Dalia despertó con un dolor de cabeza, se levantó de la cama y se colocó sus pantuflas.
El departamento estaba más frio y más oscuro esa madrugada. Reviso el reloj y aun no eran ni las 4am. Algo en el departamento impregnaba un olor extraño, parecido al hierro; quizás eran las latas viejas.
Dalia se dirigió a la cocina, se tomó una pastilla y saco dos huevos del refrigerador para hacerse un revuelto.
—Mama, ¿Ya está listo el desayuno? — escuchó Dalia murmurar desde el otro lado de la habitación.
Dos pequeñas pálidas pelirrojas se sentaban en la mesa del comedor con un poco de dificultad, parecían estar muy cansadas, tanto, que no paraban de bostezar. Tenían aproximadamente unos cinco y ocho años. Ambas niñas tenían ojeras que les llegaban a las mejillas, con el pelo descuidado y vestidas en pijamas.
Dalia las miro, les sonrió nerviosamente y acento con la cabeza. —Ya les preparare algo.
Saco cuatro huevos más y le preparo el desayuno a cada una.
Se acercó a la mesa e instalo un plato frente a cada una de ellas. —Gracias— le dijo la más pequeña, halándola de la camisa. —Mama, tuve un sueño muy extraño— le comentó.
Dalia se arrimó un paso atrás, mirándola con ojos brillosos. — ¿Y qué-que fue lo que soñaste? —titubeo.
La niña más grande, tomo un trago de agua y vio a Dalia con atención. —Todos los días dice lo mismo— redirigió sus ojos a la pequeña. —Ya deja de hablar de eso, los fantasmas no existen.
— ¿Y que son esas sombras que veo todas las noches? y ¿Por qué nuestra puerta se abre y se cierra cuando intentamos dormir? — reprocho cruzándose de brazos. —Son fantasmas.
La otra puso los ojos en blanco y volvió a tomar un trago de agua. —Esas cosas no existen, solo lo estas imaginando, Papa me lo ha dicho.
— ¿Papa? — pregunto Dalia, dando pasos hacia atrás y tragando grueso.
Ambas niñas asentaron sutilmente con la cabeza y continuaron comiendo. Se veían débiles, como si no hubiesen dormido en toda la noche por los ruidos y de repente, hasta se veían algo sucias.
—Si los fantasmas no son reales, ¿Quién me hizo esto?— expreso subiendo la manga de su pijama hasta el hombro.
La niña tenía algunos hematomas, como si hubiera sido tomada con mucha fuerza. Su piel era tan pálida que se notaba que habían sido provocados por alguien con grandes manos, como las de un hombre.
Alguien había intentado herirla, eso era más que seguro.
Dalia solo la miro con melancolía, tanto que unas lágrimas brotaron de sus enrojecidos ojos. Se acercó, miro el brazo de la niña, se secó las lágrimas con el cuello de su camisa y camino hasta la puerta principal.
— ¿A dónde vas Mama?— interpelo la mayor levantándose de su asiento. Dalia permaneció en silencio mirando a la otra niña. — ¿Vas de nuevo de compras?
—Sí, claro, me faltaron algunas cosas por comprar y olvide el cambio en el súper—le explico respirando tan rápido que su pecho bailaba y sus manos temblaban.
Intento abrir la puerta, una y otra vez, pero parecía estar trabada o cerrada. La halaba de todas las formas posibles, pero sin resultado alguno. Dalia no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo con la puerta, ella no recordaba haberle puesto llave.
Dalia busco la llave donde siempre la colgaba; en la pared junto al refrigerador, pero no estaba, y tampoco las llaves de su auto.
—Papa guardo la llave— escuchó Dalia a su espalda mientras sentía como halaban el bolsillo de su pantalón.
Giró sobre sus pies y miró a la pequeña frente a ella. Se agacho instalando sus rodillas descubiertas sobre el frio piso y la observo, mientras se tragaba el miedo que sentía por dentro. — ¿Y Papa te dijo donde las escondió?— le preguntó fingiendo una sonrisa, aunque su vista estaba envuelta en lágrimas.
La pequeña de ojos oscuros solo se encogió de hombros. —No, solo dijo que las guardaría y que no encendiéramos las luces.
Dalia se levantó de un tirón uniendo su espalda al refrigerador. — ¿Por qué?— su estómago se atosigo, tanto que embuchó el vómito y luego lo escupió en el lavamanos.
La niña permaneció pensativa y tanteaba el inferior de sus labios con la punta de su dedo índice. —Creo que él quería asustarte, es decir, jugarte una broma.
Dalia la miro como si hubiera visto un muerto. Sus ojos se convirtieron en platos, pero intento mantener la calma. Solo movió su cabeza de arriba abajo, toco la melena de la pequeña como si estuviese acariciando a un perro y se retiró caminando rápidamente hasta su habitación.
Estaba mucho más frio y oscuro que en la sala. Dalia se zambulló dentro de las sabanas de la cama llorando incontrolablemente. Estaba teniendo un ataque, se sentía como si estuviera volviéndose loca; cerraba los ojos con fuerza y sollozaba contra la almohada para que nadie la escuchara.
—Cariño, tranquila, todo estará bien— dijo el abrazando a Dalia con fuerza; cruzando su brazo bajo las axilas de ella y besando su cabello por detrás. —Solo ha sido una broma.
Dalia lloraba con aun más fuerza, temblaba como si estuviera helando. — ¡Déjame ir!— grito golpeando pocamente la almohada, con el rostro más rojo que un tomate y con moco por todo el rostro.
—Esta es tu casa, no tienes por qué irte— aseguro el, riéndose a carcajadas.
Dalia corrió rápidamente fuera de la habitación, pasó la cocina, y se percató que las niñas ya no estaban. Miro hacia a través de la ventana, pero vivía en el 6to piso, no podía escapar. Se postro en una esquina a llorar, sin saber qué hacer.
Sintió los brazos de alguien sosteniéndola. —Hermana, ¿Qué ha pasado? — le dijo una voz femenina. Era una mujer como de treinta y tres con el cabello azabache y un vestido de tela.
—Pasa que…— intento hablar entre su imparable y descontrolado llanto. —Yo no tengo hijos, ni esposo, ni mucho menos hermana— conto Dalia antes de saltar por la ventana.