Brando estaba caminando por la calle sin rumbo alguno, con una botella de tequila en mano, pensando en que su vida ya no tenía sentido.
Se sentó en la ventana de su edificio y se le ocurrió saltar para acabar con el sufrimiento.
Tenía demasiadas preguntas que lo colapsaban mentalmente y le hacían dudar hasta de su propia existencia.
¿De dónde venimos? ¿Cuál es mi propósito en la vida? ¿Porque nadie me ha amado? ¿Por qué no puedo ser como los otros? ¿Por qué nací en la pobreza? ¿Por qué no soy estéticamente como esos modelos de revista? ¿Por qué fui traído a este mundo? ¿Por qué sufro constantemente? ¿Por qué si hay 194 países, yo nací en este?
Estas eran algunas de las preguntas que lograban que Brando quisiera explotar en miles de átomos y esparcirse por el mundo.
Él estaba a punto de saltar, pero de pronto, vio algo que le resulto muy interesante: una chica en el edificio vecino se pasaba desnuda frente a ventana, ella pintaba con acuarelas; pintaba un retrato abstracto. Bailaba y revoloteaba de un lado a otro como si nadie la estuviera viendo. El cabello le llegaba hasta la espalda baja y su piel era blanca como la nieve.
Desde ese día en adelante, ella se convirtió en la obsesión de Brando y también en lo que lo salvo esa noche.
La miraba cada vez que ella se posaba en esa ventana a pintar. Él no sabía ni su nombre, ni como se veía de cerca, solo sabía que era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. La quería para él, solo para él. El encontró un propósito, claro, de índole un poco retorcido, pero lo encontró. Brando la deseaba con todas sus fuerzas y haría todo por ella.
Algo había pasado, esa mujer desapareció de la noche a la mañana, se había esfumado como vapor. Brando permaneció día y noche en esa ventana, pero jamás volvió a verla; posiblemente ella se había mudado.
Pasaron meses y más meses.
Brando estuvo en rehabilitación, no soporto el hecho de no volver a verla más. Cuando salió al mundo exterior, su cura fue escribir canciones sobre ella. Como no tenía trabajo, comenzó a promocionarse como cantante para sobrevivir, y les cantaba a las personas lo que había escrito para esa desconocida. Él tenía el corazón roto, pensó que jamás se recuperaría de no poder verla.
Una mañana, Brando se levantó de la cama de un tirón, en poco rato tenía el compromiso que había acordado para esta tarde: cantarle a una mujer de parte de un enamorado. Tomó su guitarra, sus arreglos y la letra de la canción que cantaría; lo mismo que hacia todos los días.
Caminó hasta la dirección del mensaje de texto y había un chico sentando al borde de la calle. Sacó la guitarra del estuche y caminó hacia él. — ¿Tu eres Alexander? — le preguntó Brando para asegurarse de que era el cliente.
—Sí, soy yo— aseguró levantándose y sacudiendo su jeans. Después estrechó la mano de Brando. — ¿Tienes todo listo?
—Por supuesto.
Subieron por el elevador hasta el sexto piso.
Caminaron por un estrecho pasillo y se posaron frente a una puerta pulsado el timbre de la entrada, luego de llamar a la puerta, la misma se abrió de un empujón y entraron a uno de los departamentos, pero no vieron a nadie adentro.
Se sentaron en el sofá de la estancia y Alexander estaba impaciente, hasta le temblaban las piernas. —Apuesto que no estaba vestida aun, por eso abrió la puerta de esa manera; seguro salió corriendo a la habitación.
Alexander la llamó desde su celular y le dijo a la mujer que saliera a la sala; que le tenía una sorpresa. Brando colocó los dedos en las cuerdas e hizo algunos ejercicios para calentar la voz; estaba listo para realizar el pedido.
Ambos vieron la silueta de la mujer asomarse por la cortina y luego como el picaporte se movía; estaba a punto de salir.
—Espero que esto funcione, necesito que Johanna salga conmigo— masculló idealista tragando saliva.
— ¿Te gusta mucho no? — le preguntó.
Para Brando era importante saber ese tipo de cosas, siempre le servían de inspiración y por ende, le agregaba más cosas a la canción.
La chica salió de la habitación y se recostó del bar en la cocina. Eso hizo que Brando bajara los hombros y la guitarra colgara de su pecho. Era ella, la mujer de que se bailaba desnuda y se posaba en la ventana a pintar. Brando no creyó poder cantarle, él se impresiono tanto de verla, fue como volver a estar en el mejor de sus sueños.
—No. Es linda, pero solo lo hago por una apuesta—admitió disipado, como si no le importara en realidad. —Sera el dinero más fácil que he conseguido, y además, voy a tener sexo. No hay nada mejor que esto— susurró escoltando unas asquerosas risillas.
—No lo haré— concretó Brando de un tiro.
Él estaba tan furioso de que charlatanes como ese pensaran que podían utilizar a las mujeres de esa manera. Solo quieren sexo, y estaba bien, pero no a base de mentiras, y menos Brando, el no sería cómplice de algo así, sobre todo, porque era la mujer que amo antes de si quiera conocerla, simplemente ella era su mundo, era la mujer perfecta.
