Sebastián
No paso mucho para llegar a casa de Roger. Mi buen amigo recién se había despertado.
—Hola, Sebas — dice abriendo la puerta del auto —Te ves terrible, parece que no dormiste nada.
—No lo hice, tuve pesadillas.
—Pues cuéntame, soy todo oídos.
Pongo en marcha el auto mientras sonrío por su sarcasmo.
—Ricardo está muy interesado en Alessandra.
—¿En quién? ¡Ah! - se sorprende— con que así se llama la rompecorazones.
—Mamá está muy interesa en conocerla y mi ratona, pues, cuando la conozca quizás se enamore de ella y le suplique a su padre que se case con ella.
—te siento molesto.
—Estoy furioso, me siento un traidor por sentir esto por ella. De tanto pensar en lo sucedido en el baño, terminé soñándola de una manera muy diferente.
—Entiendo.
—No, no entiendes, estoy volviéndome loco —elevo el tono de voz.
—Tranquilo, no existe posibilidad alguna de que te vuelvas a encontrar con ella, a menos que sea tu destino asechar a la pobre chica.
—Quiero que Ricardo sea feliz, que mi ratona sea feliz. Que mi madre, de una vez por todas, sonría. Si la hubieses visto, estaba llena de vida.
—¿Y qué hay de ti?
—Estoy bien así, según mamá lo que tengo es mucho.
—Otra vez con la misma cantadera. No pienses en tu madre, ni en lo que quiere el maldito mundo de ti. Piensa en ti, en lo que quieres, deja de hacerte el malo, porque no lo eres— se molesta Roger —. Si te gusta esa chica, conquístala, si sufre Ricardo, pues que lo haga. Tú la viste primero, tú la besaste primero, tú la soñaste primero. Deja de pensar en los demás, sé egoísta una vez en la vida y toma lo que quieres.
—Cálmate, Roger. Ya entendí.
—Es que me revienta la madre el que seas tan considerado con todos.
Minutos después nos estacionamos en Juan Valdez Café.
—Tomemos un café, necesito uno bien cargado— le digo.
—Esta no es la de siempre, te detuviste unas cuadras antes— me corrige,
—Voy a hacerle caso a mi destino. Ya ni modo, no tengo ganad de ir a otro lugar, está vacío y se ve interesante.
—Si, porque te detuviste antes— se sonríe Roger bajando el auto.
Entramos a la cafetería sin creer que el destino me recordaría que las casualidades existen por alguna razón.
Buscamos una mesa vacía cerca de la ventana, tenía una gran vista. Ojeamos la carta para ver que pedir.
—Todo se ve muy bueno— dice Roger —tengo mucha hambre y unas ganas enormes por dormir.
En eso se me cae la carta al piso, me agacho para recogerla y escucho una voz dulce.
“Bienvenidos a Juan Valdez, café, ¿Qué es lo que van a ordenar?”
Mi corazón se detiene, no puede ser posible. Me reincorporo lento y puedo verlo. Era ella. ¡Joder!
Alessandra me mira aterrada, nos miramos unos segundos casi con espanto.
—No puede ser posible, ¿tú aquí? —Dice ella cambiando su mirada.
—Vaya, sí que es chico el mundo. No creas que estoy persiguiéndote o algo por el estilo. Si sabía que trabajabas aquí, ni entraba — le digo.
—Resultaste gracioso. Pero por más desagradable que me resultes, debo tomar tu orden —levanta su pequeño cuadernillo para anotar el pedido— ¿Ya decidieron lo que van a ordenar?
—No hay alguien más que pueda hacerlo — refiero—No quisiera causarte un malestar extra.
—No, no hay nadie más y te guste o no, yo debo trabajar. Así que, si no vas a ordenar algo, será mejor que te vayas.
—Era solo una pregunta. Pero tal parece que siempre estás a la defensiva y con un humor de los mil diablos.
—Si no te gusta cómo te trato, puedes irte.
—Ahora eres infantil. ¿Dónde quedó tu profesionalismo?
—¿Qué va a ordenar? —mira a Roger—tenemos Café expreso,
Café americano, Macchiato, Café espresso panna, Café doble, Cortado, Café con leche. Y para su amigo quizás le ofrezca una mamila.
—Te la pediría con gusto, pero no tienes de dónde— sonrío.
—Grosero.
—Fea.
—Estúpido, niño tonto.
