Capítulo 8 - Unas navidades en Hogwarts.

3516 Words
Las navidades habían comenzado oficialmente y esa misma mañana se habían ido la mayoría de alumnos, por no decir casi todos, en Gryffindor nos habíamos quedado tres alumnos de primero, Sirius, James y yo, y algún que otro alumno de cursos superiores. Me dirigí al comedor a la hora de la comida, donde en vez de las típicas cuatro mesas para las cuatro casas del colegio y la mesa de profesores solo había una mesa donde algunos profesores y alumnos comían pavo asado con miel y pasas, pastel de calabaza, patatas asadas y un sin fin de manjares. Avisté a Sirius y James y fuí dispuesta a sentarme con ellos, pero se les veía muy ocupados susurrándose y no quería dar la impresión de sentirme sola, porque no era así ¿verdad? Me senté sin mirar cuando cambié de parecer. — Hola — saludó un chico a mi lado. Me giré para mirar al dueño de la voz y le sonreí. Ahí estaba Axel, el chico de segundo que me gustaba desde que lo había visto a principio del curso por los pasillos del cuarto piso. — Hola — respondí sonriéndole. — ¿Normalmente no vas siempre con tres chicas? ¿Se han ido a casa por navidad? — preguntó sonriente. ¿Cómo sabía que siempre iba con mis tres amigas? — Sí, se han ido con sus familias — confirmé con una sonrisa mientras me echaba pastel de zanahoria y patatas asadas con limón y mantequilla. — ¿Porque no te has ido tú? — preguntó mientras se llevaba un trozo de pavo a la boca. — La verdad es que, que una Lestrange termine en Gryffindor no le ha hecho mucha gracia a mi familia...así que les evito todo lo que puedo — dije riéndome. — Oh.... es cierto... ¿El problema con tus hermanos? — Medio preguntó, medio confirmó. Asentí. — Y con mi padre — concluí. — Entiendo… — dijo Axel mirándome con pena. — No me mires así, lo que no te mata te hace más fuerte ¿no? — le dije sonriente. El me miró sorprendido y luego se empezó a reír. — Tienes razón — respondió divertido — por cierto, ¿porque no te has sentado con esos dos chicos que no han dejado de mirarnos desde que has llegado? — preguntó curioso. — ¿Eh? ¿Con James y Sirius? No tengo tanta relación como para estar con los dos tanto tiempo, me sentiría incómoda… — respondí encogiéndome de hombros. — Ah... pensaba que alguno sería tu novio, como muchas veces te he visto con ellos o con el de los ojos grises — dijo Axel sonriéndome. Negué con la cabeza. — Solemos juntarnos para practicar hechizos y esas cosas, pero nada más — respondí. Axel asintió y abrió la boca para decir algo cuando un elfo apareció entre nosotros. — Hola, señorita Lestrange el profesor Horace Slughorn le solicita en su despacho — me comunicó la elfina. — Gracias, voy para allá — le respondí sonriendo. La elfina desapareció y yo me levanté. — Ha sido un placer conocerte Éride — dijo Axel. — Igualmente, y gracias por hacerme compañía, ¡nos vemos! — dije antes de irme con dirección al despacho de Slughorn. En cuanto salí me apoyé en la pared de piedra, a un lado de la puerta del gran comedor. Suspiré. Acababa de entablar conversación con Axel, el chico que me traía loca desde principios de curso y en ese momento, con la mano en el pecho pensaba que mi corazón se escaparía y volvería corriendo con él, sentado tranquilamente en la mesa comiendo un poco de pavo asado. Sacudí la cabeza y me dirigí al despacho de Slughorn, situado en las mazmorras. Cuando llegué se oían voces en el interior, parecía una agradable charla entre dos personas, aunque más bien era un monólogo ya que uno de ellos no dejaba de hablar, y me apostaba todo lo que tenía a que sería el profesor Slughorn. Llamé a la puerta y pasé. — Me han dicho que me llamaba profesor —dije nada más entrar. — ¡Señorita Lestrange! ¡Que grata sorpresa que haya aceptado mi invitación a venir! ¡Pasa, pasa! — exclamó