Apartó su guitarra al hombro e incrédulo, permaneció contemplado a esa bella mujer de pie frente a él, pero Alexander lo tomó fuertemente del hombro halándolo hacia atrás. —No quieres meterte conmigo, canta ya, y vete basura.
—No quiero tu dinero.
—No me provoques. Tocas la estúpida canción, tomas el puto dinero y te largas para que pueda tener sexo con esta perra como un animal—apretó el hombro de Brando aún más fuerte, y él lo removió de un empujón.
Su boca era peor que el olor del baño público.
—Te dije… que no quiero tu dinero, y menos para esto. No quiero pelear, el que se va ahora eres tú.
El rostro de Alexander se arrugo por completo y en un abrir y cerrar de ojos, se le fue encima a Brando como un salvaje; fue un instinto del mismo tirar la guitarra hacia un lado. Ambos se repartían golpes, había sangre por todas partes.
Él pudo neutralizar a Brando, él no era muy fuerte, en realidad, era muy débil. Paralizó sus manos y estaba sobre él. Las venas sobresalían de su rostro; rostro que estaba tan rojo como el de un demonio.
El cerró los ojos y esperó otro golpe, así de cobarde era. De repente, sonó un traquido, como si algo se hubiera roto. Brando abrió los ojos, e inmediatamente vio esa cara que lo dejo traumatizado. Alexander estaba paralizado, no se movía y sus ojos miraban a la nada. Cayó sobre Brando, y él lo apartó reiteradamente con la poca fuerza que tenía.
— ¡¿Lo mate?! — chilló la mujer tirada en el suelo con sangre en las manos y rastros de un jarrón roto junto a ella. Su rostro estaba petrificado, temblaba como loca, sus ojos estaban abiertos como platos y sus manos presionaban su boca. —Solo quería que te dejara en paz.
Él se acercó a Alexander que yacía en el piso boca abajo con un charco de sangre formándose. Tomó el pulso para asegurarme, y no era un exclusiva, ya tenía la corazonada de que estaba muerto.
Caminó en zancadas hasta la mujer, la tomó de los brazos intentando que dejara de llorar y asegurarse de que ella estuviera bien. Por primera vez, Brando había tocado la piel de Johanna. Por primera vez, habían estado tan cerca. A pesar de las condiciones, él se sentía el hombre más afortunado del planeta. —Tienes que calmarte. Lo que tenemos que hacer es pensar algo rápido.
—iré a prisión, iré a prisión— se repetía meciéndose de una lado a otro, parecía una lunática; había entrado en estado de shock.
—No, no iras prisión. Lo voy a resolver.
El jamás permitiría que le pasara algo malo a Johanna, haría todo lo posible para sacarla de la situación en la que se encontraba.
— ¿Lo harás? — se levantó como un resorte comiéndose nerviosamente las uñas.
Brando asintió con la cabeza.
Esa noche, su vida cambio para siempre.
Todo paso de ser una vida color rosa a tornarse tan gris que él se perdía en los horribles recuerdos que no lo dejaban dormir.
Esa fue la noche, en la que enterró el cuerpo de Alexander en la tumba de una persona en el cementerio mientras se escuchaba desde lo alto a las personas haciendo la cuenta regresiva para recibir el año nuevo.
Brando se convirtió en cómplice de su crimen. A él no le importo ocultar todo lo que había pasado por ella, solo le importaba salvar a Johanna para que en ese entonces, ella le debiera la vida y se la regalara íntegramente a él.
Lo más retorcido de todo, es que Johanna despareció como la arena que cae al mar. Brando casi se volvió loco de tanto buscarla, pero nunca encontró ni siquiera una pista de su paradero.
La policía buscaba a Alexander, para la sorpresa de todos, era un hombre de alta sociedad. Toda la ciudad se detuvo y la policía buscaba en cada lugar, por primera vez hacían su trabajo.
Nadie sospecho de Brando es decir, no había testigos. El continúo su vida normal, claro, buscando infinitamente a Johanna y recayendo en el hoyo n***o de la depresión que se adueñaba cada vez más de su alma.
Una mañana, revisó el buzón y tenía una carta, lo cual era inusual, nadie le había escrito en años. No tenía estampillas y estaba en mal estado; enrollado en tirro marrón y el papel decolorado.
Por curiosidad, sin saber de quién era o si de verdad iba dirigida a él, la abrió. Como estaba solo, leyó en voz alta—: Cuando te vi por primera vez espiándome en aquella ventana, no sabía que serias mi sebo, pero siempre tiene que haber un culpable, y tarde o temprano, los casos se resuelven, y yo no estaré en la cárcel de nuevo. El morboso tenía que caer. Suerte en prisión Brando— de anónimo.
La policía estaba frente a su casa; lo esperaban armados a que cooperara.
Sus huellas estaban en el c*****r.
No había testigos.
Los mensajes de un encuentro estaban en su celular.
Era al único que podían culpar.
Era el más evidente.
Ocultar un c*****r después de todo, no fue tan doloroso como amarla. Fue destruido irreversiblemente y jamás se recuperó de ello. A pesar de todo, Brando siguió amando infinitamente a Johanna.