—Maleducada y aburrida.
—¡Disculpen! —Interviene Roger—No es que quiera interrumpir su agradable charla de reencuentro, pero me muero de hambre. Yo quiero ordenar.
Alessandra deja un respiro y tomar su orden, mientras la observo con el corazón agitado. Quiera decirle tantas cosas bonitas, pero cuando la miro, es como si mi conciencia quisiera apartarla.
Minutos después se aleja muy enojada de la mesa, con la orden en sus manos.
— ¿Podrías explicarme que fue todo este circo? —interroga mi amigo. — ¿La conoces?
— Es… la chica que besé en la fiesta.
— ¡La novia de tu hermano! —casi grita.
— Aún no soy novios.
—Y el teatrito que acabas de armas no te ayuda para dejarle una buena impresión. Se supone que te gusta y quieres conquistarla.
—Lo sé, pero mi conciencia está intentando que me odie.
—Eso no será tarea difícil, la pelada ya lo hace, te detesta.
—Sé que le gusto en el fondo.
—será en lo más profundo de su ser, porque lo inicio que muestra es que le vales huevo.
—Sabe fingir muy bien.
—Si, eso se nota —. Ríe Roger.
Unos minutos después regresa a la mesa con nuestro pedido. Muy profesional ella, atendiéndonos con una sonrisa fingida.
—Gracias— le digo.
—Muérete— dice entre dientes sin apartar esa sonrisa tan bonita de sus labios.
Se aleja.
Roger, por el contrario, aguanta la risa sin mucho éxito, en tanto bajo la mirada, resignado a su indiferencia.
—Cuando se entere de que serás su cuñado, pegará el grito al cielo. Si de por sí ya te odia, imagínate, intentará envenenarte.
—Debo evitar que eso suceda.
—¿De qué hablas? … Que trate de matarte.
—No, debo retrasar ese encuentro lo más que pueda. Por lo menos hasta que sepa que es lo que siente por mí.
—Empezar con mentiras, una relación nunca es bueno.
—No voy a mentirle. Solo mantenerme en el anonimato.
—En definitiva, no es buena idea.
Minutos más tarde Roger pide la cuenta, e instantes después llega una pareja y ocupa la mesa de junto. Alessandra se acerca para entregarnos la cuenta, cuando el idiota le toca el trasero. El gesto de sorpresa y desagrado que mostró ella, me hizo hervir la sangre.
Estoy a punto de salir de mi silla para darle un buen golpe, pero ella se gira de inmediato y deja una fuerte bofetada, al pervertido.
“¡Uy, eso sí debió doler!”
— ¿Qué te pasa estúpida? —Grita la acompañante del sujeto, ignorando lo que su pareja había hecho.
Se armó un lío; el tipo se puso de pie enojado tratando de golpearla, entonces saltando como liebre, me pongo delante para defenderla. La chica gritaba, Alessandra trataba de quitarme de en medio para golpearla. Mientras el sujeto insistía en que nunca la había tocado y su novia lo defendía.
— ¡cállate perra! Ni que estuvieras tan buena como para que mi novio te toque, solo te gusta llamar la atención, gata de basurero — insiste en atacar la mujer.
—Vete al carajo, maldito pendejo. Me tocaste y recibiste lo que mereces — grita al hombre— Y a ti mamacita — se dirige a la mujer alterada— déjame decirte que defiendes a un pervertido, un enfermo que seguramente ni te respeta. Quítate la venda de los ojos y deja a este degenerado — se defiende Alessandra.
Ante tantos gritos, aparece el gerente del lugar y lo que primero que dice es “¡Alessandra!, estás despedida”
—No es justo, como puede despedirla, ella es la víctima — intervengo — y ese sujeto es el aprovechado. Ella solo se defendió y…
— ¿Quién es usted? — pregunta el jefe malhumorado.
—No es nadie. —levanta la voz Alessandra mirándome furiosa. — Solo es un cliente del lugar, que cree tener el derecho de defenderme.
— ¡Vete! Mi cafetería no requiere de los servicios de una chica problemática, como tú, no es la primera vez que sucede, ya te lo había advertido. Una más y te ibas. Toma tus cosas y vete de una maldita vez —Expresa el jefe autoritario.
—Lo que está haciendo es injusto. Como puede…— continuo en mi defensa.
