CAPITULO VII

2394 Words
ISABELLA Mi cuerpo debería haberse acostumbrado al dolor, pero no es así. Hace solo unos minutos, Jack estaba en mi habitación. Abrir los ojos y encontrarlo tan cerca me puso nerviosa. ¿Por qué me observaba de esa manera? Tal vez siente lástima, o peor aún, culpa. Pero, ¿qué demonios estoy pensando? Es imposible que un hombre como él tenga remordimientos. Es un lobo con piel de cordero, y mi instinto me grita que no confíe en él. Un hombre mayor entra en la habitación. Instintivamente, recojo las piernas. Me he vuelto demasiado desconfiada, como si el mundo estuviera lleno de sombras acechando en cada esquina. —Soy el doctor West. Tranquila, voy a revisar tus heridas —su tono es calmado, aunque se mueve con cautela al acercarse. Parece notar mi miedo, lo que solo me hace sentir más vulnerable—. No voy a lastimarte. Finalmente, cedo y dejo que examine mis muñecas. Su tacto me arranca una mueca de dolor. Es un dolor punzante, como si cada herida llevara impresa una cicatriz del pasado. —Respira hondo —dice con suavidad, posando su mano en mi hombro antes de intentar girarme—. Necesito ver tu espalda. Obedezco, levantando con dificultad la camisa pegada a la sangre seca. La tela se siente como un peso insoportable. —¡Ahh! —gimo cuando sus dedos rozan la zona. Cada toque desata una oleada de recuerdos dolorosos. —Sé que duele, pero debo desinfectar y volver a suturar las heridas —me advierte con voz profesional. Solo pensar en el dolor que viene me hace preguntarme cuánto más podré soportar antes de quebrarme. Escucho cómo revuelve algo entre sus instrumentos antes de sentir el líquido frío derramarse sobre mi espalda. —¡Maldita sea! ¡Arde! —una lágrima resbala por mi mejilla mientras aprieto los ojos con fuerza, tratando inútilmente de bloquear el dolor. —¡Se le paga para que haga bien su trabajo, maldita sea! —la voz de Jack retumba en la habitación, haciendo que me sobresalte. ¿Cuánto tiempo lleva ahí? —Lo... lo siento —titubea el médico. No entiendo por qué todos parecen temerle tanto a este hombre. —Hazlo de nuevo, pero con más cuidado —ordena Jack con frialdad. Cierro los ojos de nuevo y me preparo para la quemazón que se repite cuando el líquido vuelve a hacer contacto con mi piel. Aprieto los labios para no quejarme. El doctor solo está haciendo su trabajo, y el último problema que necesito es Jack interfiriendo. —¿Te sigue doliendo? —su voz, tan cerca, me hace abrir los ojos de golpe. Está justo a mi lado. ¿Cuándo se acercó tanto? Me observa con una ceja arqueada, como si analizara mi reacción. —Estoy bien —miento, intentando que mi voz no delate el temblor que me recorre. —Como digas —su mirada gélida se posa en el médico por un segundo antes de apartarse. ¿Desde cuándo le importa si sufro o no? Trato de distraerme del ardor en mi espalda, pero su imagen se filtra en mi mente. La forma en que me miró cuando desperté. Esos ojos verdes, enmarcados por pestañas gruesas. El recuerdo acelera mi pulso. Saber que sigue en la habitación no ayuda en absoluto. —Necesito que te quites completamente la blusa —dice el médico, sacándome de mis pensamientos. —¿Qué? —lo miro con sorpresa. —Es difícil trabajar con la tela estorbando —explica con naturalidad, pero mi rostro arde al recordar que no llevo sostén. Mis ojos se deslizan hacia Jack . ¿No piensa salir? —Me la quitaré solo si este tipo se va —gruño, apretando la mandíbula. —No tienes nada que yo no haya visto antes —su voz gutural y su expresión despreocupada hacen que la sangre me hierva. Le lanzo una mirada asesina, pero él solo sonríe con arrogancia antes de salir de la habitación. —¿Señorita? —la voz del doctor me devuelve al presente. Me doy cuenta de que he estado mirando la puerta durante demasiado tiempo. —Lo siento —susurro antes de quitarme la blusa y dejarla a un lado. El doctor hace su trabajo con precisión. Parece un hombre amable. Sus cabellos canosos me hacen pensar en cómo se vería mi padre ahora. Y esa simple idea es suficiente para abrir una vieja herida en mi corazón. Los disparos, el incendio… Todo vuelve como un torrente implacable. Mis lágrimas caen sin que pueda evitarlo. —¿Le duele? —pregunta el doctor, notando mi expresión—. La anestesia debería estar haciendo efecto. Niego con la cabeza y, con mi mano libre, me cubro el pecho con la blusa. —Estoy bien —murmuro, forzando una sonrisa. —Sé que ha pasado