Kyung no dejaba de halagar el atardecer, en Corea del Sur no se pueden ver estos atardeceres por la contaminación. Él ha sido mi amigo de toda la infancia, cuando vivía en mi tierra coreana, y nos separamos cuando tomamos distintos caminos. A diferencia de Atenea, Kyung es alguien a quién considero como mi confidente, alguien de confianza. Lo único que me recuerda a mi juventud, mi infancia y raíces. No soy tan vieja como parece.
—¿Y qué hizo luego? —Le había contado de pe a pa todo lo sucedido, él escuchaba atentamente todo.
Luego de terminar nuestro Milkshake, nos pusimos a hablar sobre Cameron.
—Él piensa que le rogaré por amor —dije mientras le pasaba el dedo por el resto del batido—. Ha pasado mucho tiempo desde eso, pienso que es hora de hacerme valer, ¿qué piensas?
Kyung se quedó pensativo.
—Pienso que es una tonta, ¡tienes muchas deudas que pagar!
—Lo sé, soy consciente de ello —le respondí—. Me las arreglaré de otras formas.
No tenía ninguna buena opción. Ni siquiera trabajar con mi madre de nuevo, la familia Brown ya no quería que fuese su mucama, preferían que estudiara a que trabajara en ese rubro.
Agaché mi mirada frustrada. ¿Qué demonios iba a hacer?
—¿Qué pasa? ¿Te diste cuenta que no tienes otra opción que esa, verdad? —Kyung parecía contento por tener la razón, pero para mí nada era alegría más que una maldita desgracia—. Vas a tener que ir y rogarle de rodillas.
Lo que menos quería era eso. No me iba a rendir fácilmente a su amor.
Cameron y yo... Tenemos una larga historia.
Comienza cuando teníamos diez años, y era la primera vez que Atenea y yo comenzamos a llevarnos bien. En ese entonces, mi madre y yo habíamos vivido en Argentina, y el señor Brown —el padre de Atenea— nos apañó y nos hizo parte de su familia, siendo así que tuvimos que mudarnos a Vancouver con él. Cuando lo conocí a él, supe que era un niño problemático. Pero hemos sido buenos amigos, además de que él y Atenea eran como hermanos, iban a todos lados juntos, no se despegaban ni un segundo.
Y para entonces, yo tenía un crush con él. Me gustaba infinidades, no puedo explicarlo, pero para él yo solamente era la hija de la mucama y la amiga pobre de su prima. Sin embargo, cuando fuimos creciendo, y asistiendo a la misma preparatoria, las cosas cambiaron. Comencé a desarrollarme, me crecieron los pechos, me cambié el color del cabello muchas veces, y entrenaba por las noches con Atenea en su gimnasio personal... Simplemente cambié mi imagen en dos años, y eso fue lo que llamó su atención.
No dejaba de mirarme en los almuerzos de la escuela, se acercaba a mí cada vez más e interactuaba conmigo cómo si fuese mi mejor amigo... Hasta que un día, mientras estaba lavando ropa, él entró con su camisa manchada de sangre. Cameron solía pelearse mucho en la escuela, era su pasión. Una de las cosas por las cuales lo hacía era porque su hermano Lucian terminaba en el medio, ellos dos han sido siempre tan diferentes. Y claro, Lucian siempre ha sido respetuoso conmigo, eso despertaba la ira de Cam.
Al verlo ese día, con su cara brotada de golpes, le quité la camisa para lavarla y sin querer le toqué la piel.
Era la primera vez que tocaba su piel, retiré mi mano de inmediato sintiendo vergüenza.
—Vuelve a tocarme —me había dicho, tomando mi mano y apoyándola sobre sus abdominales nuevamente.
Soltó un largo suspiro, mientras que mis labios temblaban. No sé si deseaba irme o que me besara.
Lo miré a los ojos, y él hizo lo mismo. Fueron segundos infinitos, hasta que nuestros labios se unieron y fue el beso más candente que podría haber tenido. Él me tomó con sus dos manos, de la nuca, haciendo que nuestro beso sea más profundo. Saboreando mi lengua, y yo la suya, nos separamos por un segundo para respirar.
—Tengo un condón en el pantalón, ¿lo usamos? —fue lo que dijo, y yo no dije que no.