sonriente Slughorn haciendo ademanes. Entré cerrando la puerta detrás de mí y me acerqué a Slughorn que se encontraba con un alumno de Slytherin, de cabello n***o y grasiento por el hombro, una nariz algo aguileña y los ojos negros como la misma noche. — Señorita Lestrange, le presento al señor Severus Snape, ambos son unos alumnos asombrosamente brillantes en pociones y otras muchas asignaturas, os preguntareis para que os he llamado, veréis, celebro unas agradables cenas con algunos alumnos, los mejores estudiantes, es bueno conocer futuras promesas ¿no? — explicó Slughorn para extendernos un pergamino cuidadosamente enrollado y liado con un bonito lazo verde — estas son las invitaciones para la próxima cena a la vuelta de vacaciones, podréis llevar un acompañante, a quien queráis. — Si profesor — respondimos Severus y yo. — Éride, ¿qué tal la cosa con tu familia? Parece que has tenido algún conflicto con tus hermanos mayores — preguntó el profesor con curiosidad. — El profesor Dumbledore me ayudó recomendándome unos libros, ahora no me preocupa enfrentarme a ellos — respondí sonriente. — Interesante, ¿Qué has aprendido? — preguntó Slughorn dando palmadas en el sillón de enfrente para que me sentara. — Em... pues de todo tipo, hechizos y encantamientos avanzados, el encantamiento de protección, el de fin de encantamiento, uno para atraer objetos... entre otros muchos — respondí rascándome la barbilla, pensando cuales había aprendido a lo largo del curso. — ¡Espléndido! ¡Esos hechizos son muy avanzados para tu edad! ¡Cada vez estoy más contento por haberte invitado a unirte a mi club de las eminencias! — exclamó Slughorn como si hubiera ganado un premio — Bien, nos vemos el segundo sábado después de la vuelta de vacaciones ¡A las 8! ¡Y venid con hambre! — Si profesor — dijimos ambos saliendo de su despacho. Nada más cerrar la puerta todo quedó en silencio. — Tú eres el amigo de Lily ¿Cierto? ¿Erais vecinos? — le pregunté a Severus mientras subíamos las escaleras hacia los jardines de Hogwarts. — Sí, aunque como ahora estamos en casas distintas... — dijo Severus haciendo una mueca. — No creo que eso sea un problema, a Lily le da igual en qué casa estés, eso no cambiara que seas amigo suyo — le respondí sonriendo para darle una palmada en el hombro — habla más con ella, siéntate con nosotras en las clases que compartamos, esas cosas, no pierdas su amistad — le aconsejé. — ¿No os molestará a las demás? — preguntó apenado. — ¿A nosotras? Para nada, ven cuando quieras — dije sonriendo. James y Sirius estaban sentados en un banco nada más salir a los jardines, riéndose de algo con ganas. Severus se paró de golpe, mirándolos medio en pánico, medio con odio. — ¿Qué pasa? ¿Tienes problemas con ellos? — le pregunté a Severus acercándome los pasos que nos separaban al haber continuado caminando. — Algo así — respondió dándose media vuelta. — Oye, no les hagas caso, vamos, no te harán nada si vas conmigo, yo te cubro — le dije cogiéndolo del brazo y tirando de él para continuar andando. James y Sirius me miraron extrañados y se levantaron, acercándose. Di algunas zancadas largas poniéndome un poco por delante de Severus, cubriéndolo parcialmente. — Hola chicos ¿Qué hacéis? — les pregunté sonriéndoles. — La pregunta correcta es ¿Qué haces tú con quejicus? — preguntó Sirius con el entrecejo fruncido. — Es mi amigo, damos una vuelta — respondí con obviedad. — ¿Es que no has aprendido quejicus? — le preguntó James sacando su varita — ¡Locomotor Wibbly! — Exclamó apuntando a Severus. — ¡Protego! — exclamé con la varita en alto — ¡Expelliarmus! — volví a decir haciendo que su varita saliera volando, cogiéndola en el aire. — ¡¿Pero ¡¿qué haces?! — gritó Sirius enfrentándome y clavándome un dedo en el hombro — ¡¿Estás loca o qué?! — exclamó