—Su deuda ha aumentado a siete mil quinientos dólares, aún no la ha pagado. Sí deja esto sin pagar seguirá aumentando, sepa que no podemos hacer nada al respecto, ¿usted sabe que no pagar el seguro de su coche le trae consecuencias? Sí choca no podremos cubrirle el seguro... —Estaba sentada en frente de la mujer de la oficina de seguros de mi coche.
Mi viejo coche, mi pequeño torino.
—Soy consciente de ello, pero no tengo empleo, por ende no puedo pagarlo, ¿puede darme algún descuento? —ella dijo que no con la cabeza—. ¿Qué pasa sí no lo pago?
—Pues entrará en un estado de quiebra total, sí usted no paga esto puede perder sus inmuebles. Al menos tienes suerte que su coche esté radicado en los Estados Unidos —nuevamente tecleó y me vio por detrás de sus enormes gafas—. Puedo darle un plazo de dos semanas, sí no lo paga tendremos que quitarle su coche.
No podían hacer eso, yo necesitaba a mí pequeño coche.
Y lo necesitaba porque era mi medio de transporte.
Salí de la oficina de seguros rendida, ¡no iba a quedarme otra que rogarle a Cameron! Llamé a su oficina y pedí una cita, más que nada por la noche, ya que él atendía a ese horario. Luego llamé a Atenea y le dije lo decidida que estaba por volver con Cameron. Más que nada por el empleo y el dinero. Lo necesitaba más que nadie.
Cuando llegué a mi departamento, vi una notificación de deuda por la renta.
¡Estaba completamente arruinada por el maldito destino!
En ese momento me senté contra la puerta de mi departamento, y me puse a llorar desconsoladamente. Mientras que escuchaba unos pasos por la escalera, era el nuevo vecino que se había mudado al departamento de al lado. Él me miró penoso, se puso a mi lado y me preguntó sí estaba todo bien. Vio la nota que tenía en mi mano.
—Oh, veo que tienes una deuda —me levanté y me limpié las lágrimas—. Puedo ayudarte con eso, ¿tienes trabajo?
—No, esta noche iré por ello —él me miró confundido—. Soy Maia.
Extendí mi mano, él hizo lo mismo.
—Steven —dijo con suavidad—. Bueno, sí necesitas ayuda para pagar eso, solamente dímelo. ¡Hasta luego!
Entró a su departamento y cerró la puerta. Nunca nadie había sido tan amable.
Me puse de pie y entré a mi departamento. Era una maldición que debía destruir, o iba a destruirme yo misma. Estaba harta de que las cosas fuesen tan difíciles para mí. Y ahora sin empleo, con lo poco que mi madre me da, además de que ella gana bastante con el asunto de la limpieza. Ahora, más que nada, necesito ese dinero.
No me quedará otra que arrastrarme hacia Cameron de nuevo.
Me senté en el sofá que da hacia la ventana de la calle y de repente escuché el timbre.
—¡Maia! ¡Abre! ¡Traje sushi! —era Atenea del otro lado, le abrí la puerta al mismo tiempo que dejaba escapar un suspiro—. ¿Por qué me miras con esa cara de desgracia? Anda, necesitas relajarte. Traje unas mascarillas...
En ese momento vi a Steven salir, sin camiseta.
Steven tenía mi edad, o un poco más que yo. Era alto, de piel casi morena, y de cabello castaño oscuro. La anterior dueña de ese departamento estaba algo chiflada, tenía un gato gris que a veces meaba mi alfombra de la entrada. Odiaba a ese gato.
Atenea lo vio de pies a cabeza.
—Buenas noches, soy Steven —estiró su mano y Atenea me entregó las bolsas para unir la suya con la de Steven—. Soy el vecino de tu amiga, he salido a dejarle esto que esta mañana le han dejado en su puerta —me entregó un sobre cerrado.
—Gracias —dije sin más, metí a Atenea y cerré la puerta.
La sonrisa de mi amiga me dio miedo cuando se presentó en su cara.
—¿Por qué carajos sonríes? —le pregunté—. ¿Qué será esto?
Agité el sobre y se escuchaban billetes dentro.
Lo abrí y efectivamente lo era, más una nota que decía:
''No necesitas devolverlo, espero que puedas con tu renta...''
—¿Y esto? ¿Tu vecino te ha dado dinero para la renta? —Atenea me quitó el papel de las manos y vio el dorso—. Mira, aquí sigue.
''Ten mi número por sí necesitas algo más. Atte.: Steven''.