Él lo sacó, mientras que yo me sentaba encima de la mesa de lavado. Cameron separó mis dos piernas, levantando mi vestido de mucama, y se puso el condón de una forma demasiado rápida. Se acercó, me volvió a besar, y lo sentí dentro de mí.
Solté un suspiro largo, y él atrapó mis gemidos con su boca.
Follamos en poco tiempo, fue rápido. Pero recuerdo como mis uñas se clavaban en su piel, en su espalda.
Hasta que unos golpes en la puerta nos interrumpió.
—¡Maia! ¿Tienes mi camisa lista? Mañana tengo el discurso de la escuela, ¡ya sabes que asistirá mi padre! —Atenea estaba del otro lado, e intentó abrir la puerta dos veces—. Abre, Maia, te lo digo en serio.
Cameron y yo nos miramos, él me besó de nuevo y se vistió. Yo hice lo mismo.
Sin vergüenza él salió de la habitación, Atenea quedó congelada.
—¿Qué diablos está pasando? —Cameron no respondió, simplemente se fue, y yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Atenea se acercó, un poco confundida—. ¿Maia?
Creo que no pude responder a esa respuesta ni ese llamado.
Había follado con Cameron, el chico de mis sueños, el chico que me gustaba.
Y desde ahí todo ha sido prohibido, excepto que el secreto también lo tenía Atenea.
Entonces con el tiempo fuimos uniéndonos, pero la forma en que el secreto se extendía cada vez más, traía algunos problemas para nosotros. En el trabajo, los estudios, los negocios... Comencé a ver menos a Cameron cuando fue a la universidad, y aún peor cuando se fue a Brasil por unos negocios y vivió allí casi dos años. Volvió, y volvimos a ser lo que éramos. Pero el Cameron que volvió fue diferente, era diferente. Salía de noche, dormía de día, se encerraba a entrenar y usualmente una pelirroja lo visitaba de vez en cuando. No había nada entre nosotros ya, más que miradas y susurros. Así que le tuve que dar un fin.
Hasta que, cuando pensé que había perdido las esperanzas, él volvió a ser lo que era. Luego de la muerte de su padre, por supuesto, alguien a quién todos odiaban. Ese Cameron floreció en su propia tempestad. Era una persona distinta.
Y cuando menos lo esperaba, habíamos vuelto a ser lo que éramos. Pero yo, al menos por mi parte, pensaba en divertirme. Había pasado por mucho, vivía en Nueva York con mi mejor amiga. No estaba lista para compromisos. Él me propuso casarnos, con un anillo precioso de diamantes pequeños. ¿Y sabes qué? Me elegí.
Porque sentía el miedo de que todo se arruinara de nuevo. De que él se fuera otra vez.
—Así que supongo que lo odias porque solamente eres su ex novia, ¿no? —Kyung me interrumpió mientras se prendía un cigarro—. Amiga, debes entender que él es un idiota, con todas las letras del abecedario.
—Lo es, por eso no quiero arrastrarme hacía él de nuevo.
—Atenea quiere que vuelvas con él, claramente hará lo que sea para que vuelvas, ¿qué harás al respecto?
—No lo sé, no tengo muchas opciones, ¿qué otra cosa queda hacer? Los otros empleos que tenía a mano ya fueron ocupados, ¡estoy arruinada! Y esta maldita deuda en la que me metí... ¿Qué haré ahora?
—Tienes que pensarlo dos veces, Maia, o sino tendrás que chuparle la polla a ese imbécil.
Me reí al respecto. Me despedí de Kyung algunas horas después, viendo de nuevo el curriculum falso que usé.
Estaba por marcarle a mi madre, pero me quedé viendo la luz de la luna. Tan brillante.
Recordé aquella noche en la que Cameron me dijo que se iría a Brasil.
—No creo tardar demasiado, ¿no te gustaría conocer Río de Janeiro?
—No puedo, ya sabes, además sospecharían de lo nuestro —respondí.
—Ya no quiero ocultarme, Maia, odio esto.
Le había tomado la mano, para besar su dorso.
Necesitaba salir de ese pasado.
Aún no sabía como. ¿Iba a rendirme ante él? Antes de eso, muerta, muerta ante él.