Capítulo 3 - No te ilusiones

1795 Words
Terminé de subir el último capítulo de mi nueva novela, no podía quejarme ante la receptiva audiencia que tenía de fans en plataformas virtuales. Además, entre la universidad, Cadie, José Luis y mis historias he aprendido a conocerme mucho mejor y esa loca, inmadura y superficial mujer ya no quedaba ni rastro. Como tampoco sé de mis padres o del padre biológico de Cadie, a ellos se los tragó la tierra. —¡Oh! Betty. —¡Voy mamá Samanta! Desde hace mucho la llamaba así, ella se ha portado como una verdadera madre, no me permitió pagar mi carrera, entre los dos; Rafael y ella la han costeado. Por fin hablo bien el español cordobés, y lo digo de esa manera porque solo aquí se inventan unas palabras. Cadie si era una costeñita, esa va a ser más monteriana que la misma Cata. Bajé las escaleras. Hace unos tres meses nos mudamos a la casa construida como Rafael deseaba, todo debía ser amplio. Vivíamos en el barrio la Castellana, metimos a Cadie en el colegio donde estudiaron Cata y las tías, me cuenta, en ese mismo colegio estudió la señora Samanta, en ese entonces era solo femenino, hace unos años lo volvieron mixto. —Pa’ contarte que Cata ya despertó de la anestesia, se encuentra perfecta, molestando al doctor. ¿Ya quieres cenar? —Sí. ¿Mayo cuida a los niños? —Sí, ya los bañó para que estén frescos, el calor en Montería está bárbaro, y eso que la casa nuestra tiene árboles a los lados, de lo contrario no me imagino como pasar el día con la temperatura. Es una lástima ver a la gente y los gobernantes de la ciudad no tomar eso en cuenta. Cada casa debería de tener un palo en la terraza, así se mantendría la ciudad más fresca. —No es mala la idea que fomente esa campaña, la mamá de Paola trabaja en la alcaldía. —¡Oye no es mala idea!, tenemos el corredor ecológico más largo y bello de Latinoamérica, los habitantes de la cuidad, deberíamos de hacer alarde a eso y sumarnos a la ayuda del planeta. A nadie le cuesta poner un palito en su terraza, eso es buscar el beneficio mutuo. —Bueno, parece que ya tenemos algo más que hacer. Sonó el timbre y los gritos de alegría de Cadie nos hizo salir a ver qué pasaba, todo mi cuerpo se tensó, todo. Una cosa era verlo cada tres días por un teléfono, otra verlo frente a frente. Como diría Catalina, mi corazón parecía una locomotora. —¡Papi! ¡Papi! —Cadie estaba en sus brazos, recibiendo muchos besos de Ricky. —¿Cómo está la princesa de papá? Mamá Samanta fue quien salió a saludarlo, porque yo no pude moverme. Tenemos dos años y ocho meses que no nos veíamos cara a cara, él ha estado muy ocupado con su carrera, aunque se graduó de piloto, hace unos días. Nuestras miradas se encontraron, una vez más los miles de recuerdos me abordaron, esos días en los que fui su novia, lo desgraciada que fui con el corazón de ese hombre perfecto. Él se veía tan bello, ya no era tan delgado y yo… ¡Mierda!, yo estoy en mocho y camisetica de tirantes con el cabello recogido en un bollo, sin aretes, ni maquillaje, ¡debo de verme muy desagregada! —¡No es tu hija! Hasta ahí llegó la ilusión, la tarúpida de la novia de él… ¿Por qué la trajo?, se han mantenido, hasta viven juntos, Paola me ha mantenido al tanto en sus viajes a Estados Unidos cuando visita a Luciano. —Ricky, ¿no piensas aclarar ese comentario? Si algo admiro de mamá Samanta era que no se queda con nada y de una pedía explicación. —Señora Samanta, a mí me tiene sin cuidado lo que ella opine en el tema de mi hija. ¿Cómo debo entender esa respuesta? La estúpida de Rosa le torció los ojos e ignoró a mi hija, y hasta ahí llegó mi decencia, no iba a permitirle un desprecio a la persona más importante de mi vida. —Hola, Ricky. Me alegra que vinieras a ver a tu hija, y perdón por lo que le voy a decir a tu mujer. Rosa, no te sientes, nadie, te pido el favor, de regresar al hotel donde se están quedando. No eres bienvenida a mi casa. —Esta no es tu casa. —¿Quién dijo que no lo es? Y apoyo a mi hija, por favor, retírate. Catalina nunca te ha perdonado y para mí, mis hijas están primero. Ricky hay un delicioso bollo de maíz colao con queso esperando por ti. Ricky sonrió, sin mirar a su novia se encaminó a seguir a Mayo, que lo esperaba. —¿No vas a defenderme? —Rosa, ya hemos hablado del tema, nadie te invitó a que vinieras a Montería. —Pero ¿Qué te está pasando, amor? —Sabes de qué hablo, luego hablamos de nosotros. —¡Vas a arrepentirte!, si no te vas conmigo mañana mismo me regreso a Atlanta y dejo esta ciudad infernal que parece un pueblo… —¡Oye, oye, oye! Párala ahí. Le sacaron