómo mi ira crece. No puedo seguir mirando todo esto sin hacer algo.
—No está muerta, pero si no haces lo que te digo, lo estará pronto. ¡Mueve el culo! —le grito, incapaz de controlar el fastidio.
Cuando la miro de cerca, siento un nudo en el estómago. Recuerdos que creí haber superado regresan de nuevo.
FLASHBACK
—Escóndete aquí, Mathias, y pase lo que pase, no salgas —susurró mi madre con la voz quebrada. Su rostro estaba desfigurado por el miedo, sus manos temblaban al cerrar la puerta del armario sobre mí.
Yo no entendía del todo lo que pasaba, pero el terror en sus ojos me decía suficiente. Sabía que cuando mi padre cruzaba esa puerta, nada bueno sucedía.
—¡No, por favor, no lo hagas! —su súplica atravesó las paredes de la casa como un cuchillo, y yo, dentro del armario, me cubrí los oídos con fuerza, como si eso pudiera apagar los gritos.
—Veo que aún no aprendes a recibir a tu esposo como se debe —gruñó él, con esa voz ronca y ebria que me provocaba escalofríos.
El ruido del primer golpe retumbó en el suelo. Luego vino el sonido seco de su cuerpo cayendo, seguido de un gemido de dolor.
Tenía solo cinco años. No podía hacer nada. Mis pequeñas manos temblaban contra la madera del armario, y mis lágrimas caían en silencio, empapando la tela de mi camisa. Afuera, los gritos de mi madre se mezclaban con el estruendo de los golpes y el crujir de los muebles al ser derribados.
El olor a alcohol impregnaba el aire, filtrándose por las rendijas del armario junto con la desesperación. Quería salir corriendo, lanzarme contra él, hacer algo… pero no podía moverme. Solo podía quedarme ahí, escondido en la oscuridad, con el corazón desbocado y los puños cerrados con rabia e impotencia.
Esa noche, cuando finalmente todo terminó y el silencio se instaló en la casa, yo seguía temblando en mi escondite. Mi madre me sacó de ahí con los ojos hinchados y el labio partido, pero aun así me sonrió y me abrazó con una ternura que solo ella podía darme.
Creí que todo sería mejor cuando finalmente logramos escapar de él. Pero la vida no nos dio tregua. No pasó mucho tiempo antes de que la enfermedad se la llevara, dejándome solo con los recuerdos de su dolor y el peso de la culpa de no haber podido hacer nada por ella.
FIN FLASHBACK
Las imágenes de aquella noche se difuminan en mi mente cuando vuelvo a la realidad. Me obligo a parpadear varias veces, enfocando mi vista en la mujer que tengo frente a mí.
Ella está tan indefensa como lo estuvo mi madre aquella vez. Es un recordatorio doloroso de que el mundo sigue siendo el mismo, de que la historia se repite una y otra vez.
Dominic Black... Solo pensar en su nombre hace que la rabia me hierva en las venas.
—¡Llama al médico! —le ordeno a la empleada, que ya me ha traído el botiquín. Ella sale rápidamente, dejándome a solas con la mujer.
Con cuidado, empiezo a limpiar sus muñecas, donde las marcas de las ataduras han dejado surcos profundos en su piel pálida. Sus heridas son recientes, aun no cicatrizan... tardarán más en sanar.
¿Por qué una mujer como ella terminó en manos de Dominic Black? No lo sé, y tampoco entiendo por qué me molesta tanto. No debería importarme. Pero aquí estoy, detallando cada centímetro de su rostro.
Su piel de porcelana brilla bajo la luz tenue, su cabello castaño húmedo cae en desorden sobre la almohada. Se ve tan frágil... como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.
No sé en qué momento mi mano se mueve por voluntad propia, pero cuando me doy cuenta, ya estoy acariciando su mejilla con la yema de mis dedos.
—¡Ahhh! —su grito me saca de mi ensimismamiento, y de un golpe manotea mi rostro, haciéndome retroceder.
Parpadeo, sorprendido. ¿En qué demonios estaba pensando?
—¡Aléjate! ¡No me toques! —su voz es aguda, llena de miedo y rabia, y por un instante me recuerda a mi madre, cuando intentaba defenderse sin éxito.
—Tranquilízate, te puedes lastimar más si sigues moviéndote así —frunzo el ceño, retrocediendo unos pasos para darle espacio.
Sus ojos oscuros me observan con recelo, como si estuviera evaluando si soy una amenaza. Aprieta la sábana entre sus manos, temblando.
—¿A qué volviste? —su voz es un susurro tembloroso, pero cargado de desconfianza—. ¿Él te envió para volver a atarme?
Respiro hondo, controlando el impulso de responder con brusquedad.
—El médico no tarda en llegar —me limito a decir, esquivando su pregunta.
Me doy la vuelta y camino hacia la puerta, pero su voz me detiene.
—¡No vuelvas a mirarme de esa forma!
Detengo mi andar y giro la cabeza, mirándola con el ceño fruncido.
—¿De qué manera?
Ella se incorpora lentamente sobre la cama, sus manos aferradas a las sábanas.
—Con lástima. Detesto cuando me miran así.
La observo un momento, evaluando sus palabras. ¿Lástima? No... eso no es lo que siento en este momento. Es algo mucho más complicado que eso.
Sin responder, salgo de la habitación, cerrando la puerta tras de mí.