—¡Por favor! — Manifiesta Alessandra— no intervenga más— Mira a todos los presentes y tirando con fuerza el delantal en una mesa; se retira.
Me apresuro a pagarla cuenta y salgo a prisa del lugar. Roger se había mantenido en silencio todo ese tiempo. Me sigue para subirse al auto, que únicamente muevo unos metros de la entrada.
— ¿Qué haces? — interroga Roger.
— ¿Qué no ves? La espero.
—No creo que sea prudente que la veas en este instante. Allá adentro dejó claro que no te necesita. Ya lograste que te odie, que más quieres.
— ¿Acaso no viste lo que hizo el tipo?
—Sí, y vi como ella se defendió. En mi punto de vista…
—Shh, hablamos luego, ahí está siendo.
— ¿A dónde crees que vas? ¡Sebastián!
Sin escuchar a Roger, voy a su encuentro. Está saliendo por la puerta trasera, por un callejón estrecho y solitario. En cuanto me ve cambia de dirección para evitar cruzarse conmigo.
—¡Alessandra, espera! — le grito corriendo tras ella. No temo llamarla por su nombre, pues su jefe descubrió su identidad.
—Largarte.
—lo siento— digo deteniéndola, tomándola por el brazo.
—¡Suéltame! —aparta su brazo — después que me despidieran por tu culpa, apareces. ¡No tienes vergüenza! ¿Por qué me sigues?
—Lo siento, no quise que te despidieran, pero no pude dejar que te golpearan.
— ¿Por qué pensaste que necesitaba que me defendieras? —eleva el tono de voz—Yo pude haber manejado esa situación. No es la primera vez paso por cosas similares con tipos como ese. ¿Sabes qué? ¡Ahórrate tus palabras y lárgate!, no te soporto, te odio, conocerte, es lo peor que me pudo pasar en la vida ¿Por qué diablos tengo que encontrarte otra vez?
— ¡Cálmate! Las personas nos están mirando. —Trato de acercarse.
— ¡Que miren! —me aleja a manotazos. —Son libres de opinar lo que les venga en gana…
—Está bien puedo ser lo peor que pudo pasarte en la vida, pero…
—Lárgate, lo único que queremos es que desaparezcas de mi vida— sigue golpeándome — no te soporto, eres un pervertido y de muy mala suerte.
Quizá no fue la mejor manera de calmarla, pero aprisionando sus manos la apego a mi pecho y buscando sus labios la beso. Forcejea unos segundos mientras la empujo contra la pared para inmovilizarla, coloco una de mis piernas entre las suyas, para no recibir un golpe en la entrepierna de sorpresa. Unos segundos más sigue luchando por apartarse de mi boca, hasta que deja de moverse y corresponde a mis besos. Nos besamos con desesperación y deseo, puedo sentir su corazón latir junto al mío, en tanto sus labios dulces parecen saborear cada centímetro de mi boca. El calor que empieza a emanar su cuerpo esta sofocarme, siento que ardo en el puro fuego mientras su respiración agitada hace crecer mi erección. Debo apartarme de la tentación o terminaré arrancándole la ropa y fallándola aquí mismo.
— ¿Ya te calmaste? —Susurro mirando temblar esos labios tan ricos.
—Maldito idiota —Dice un tanto agitada —¿Por qué tienes que besarme? —me aparta de un leve empujón.
—Admite que mis besos son la mejor medicina para tu mal genio—Sonrío.
—Sí que tienes el ego bien alto.
—Llámalo como quieres, pero la fierecilla está durmiendo ahora — acaricio su barbilla y dejo un guiño de ojo. Y bajando la guardia descuido la entrepierna. Con un rápido movimiento me causa mucho dolor.
—Maldito aprovechado —refiere.
—Quieres dejar de golpearme, por causa tuya, quizás ya no pueda tener hijos — expreso doblándome de dolor.
—Mucho mejor, una generación tuya sería una verdadera lástima.
—Pues yo si quiero tener hijos contigo—sonrío, mirando esos ojos marrones abrirse de asombro. Sé que por un segundo acarició esa idea y no le gustó.
—Vete al infierno— me abofetea, antes de alejarse del todo. Eso te ganas por ser tan pendejo, si vuelve a tocarme. El preocuparte por tu generación será lo último en lo que pienses, ¡entendiste!
—Todo claro. —Exclamo sin aliento.
Sigue su camino ante la risa de Roger que la ve alejarse.