el genio a la mamá, ella que anda de ecologista y se van a meter con su tierra. » Me haces el favor y te largas. Agradece que esté embarazada, de lo contrario te sacaría como el bicho nefasto y rabalero, como te llama mi hija. Lo único malo de Ricky es la mujer que se gasta. Ojalá te deje, y por cierto, el tiempo que él pase al lado de su HIJA le voy a llenar la cabeza hablando mal de ti. La tonta esa dobló los ojos de una manera que me recordó a la escena de la chica poseída del exorcista, la susodicha se fue de la casa tirando la puerta. —Disculpe por este espectáculo. Comentó el amor de mi vida, su una persona del pasado me viera, no lo creería, pero tengo de testigo a mi familia, no he salido con ningún hombre desde que estuve con el padre de Cadie. Y no he vuelto a besar a nadie desde que lo besé aquella loca tarde de lo de Catalina. Y no lo necesitaba, el estar clara en lo que deseo me ha hecho conocerme mucho más y el celibato no ha sido tortuoso. El amor familiar ha bastado. —No ha pasado nada si me das la gran noticia de que ya no son novios. Esa mujer debe de tener un demonio en su cuerpo, ¿si se dieron cuenta cómo revoloteó los ojos? ¡Ave María purísima! Me pareció diabólico. Se persignó y luego le sonrió a Ricky, volvió a abrazarlo, él no había soltado a la niña. —Las extrañé, a toda su familia, amo a mis padres, pero la calidez humana de ustedes, es distinta. No la hay en ningún otro lado lo que se encuentra en la familia Páez. ¿Catalina? Por una fracción de segundo la mirada de él me reparó, y yo que estoy como una cachifa, pero estaba cómoda para pasar la tarde en casa, no pude evitarlo, su mirada me puso roja, me encogí de hombros. —Debe de llegar en unos cinco días, acabó de salir de su última operación. Gracias a Dios todo está perfecto. Habíamos llegado al comedor, Mayo le puso lo que mamá Samanta le había dicho, a él se le iluminaron los ojos. Puso a la niña a un lado de su pierna y volvió a mirarme, Samanta le dijo algo al oído a Cadie, fue evidente que nos quería dejar solos. El corazón me latía a mil, lo veía degustando una de las delicias de esta tierra. Cuando me volvió a mirar me sentí desnuda, «no te ilusiones». ¿Qué pasará con él? —Sí… hubieras avisado, al menos estaría presentable, perdón por las fachas. —Nunca te ves mal. —Se puso rojo cuando dijo el comentario—. Te ves diferente. —Tú estás más acuerpado, por videollamadas eso no se percibe. —Coincido contigo. —¿Eso qué significa? —Ricky, no era mi intención tratar mal a tu mujer… —¿Quién te dijo que era mi mujer? —Vives con ella. —No. —Otra vez el palpitar de mi corazón—. Vine a pasar unos días con mi hija, ella se pegó, como puedes ver la relación no se encuentra como debería. —Mañana nos vamos a la finca, ese es nuestro itinerario cada ocho días. —¡Excelente! Hace mucho no monto a caballo. Nos quedamos en silencio, cuantas ganas tenía de correr a abrazarlo y besarlo. —¿Dónde te estás quedando? —Mi intención era quedarme aquí, pero Rosa compró tiquete y se embarcó, así dice un vallenato por ahí. Estoy en un hotel. —Entiendo que debes quedarte con ella y como verás no es bien recibida. Miró horrible a mi hija, si ella cumple su palabra de irse, sabes qué puedes quedarte aquí. —Si esa es la condición. —se levantó—. Acompáñame. —¿A dónde? —A buscar mis cosas en el hotel e ir por los regalos de mi hija. —¡¿Tú quieres que esa mujer me deje sin cabello?! ¿Me estoy perdiendo de algo? Lo tenía tan cerca, nuestras manos estaban unidas y vi cuando Mayo se asomó a la puerta de la cocina y luego se escondió de nuevo. Nos hizo sonreír. —Sabes que nunca permitiré que te hagan daño. —El pulso se aceleró fuerte—. De todas maneras, si te quedas calva también te luciría. —sonrió, y esos bellos pozos negros me desnudaron una vez más. Me guiñó un ojo y se alejó sin soltar mi mano—. Vamos, ¿tienes auto? —Sí, ¿en verdad vas a dejar a tu novia sola en ese hotel? ¿Acaso no la amas? —No quiero hablar del tema referente a ella. Por favor. —afirmé. En la salida tomé las llaves—. Quiero estar en familia. —¿Mami puedo ir con ustedes? —Por supuesto que sí, mi reina. Ricky le respondió extendiéndole los brazos, volvió a llenarla de besos. Ingresamos al carro, no quería ilusionarme, pero era imposible no hacerlo cuando esos ojos negros brillan de esa manera. ¿Por qué vino? No me había dado cuenta, tenía en su mano al lado de su reloj la pulsera que yo le regalé hace años en Navidad. —¿Qué pasa? —La conservaste. —miró su muñeca. —Fue un regalo. —Como una tonta sonreí.
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