furioso. — ¡Los que estáis locos sois vosotros! ¡¿Qué os ha hecho Severus para que le tratéis así?! — exclamé enfadada acercándome más a él y golpeando su pecho con mi dedo. — ¡Solo era un hechizo de piernas de gelatina no iba a pasarle nada! — exclamó Sirius enfadado. — ¡¿Has pensado que pueda afectarle a él?! — exclamé. — ¡A lo mejor deberías irte con quejicus! ¡Seguro que el sombrero se equivocó al mandarte a Gryffindor! ¡Debí darme cuenta de que eres una asquerosa serpiente! — espetó Sirius haciendo que me sorprendiera y que él se callara mirándome con pena — Yo no quería... — ¡Se acabó! ¡Buscaré a otra persona con la que practicar! ¡No quiero tratar con un abusón como tú! — exclamé furiosa para darme la vuelta y coger del brazo a Severus — ¡Vámonos! Tiré de él hasta que les perdimos de vista. Miré hacia atrás y solté todo el aire que había estado guardándome, solté el brazo de Severus y me dejé caer a los pies de un árbol cercano. Severus se sentó poco después en silencio. — Gracias por defenderme — dijo después de un rato. — No tienes que agradecerme nada, lo que hacen no está bien — respondí con tranquilidad mirando las calmadas aguas del lago. — Siento que te hayas peleado con tu amigo — volvió a decir Severus. — Ya no es mi amigo, y no lo sientas, me has enseñado como son en realidad, iguales que mis hermanos, metiéndose con los demás por diversión — dije frunciendo el entrecejo para girarme y mirarle por un momento en silencio — si vuelven a meterse contigo avísame ¿Vale? — Vale — respondió con una pequeña sonrisa. A la hora de la cena tuvo que sentirse la tensión que había entre Sirius y yo, el sentado con James a un lado de la mesa y yo al lado contrario con Severus, sin mirarnos ni dirigirnos la palabra. Dumbledore nos observó atentamente con disimulo mientras comía un trozo de pastel de calabaza con un sombrero color morado con un buitre disecado sobre él, negó sonriente con la cabeza y cogió un bombón de chocolate y menta, metiéndoselo en la boca. Unos días antes de la noche de navidad en la que se repartían los regalos fuí al despacho de Dumbledore. Tras decir la contraseña la gárgola giró y giró, dejando unas escaleras en forma de caracol que subí. Toqué la puerta y entré, cerrando detrás de mí. — Señorita Lestrange ¿Qué necesita? — preguntó Dumbledore dándole algo a un ave de hermosas plumas carmesí e impresionantes ojos dorados. — Señor ¿Podría acercarme a Hogsmeade a comprar regalos para mis amigos? — pregunté medio suplicando — no quiero ser la única que no les de algo... El director me miró con sus inteligentes ojos azules desde detrás de sus gafas de media luna. — No puedo dejarla salir a Hogsmeade ya que aún no tiene la edad necesaria, pero tengo una solución a su problema — dijo haciendo aparecer varias revistas y catálogos mágicos y entregándomelos — ¿podría ayudarle esto? Lo miré por un momento, contenta. — ¡Si, por supuesto que sí, muchas gracias! — exclamé contenta. — Si solo era eso debería ir a encargarlo pronto — dijo el director con una sonrisa. Me giré dispuesta a irme cuando vi el sombrero seleccionador sobre una estantería, tan viejo y remendado como el primer día en Hogwarts. — Señor — le llamé dándome la vuelta. — ¿Sí? — preguntó. — ¿Cree que el sombrero se equivocó? ¿Qué debería estar en Slytherin como toda mi familia? — pregunté con pena, me gustaba mi casa, y no me arrepentía de no estar con todos esos alumnos que en su gran mayoría odiaban a los muggles y a los mestizos. — El sombrero es capaz de mirar en el interior de una persona, de saber cómo es y que piensa, sus sueños y ambiciones, él nunca se equivoca, si le puso en Gryffindor es porque de verdad debe estar ahí, no debería hacerle caso al señor Black, no lo decía enserio, cuando una persona se enfada nunca dice lo que piensa de verdad. — Eso