XXI Entendió el jovencito que llegaba a los 15 años, lo difícil que podría ponerse su vida si desobedecía las normas de la familia en la que había nacido, al ver el cuerpo del amante de su hermano mecerse en el viento. No tuvo tiempo siquiera de llorar o reclamar, pues, al bajar su mirada, su preciado hermano mayor estaba a los pies del anciano que ejercía como un dios sobre la vida de cada uno. No, ya no habría tiempo de llorar. Su ceño se endureció y su rostro se hizo de hielo. Las emociones estarían de más en su vida, no podría dejarse arrastrar por nada, así entonces estaría lo más lejos del ojo de su abuelo, que en realidad no sabía si era su tatarabuelo, o el tatarabuelo de sus bisabuelos, o solo era un viejo que no moría. Kyle Redmount dejó de ser él mismo esa noche en que un jove

