Cuando pudimos decir que sí

445 Words
Raquenel era una chica Argentina de apenas dieciséis años, había vivido en Buenos Aires toda su vida. La madre de Raquenel murió cuando ella tenía nueve años y solo quedo bajo el cuidado de su padrastro, ella no tenía más familia que pudiera encargarse de su cuidado. Este abusaba de ella, la golpeaba y la encerró en el sótano de la casa para que no pudiera escapar. Producto de tantas agresiones, Raquenel quedo embarazada a los once años. Tuvo partos naturales en ese horrendo y espeluznante sótano, los cuales le asistía su propio padrastro, sin ayuda de ningún médico, solo con el apoyo de un aberrante enfermero que también era amigo íntimo de la familia. Por suerte, Raquenel salió viva de tres partos y dos abortos espontáneos. Raquenel fue violada nuevamente frente a sus bebes y volvió a quedar embarazada de un cuarto hijo. Días después, fue encontrada luego de que su padrastro muriera de un infarto. Ella salió dos días después de que se legalizara el aborto en Argentina, y tomo la decisión de abortar a ese niño que no merecía vivir una vida miserable. Raquenel ahora tendría que enfrentarse a una fuerte vida para criar a los tres pequeños que estaban bajo su guarda y ya no podría enfrentarse a criar a otro más, mucho menos, producto de la agresión que ella jamás olvidaría. — ¡Asesina!— le grito un desconocido cuando salió de la clínica. —Asesina no, libre de decidir… si— respondió ella. Ellos lo intentaran Había muchos autos fuera de la casa, esas personas intentaban secuestrarnos, ellos querían llevarse a mi familia. Tome mi pistola y escondí a mis hijos y a mi esposa en el sótano; los defendería con mi vida. Tenían tanto miedo que casi se arrancaban los ojos. Ya habían intentado secuestrarnos antes, mis hijos estaban heridos y mi mujer había perdido un brazo. Ellos entraban dentro de las casas, secuestraban a los habitantes, los encerraban y se los comían; eran caníbales en busca de algo fresco. Los observaba por la mirilla de la puerta. Siempre llegaban con sus putrefactas túnicas marrones, y usaban máscaras siniestras parecidas a las que usaban contra la peste bubónica. Intentaban derribar la puerta, casi podía sentir el olor putrefacto de sus almas en pena. Si lograban entrar, preferiría matar a mi familia antes de que fueran masacrados. — ¡Somos la policía! ¡Abranos de una vez señor del Rey!... Sabemos que mato a su esposa y a sus hijos. Ya no podrá escapar, lo tenemos rodeado, sabemos que los tiene ocultos— grito uno de ellos golpeando sucesivamente la puerta. Solo intentaban convencerme, jamás sabrán de nosotros.
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