haré profesor, gracias — dije antes de irme. Me senté en un sillón de la sala común con los catálogos sobre mis piernas. Elegí y pedí un libro especial de historia mágica resumida para Lily, que siempre decía que sería interesante leerlo, una camiseta de su equipo de quidditch favorito a Hayley, a Alice le compré una pulsera en la que podía guardar cosas mágicamente y a Severus un Libro de hechizos básicos para su defensa. Cuando me levanté crucé la mirada con Sirius, que parecía no haber dejado de mirarme desde que había entrado por la puerta. Levanté la barbilla y cogiendo mis cosas subí las escaleras dirección a mi cuarto. Cuando digo algo lo digo enserio, y cuando decía que no iba a juntarme con abusones, lo decía de verdad, para mí la relación de amistad, si es que en algún momento fuimos amigos, se había acabado.   El día de navidad llegó rápidamente y al levantarme encontré regalos a los pies de mi cama, no eran muchos, pero eran los suficientes. Abrí un paquete con un libro de pociones avanzado de Hayley, Lily me había mandado una camiseta de un grupo de rock muggle que me gustaba mucho y con la que seguro le daría un infarto a mi padre, Alice me regaló una bufanda de Gryffindor y Severus un colgante que cambiaba de color según tu estado de ánimo. Hagrid me había felicitado las navidades en una carta con letras grandes e irregulares. Y por último una carta con pulcra y perfecta caligrafía unida a un gran paquete rectangular, era de mi padre. “Éride, el día de hoy iré a buscarte, ya he hablado con el director, para que asistas a la cena de familias hoy en la noche, vístete con lo que he enviado y estate lista a las 6 en punto en el despacho del director. Posdata: luego hablaremos sobre tu situación.” Tiré la carta sobre la cama y abrí la caja, dentro de él había un vestido corto de color rojo, era ceñido hasta la cintura y caía lacio hasta un poco por encima de las rodillas. "Al menos era bonito" pensé. Al llegar las 5 me duché y sequé, me puse el vestido y salí camino al despacho de Dumbledore. Cuando llegué el director no estaba solo, Sirius estaba bien vestido con un pantalón n***o y una camisa gris mal puesta, que di por hecho que había hecho aposta. Entré en silencio a las 5:55 pm. — Hola profesor — dije acercándome a la jaula del ave que se encontraba en forma de polluelo — ¿Qué le ha pasado a su ave? — Oh, ha renacido, ya era hora porque estaba muy mayor — dijo sonriente el director. — ¿Renacido? — pregunté extrañada. — Es un fénix, señorita Lestrange — explicó el director. — Oh... nunca había visto uno, son muy bonitos — dije sonriente acariciando al polluelo que, levantando sus plumitas con gusto, se restregó contra mis dedos haciéndome reír. Al momento dos personas se aparecieron en la sala, una de ellas era mi padre, con su típico semblante serio y el otro era un hombre de cabello n***o y ojos grises, algo pálido y con cara de no tener ganas de estar allí. — Rodolphus, Orión… — saludó Dumbledore. —Albus — dijeron ambos hombres. — Vámonos antes de que lleguemos tarde a la cena — dijo mi padre con incomodidad. — Hasta luego señorita Lestrange, señor Black — dijo el director. — Hasta luego profesor — dijimos antes de desaparecernos los cuatro. Nos aparecimos en una mansión desconocida, nunca habíamos estado en otra que no fuera mi casa haciendo la cena. Mi expresión debió delatarme porque mi padre me miró como si fuera tonta. — Es la casa de los Malfoy, hoy acordaremos con quien deberéis casaros — sentenció mi padre haciendo que pusiera cara de pánico. — Pero padre, solo tenemos en su mayoría once años, ¿No creen que es muy pronto? — pregunté nerviosa. — ¡Cállate y no repliques! ¡Tú que sabrás! Esto es cosa de adultos y deberías asentir y callar — siseó mi padre clavándome los dedos en el brazo, dejando