Bridget.
―Sígueme Bridget, es por aquí – me indica Jaqueline mientras caminábamos por uno de los pasillos.
Después de haber visto la pelea entre Evan y los otros dos chicos, minutos después nos ha tocado la hora del desayuno, nos regresamos a las habitaciones para ponernos los uniformes; lo cual admito que me gustaba el diseño y eran muy cómodos para mi sorpresa. Amabas llegamos al comedor donde muchos otros estudiantes ya se encontraban charlando con sus grupos, mientras que otros se colocaban en orden de fila para escoger su comida del día. Bajo esta premisa, los estudiantes poseen aulas destinadas específicamente para cada asignatura, disponen de los recursos necesarios para sacar el máximo partido, tal y como me estaba contando Jaqueline.
―Vamos a la fila, muero de hambre – comenta mi compañera jalándome por el brazo hasta guiarme hacia su destino.
Cuando llegamos a dicha fila, me cruce de brazos mientras esperaba que las personas avanzaran para escoger lo que iba a comer y, para ser sincera, tenia demasiada hambre. Pero en segundos recordé la advertencia de esa voz en mi cabeza (el cual me había prohíbo comer el pan de cada día) era una complicada decisión porque, ¿Qué pasa si desobedezco lo que me pida? ¿Qué pasaría si como todo lo que se me antoje? ¿Me haría daño? ¿De verdad tengo que hacerlo?
―Hey, estas muy callada, porque no me cuentas algo sobre ti ¿te parece? – me anima Jaqueline sin despegar su sonrisa. Era una chica bastante amable como para tratar de ser amiga de una persona como yo.
No le quise responder, solo me limite a forzar una sonrisa y encogerme de hombros. Ella siguió esperando por mi respuesta, entrecierra los ojos y golpea su hombro ligeramente con el mío.
―Vamos dime lo quesea, solo es para concerté mejor – insiste haciendo una breve pausa – te prometo que no soy chismosa – dijo con diversión para luego reírse.
Como respuesta la señale con mi dedo índice, primero a ella y después a mi varias veces. La chica frunce el ceño y repite mis movimientos inclinando su cabeza como perro que no entiende un sonido.
―¡Ah ya entendí! – exclama Jaqueline abriendo mucho los ojos – ¿Quieres que te cuente yo primero no es asi? – inquirió señalándose asi misma. Asiento como respuesta –. Bueno yo estoy aquí desde los trece años, resulta que mis padres se separaron y en base a eso, mi madre perdió la custodia quedándose mi padre a cargo de mi vida. Él nunca me quiso, asi que me dejo aquí, desde entonces no he visto a mi mama – admitió Jaqueline afligida. Poco a poco la fila siguió avanzando – Pero estoy bien – asegura luego de unos segundos –, cuando tenga la mayoría de edad me prometí a mí misma volver a casa para poder abrazarla y decirle cuanto la he extrañado.
Me sentí un poco mal al escucharla decir eso. Debió ser muy duro para ella tener que vivir aquí por años sin tener contacto físico con su madre.
―Me considero una persona amigable y consejera, asi que ten en cuanta buscarme con cualquier cosa que necesites y con justo te ayudare – añadió sonriendo, le devolví el gesto –. Otra cosa, te recomiendo no desobedecer a las monjas por nada del mundo – me aconseja en voz baja, mirando alrededor para que nadie escuche – ellas pueden castigarte, y hablo de castigos muy malos que solo nosotros conocemos, asi que tenlo en cuenta.
Fruncí el ceño en desconcierto. La forma en que me lo dijo fue con seriedad y temor al mismo tiempo, no tenía idea que clase de castigos daban las monjas – Quizás Jaqueline estaba exagerando – pensé. Y tambien me quede analizando mucho lo que dijo sobre: “castigos muy malos que solo nosotros conocemos”
¿A quiénes se refería exactamente?