por mucho, pero se nota que es fuerte. No se rinda. Sus palabras me reconfortan de una manera extraña. ¿Así se sentiría el consuelo de un padre? —Gracias —susurro. —¿Hace cuánto trabaja para Dominic? —pregunto, incapaz de contener mi curiosidad. El doctor levanta la vista, sorprendido, pero pronto vuelve a concentrarse. —Comencé con su padre. Conozco a Dominic desde que era un niño. —Entonces, ¿fue testigo del momento en que se convirtió en el monstruo que es? Me observa en silencio, y la intensidad en su mirada me desarma. —Todo tiene una razón de ser —dice finalmente—. Dominic no es tan malo como parece. Una risa amarga escapa de mis labios. —Me arrebató todo lo que tenía. Me convirtió en su prisionera. No me hable de justificaciones, porque no las hay. El doctor suspira, pero no responde. —Retírese, por favor —digo con frialdad. —Pero aún no… —Váyase. Escucho cómo recoge sus cosas y se marcha en silencio. Apenas la puerta se cierra, mi cuerpo cede. Me dejo caer al suelo, sintiendo cómo el odio se mezcla con el dolor. —Maldito Dominic… Juro que te mataré —murmuro entre dientes, mi cuerpo temblando por la ira contenida. —¿Qué pasó? La voz de Jack me sobresalta. Me limpio las lágrimas rápidamente, pero no hay tiempo para esconder mi vulnerabilidad. —¡Nada que te importe! —me levanto para enfrentarlo. —Si tú lo dices… —su sonrisa de medio lado me saca de quicio. —Vete y déjame en paz. Lo empujo con una mano mientras con la otra sostengo la blusa para cubrirme. —¿Siempre tan terca? —toma mi muñeca, observando la aguja aún en mi piel. —¡Suéltame! —intento zafarme, pero la blusa se desliza de mis dedos y cae al suelo. El silencio que sigue es sofocante. Su mirada oscura recorre mi piel expuesta, y su mandíbula se tensa. En un arranque de furia, le doy una bofetada. -Eres de las que me dan ganas de azotar —se ríe, frotándose la mejilla. En ese momento, suena unos pasos de alguien acercándose a la habitación. —¿Señorita Isabella? La voz de Annie me hace entrar en pánico. Antes de que pueda reaccionar, Jack me arrastra al baño y cierra con seguro. —Shhh… —me susurra al oído, su aliento cálido acariciando mi piel—. Si nos descubren así, pueden inventar cualquier cosa. Trago saliva, mi corazón desbocado. —Señorita Isabella… —Estoy a punto de bañarme, Annie. Ya salgo. -Por favor, no se tarde o van a regañarme. -Descuida, si quieres pon un cronómetro- respondo con sarcasmo, sintiendo la sonrisa de Jack clavarse en mi piel, como si aquello fuera lo más divertido del mundo. —No, tranquila. Estaré en la cocina por si se le ofrece algo —escucho sus pasos alejarse y la puerta cerrarse con un clic, dejándome un instante de silencio abrumador. Me quedo inmóvil, sintiendo cómo el aire pesa sobre mis hombros. Apenas y me permito respirar cuando una voz ronca rompe la quietud, su tono cargado de algo oscuro y peligroso que eriza mi piel. —Mientes demasiado bien —Jack no ha dejado de observarme, su mirada se clava en la mía con una intensidad sofocante. Mi corazón se dispara, golpeando mi pecho con violencia. Trago saliva, intentando recuperar el control de mi cuerpo antes de responder. —Me vi obligada a perfeccionar diferentes habilidades para sobrevivir —expreso, mis palabras flotan entre nosotros como una confesión susurrada al oído en plena oscuridad. —Me doy cuenta de eso —su rostro se inclina aún más, acercándose lo suficiente para que su respiración se mezcle con la mía. Sus labios quedan peligrosamente cerca, y un ardor incontrolable se enciende dentro de mí, expandiéndose por cada célula de mi ser. Mi respiración se entrecorta, atrapada entre la tensión y el magnetismo que emana de él. —Y ahora... ¿qué harás si intento aprovecharme de ti? Su voz es apenas un murmullo, pero lo siento vibrar dentro de mí, como si cada palabra acariciara mi piel con una caricia invisible. —Te voy a dejar estéril —digo con una sonrisa maliciosa, mi tono teñido de desafío. Mi mirada se clava en la suya, y en el aire se instala una batalla silenciosa. Jack deja escapar una risa grave, oscura, pero no se aparta. —Eso es lo que dicen tus labios —murmura, bajando la vista hacia mi pecho. Un escalofrío me recorre cuando noto su mirada fija en mis pezones endurecidos. El calor de la vergüenza me sube hasta la cara, pero hay algo más que me inquieta: una ola de deseo latente que se arrastra por mi piel, traicionándome de la peor manera. Maldición. No