señales. — Señor Lestrange, creo que su hija tiene razón y que le está haciendo daño — respondió Sirius a mi lado con la mano sobre la de mi padre, queriendo indicar que soltara mi brazo. Mi padre le miró por un momento con la piel de la cara tensa y roja como si quisiera gritarle algo y se contuviese, sonrió forzosamente. — Señorito Black, tiene razón, pero esto es un asunto familiar, siento decir… — empezó mi padre. — Sirius, te he dicho mil veces que no te metas en lo que no te llaman — exclamó furiosa su madre desde el marco de la puerta del comedor. — Pero… — empezó Sirius con el ceño fruncido. — Nada de peros — exclamó dándose la vuelta — entrad ya, sois los únicos que faltan. Entramos y nos sentamos en lados enfrentados de la gran mesa, uno a cada lado de la familia Malfoy. Con mi varita conseguí crear un papel y escribir en él "lo siento y gracias" lo lancé a los pies de Sirius y le di una patada haciendo que me mirara mal. Le hice señas para que mirara debajo. Él sonrió como entendiendo y tirando la servilleta se agachó, cogiendo el papel y tras un rato me golpeó de vuelta en la espinilla. Ahora era yo la que se agachaba tras tirar un tenedor. Había tachado el gracias y subrayado él lo siento muchas veces. Me levanté y le sonreí asintiendo para beber de mi copa disimuladamente. — Os he convocado en mi casa este año porque es hora de comprometer a mi hijo, y queremos ver las propuestas que tenemos para él. Mi padre y un tío de Sirius se levantaron. Me quedé boquiabierta de la sorpresa. Ni en broma me comprometería con él. — Yo ofrezco a mi hija, ha demostrado tener el ingenio de una Lestrange y considero que es hora de que vaya asentando su cabeza para el futuro — dijo mi padre seriamente. Quise golpearme la frente, bebí otra vez de mi copa, conteniéndome de decir algo de lo que luego pudiera arrepentirme. — Personalmente creo que su hija, después de terminar en Gryffindor no es adecuada para ninguno de los aquí presentes — sentenció el señor Black. — Creo que aun estando en Gryffindor es mucho mejor que su hija señor Black —  sentenció mi padre. — ¿Está diciendo que la familia Lestrange es mejor que la Black? — preguntó furiosos el tío de Sirius. — No, no decía eso… — empezó mi padre. — No hace falta que discutáis amigos, la verdad es que siendo la joven Narcisa de la edad de nuestro hijo nos parece más adecuado, suponemos que teniendo la misma edad les será más fácil... entablar una relación. — Entonces decidido, nuestros hijos están prometidos. Solté todo el aire de mis pulmones con alivio "menos mal, si tengo que soportar a ese inútil el resto de mi vida me suicido" pensé terminándome la copa como brindando para mí. Salimos de la cena y pasamos por mi casa antes de volver a Hogwarts por la red flu. — Nos ha salido caro que termines en Gryffindor — espetó mi padre mientras mis hermanos se reían por lo bajo. —A mi parecer padre, creo que Lucius es demasiado inútil, si me hubiera prometido con él me habría maldecido a mí misma, le doy mil vueltas en todo — dije encogiéndome de hombros. — ¿Eres amiga del chico Black? — preguntó de pronto mi padre. — Em... supongo — dije confusa. — Siempre están juntos, practican hechizos los sábados — respondió al momento mi hermano Rodolphus. — No hacía falta que lo dijeras corriendo, ya sabemos que te mueres por la aprobación de padre — dije girando los ojos — solo nos conocemos de eso, no es nada importante. — Ya... coge polvos flu y vuelve al castillo, ya hablaremos cuando regreses a final del curso — dijo mi padre dando por concluida la charla. — ¡¿No vas a castigarle?! ¡Está en Gryffindor! — gritó Rodolphus furioso. — ¡Ya sé que está en Gryffindor! — espetó mi padre justo cuando tiraba los polvos y desaparecía por la chimenea.  
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