L Bram caminaba mientras el sol rayaba en el horizonte, por la misma ruta en la que sabía encontraría al forastero. Por poco no pueden apagar las llamas y Bernadette se puso tan mal que hubo que llevarla al hospital del pueblo. Él no tenía dinero para pagar su estadía, acababa de matar a su medio hermano, de perder a toda su familia. No le dolía por sus padres, pero sí por sus bellas hermanitas que eran su sol. Tres de ellas cayeron en la locura de una familia que no debió atreverse siquiera a pensar en concebir jamás. Encontró la carreta y al forastero sentado en una silla muy lujosa que no iba para nada con la naturaleza que lo rodeaba. Los caballos blancos lo vieron y relincharon como si se burlaran del campesino idiota que ya no tenía nada de nada. —Bram, te ves terrible… —murmuró e