puedo permitir esto. Reuniendo fuerzas, lo empujo con firmeza, aprovechando el desconcierto momentáneo para intentar salir del baño. Pero antes de que pueda dar un paso, siento su mano envolver mi muñeca con una firmeza que me sorprende. —Aún no —susurra, su voz profunda, implacable, como si la decisión le perteneciera solo a él. Mi mirada se endurece, destilando advertencia. —No te atrevas —mis palabras están cargadas de veneno y determinación—. Suéltame. Jack ladea la cabeza con una sonrisa arrogante que me crispa los nervios. —Tranquila. Aunque tu cuerpo me desee, no voy a hacer nada, pequeña conejita. El descaro con el que lo dice me deja sin palabras por un segundo. ¿De dónde saca esa confianza? Mi mandíbula se tensa, y justo cuando estoy por replicarle, él cambia el tema sin previo aviso. —Muéstrame la muñeca. Frunzo el ceño. —¿Para qué? —Muéstrame —ordena sin rodeos, y antes de que pueda negarme, ya ha tomado mi brazo, observando la aguja aún colgando y la pequeña herida en mi piel—. Tonta. No sé si me molesta más su tono o el hecho de que me haya agarrado desprevenida. Antes de que pueda reclamarle, me toma de los hombros y me sienta sobre la tapa del inodoro con firmeza. La cerámica fría contrasta con el calor que arde en mi interior, recordándome lo fuera de control que está esta situación. Jack desaparece en la habitación y regresa segundos después con el botiquín. Sus movimientos son rápidos, precisos, como si hubiera hecho esto un millón de veces. —¿Ahora también eres médico? —pregunto con burla, intentando recuperar la compostura. Él se arrodilla frente a mí, abriendo el pequeño maletín sobre el suelo. —Lo sería si no estuviera en este maldito camino —responde, su voz teñida de algo que no logro descifrar. Sus palabras me golpean más de lo que esperaba. ¿Qué quiso decir con eso? Algo dentro de mí me dice que hay una historia detrás, pero por alguna razón, no me atrevo a preguntarle. —Avísame si te duele —me dice, y sus ojos oscuros se clavan en los míos con una intensidad que me deja sin aliento. Asiento en silencio. Jack trabaja con una precisión inquietante. Toma una gasa y limpia la herida con alcohol, la frialdad del material me provoca un estremecimiento. No se inmuta, ni siquiera cuando detecta mi ligera reacción. Con sumo cuidado, retira la aguja y corta el hilo sobrante con movimientos certeros. Sus manos, a pesar de ser grandes y fuertes, saben exactamente qué hacer, como si estuvieran acostumbradas a tratar con fragilidad. Y eso me desconcierta. No quiero imaginarme cómo sería su tacto en otras circunstancias, pero mi mente traicionera me lleva justo a ese pensamiento. Mi cara arde, y hago un esfuerzo desesperado por no mirarlo. —Listo —anuncia cerrando el botiquín. Me levanto de inmediato, pero él se mueve aún más rápido, bloqueándome el paso con su cuerpo. Siento el calor irradiar de su piel, la cercanía de su presencia envolviéndome como un lazo invisible. Toma mi mentón entre sus dedos, obligándome a mirarlo. —Tu cara no te permite ocultarlo—su sonrisa de lado es un golpe directo a mi estómago—. Eres una conejita con pensamientos demasiado perversos. Me tenso. —No sé de qué hablas —murmuro, girando el rostro con fingida indiferencia. Pero en mi intento por esquivar su mirada, cometo el peor error: expongo mi cuello ante él. Su aliento caliente acaricia mi piel y mi respiración se detiene. —No te preocupes… —su voz es un susurro rasposo, lleno de una peligrosa sensualidad. El tiempo parece ralentizarse cuando siento el roce de sus labios en mi oído. Luego, sin previo aviso, muerde mi lóbulo con una sutileza que manda un corrientazo eléctrico a cada fibra de mi ser. Mis piernas flaquean. Mi piel se eriza. Y mi entrepierna palpita con una desesperación que me aterra. —…ese será nuestro pequeño secreto —finaliza con una calma exasperante. Antes de que pueda reaccionar, sus labios rozan mi mejilla en un beso apenas perceptible, pero que deja un incendio en su camino. Cuando se aparta, lo hace sin decir nada más. Se gira y sale del baño, dejándome allí, temblando, con la respiración entrecortada y el corazón en llamas. Llevo una mano al lugar donde sus labios me tocaron. El calor aún permanece. El eco de sus palabras sigue resonando en mi mente, atrapándome en un torbellino de sensaciones. ¿Qué carajos ha sido eso?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD