LVI Había soñado cosas maravillosas, con ese mundo de hadas y unicornios del que su padre le contaba de niña, antes de que la protegiera del apellido Redmount intentando ocultarla en los muros implacables de los conventos, cuyas cobijas eran las oraciones que no pasarían de los techos. Acostada en esa cómoda cama, añorando al único hombre que la conocía por completo y que había excavado tan profundo como para dejar su descendencia en aquel vientre, se giró para buscar la piel de quien amaba, no obstante, se encontraba sola. —¡¡KYLE!! —se escuchó retumbar por toda la casa, como una súplica agónica. La puerta se abrió de un golpe y el pobre hombre que se atrevió a despertarse primero entró con el corazón en la garganta. Como pudo, se hizo entender para preguntarle si estaba bien. Lala lo