Una vez estuvimos frente a los platillos que tenían el día de hoy, agarre una de las bandejas observando cada comida, imaginaba que tendrían un poco más de variedad. El internado proporcionaba como menús especiales: avena, barras de pan, galletas; pastel de carne y ensalada de patata. Cualquiera esperaría como platos más típicos, como bacón, cualquier tipo de bollería con mantequilla y mermelada e incluso yogurt o sándwiches. Eso destacaría en los estudiantes un desayuno salado y nutritivo. En cambio, aquí la comida parecía vieja, como si estuviese hecha desde hace días, eran muy pocas las que se veían provocativas y deseables para degustar.
―Lo sé, aquí la comida es como la de los militares, pero peor – comenta Jaqueline al ver mi expresión de asco, lo cual uno de los personales trabajadores del comedor lo noto al igual que ella.
―¿Qué vas a querer niña? Dilo rápido que hay más personas esperando – dijo el hombre frente a mí, malhumorado y con poca paciencia.
―Te recomiendo tomar la ensalada de patatas y las barras de pan – me ayuda la pelinegra, señalando los platillos – Y por si quedas con hambre, agarra unas galletas.
Trague saliva con dificultad cuando me estaba sirviendo lo que me había sugerido Jaqueline. Un escalofrió me recorrió por toda la espalda, sintiendo el aliento de una persona cerca de mi oído. Trate de ignorarlo, pero su presencia estaba muy cerca, de hecho, estaba segura que se encontraba atrás de mí. Solo quedaban cuatro galletas, decidí agarrarlas todas para compartir la mitad con Jaqueline, pero una mano se interpuso en medio tomando con firmeza mi muñeca. Me paralice. Gire mi cabeza hacia la derecha encontrándome con el rostro del chico que se estuvo peleando con Evan Mathews, cuyo nombre desconocía, sus ojos se fijaron en los míos.
―Dámelas – fue lo único que pronuncio en un tono de orden y bastante molesto.
―Primero que nada, se dice buenos días O’ Sullivan – le dijo Jaqueline, frunciendo el ceño –, y segundo, esas galletas son de Bridget. Además, no estuviste en la fila para que te creas dueño de ellas – defendió. El chico de cabello oscuro soltó una risa sarcástica.
―Tu sabes que no me interesa hacer filas en el comedor ¿verdad? – le recordó – les pago a los personales para hacer mi comida y, justamente había pedido unas galletas, asi que lo siento…son mías ahora.
El chico de apellido O’ Sullivan intenta quitarme el plato de galletas, pero no se lo permito.
―Suéltalas, me pertenecen – exigió, hundiendo sus cejas.
Negué con la cabeza, retándolo con la mirada. Dentro de mi podía sentir como la sangre se calentaba y mi mandíbula se contraía.
―Esto no es un restaurante para que pidas comida para ti solo – repuso Jaqueline – es mentira lo que dices, solo lo haces para molestarla porque es nueva en el internado.
―¡Dije que me des las estúpidas galletas! – ordena elevando su tono de voz, ignorando a Jaqueline.
De la rabia, agarre con mi mano libre su muñeca, apretándola fuertemente sin piedad. El chico abrió enormemente sus ojos, asombrado por la fuerza en que la lo sostuve, mis uñas se clavaron en su piel al mismo tiempo en que mis ojos se tornan oscuros. No supe de donde sacaba la valentía para enfrentarme asi a un chico tan grande y mas alto que yo.
―¿¡Qué haces!? – pronuncia con dificultad. Su mano se estaba tornando en un color rojizo, casi llegando a ponerse morado – ¡Para ya!
―No – dije sonriendo.
El muchacho comenzaba a sentir como perdía la movilidad de su mano. Gruñe con molestia cuando muevo uno de mis dedos hasta en medio de la palma, chilla en ese instante cerrando sus ojos.
―¿Seguirás molestando a los demás O ‘Sullivan?
Esa voz supe reconocerla, se traba de Evan Mathews.