—No es eso... —dije algo nerviosa—. Él me ofreció, pero le he dicho que no. Supongo que es insistente.
—Bueno... Yo creo que le gustas un poco —Atenea tomó las bolsas de sushi y las puso sobre la mesa—. Nadie te da dinero así porque sí... Pero, ¿qué harás con Cameron? Es decir, ¿no piensas salir con dos chicos a la vez...? ¿O sí?
Me senté en la mesa con cara de pocos amigos.
—Deja de inventarte historias, Atenea. Mañana le devolveré el dinero a primera hora —uno de los palitos de sushi se me resbaló de mis dedos y sin querer manché mi camisa con salsa de soja—. ¡No puede ser! ¡Mi única camisa!
—No pasa nada, amiga, yo te prestaré un vestido —Atenea sacó una servilleta para limpiarme la mancha—. Ahora, necesito que te relajes y dejes de pensar en el dinero. Anímate, luego podemos irnos de fiesta. Hace mucho no lo hacemos.
No lo pensaba de esa forma, pero ya que... Algo de fiesta no le haría mal a mi cuerpo.
Me preparé y maquillé, luego de eso Atenea me ayudó con otros asuntos para prepararme. El encuentro con Cameron era casi sorpresa, no le había dicho nada con anticipación así que iba a ser una enorme sorpresa. Me puse unos tacones rojos y con mi amiga salimos en busca del tesoro perdido.
Atenea se estacionó frente al edificio y antes de bajar me tomó del brazo.
—Piensa en esto como una oportunidad, ¿no crees? Él es un imbécil, sí, pero uno bueno —sacó su labial rojo intenso del bolso y me lo puso cuidadosamente—. Ve y demuéstrale lo perra que eres.
Bajé del coche y me tambaleé subiendo las escaleras del edificio. Pasé mi carnet por el molinete de la entrada y saludé a uno de los guardias. Obvio que me miró de arriba hacia abajo, estaba deslumbrante. Un vestido brilloso, hiper mega maquillada, y de pies a cabeza con aroma a vainilla.
Me adentré en el ascensor, y como este tiene una vista completa a la ciudad, pude ver como la noche se apoderaba de una clandestina, pero cálida, noche de primavera. Llegué al piso de Cameron y tomé mi bolso firmemente. Pasé por las oficinas vacías, sin rastro de alguna persona, y vi de lejos como algunas luces se querían escapar de la oficina principal.
La oficina del rey.
Entré cuidadosamente, abriendo la puerta, no encontrando a nadie adentro.
—¿Hola? —dije casi murmurando.
—Bienvenida —me sobresalté y me giré, Cameron estaba detrás de mí—. No esperaba tu regreso.
Tragué saliva, estaba demasiado nerviosa.
—Cam... —de nuevo lo hice, sentí mis ojos brillar ante su presencia—. Lo siento, sé que no te dije que vendría.
Él no dijo nada, se adentró a la oficina y cerró la puerta a mis espaldas.
—Supongo que predije bien las cosas, ¿vuelves porque me necesitas? ¿O por qué otro ya te aburrió?
—Te necesito —contesté algo furiosa, nadie me interesaba más que él—. No existe nadie más.
Él meneó su cabeza, de un lado a otro, como si estuviese una contractura.
—¿Me necesitas? —yo dije que sí con la cabeza—. Ya veo... Entonces cenemos algo.
Tomó su teléfono y le marcó al guardia, de inmediato dos hombres trajeron unos maravillosos platos de pasta, supongo que él ya se imaginaba nuestro encuentro. Además de mi plato preferido, también trajeron vino y refresco.
—Yo ya cené —mentí—. No pienso llenar mi estómago de nuevo.
—No seas orgullosa, nena, ¿acaso no me necesitabas?
—Sí pero... —él se acercó y puso un dedo sobre mis labios.
Estaba callándome.
—Cena conmigo, quién sabe cuando volveremos a hacerlo.
No dije nada más, simplemente callé mi bocota y me senté en la mesa frente a él.
Uno en cada extremo, mientras que los mozos nos servían el vino.
La pintoresca ciudad brillaba ante mis ojos, por esos gigantes ventanales, y a la luz de la luna brillaba el cielo completamente azul oscuro. Vi la silueta de Cameron reflejada por el vidrio, y como nuestras miradas se encontraron.
Lo miré a él, entonces, girando mi cabeza con lentitud.
Relamió sus labios, acomodó su corbata, y esbozó una sonrisa.
Eso significaría que gozaría de la noche.
Y de mí.