Narrado por Bridget
Pasaron varios minutos de silencio después de que ese chico, Mathews, saliera de la cocina. Me preguntaba por qué había sentido ese cosquilleo raro cuando nuestras miradas se cruzaron. Fue incómodo, sí… pero también extrañamente familiar. Me esforcé por no darle demasiada importancia.
Mientras tanto, Jeremy parecía incómodo. Se notaba que estaba molesto porque un simple adolescente había logrado atenderme mejor que él, un adulto con años de experiencia médica. Sus movimientos eran más torpes, más bruscos. Y sin embargo, ese chico… sus manos habían sido cuidadosas, sus gestos casi naturales. Me preguntaba de dónde había aprendido eso.
—Es increíble que ese muchacho no sepa lo que significa la palabra “¡no!” —murmuró la madre superiora con indignación, haciendo énfasis en cada sílaba.
—¿Ya lo habías castigado antes? —preguntó Jeremy, sin apartar la vista de lo que hacía. Selma asintió.
—Sí, y no solo eso. Le prohibí entrar a la biblioteca sin permiso y usar las computadoras salvo con supervisión de un maestro.
—Pero igual hace lo que quiere —añadió Jeremy, casi con resignación.
—Exacto. Es un caso sin remedio —suspiró Selma, mientras guardaba algunos ingredientes que Mathews había dejado esparcidos.
†
Después de un rato, el dolor en mis manos cedió. Jeremy aplicó una venda elástica sin apretarla demasiado. En mi mejilla aún ardía el corte que me había dejado aquel ser. El recuerdo de sus uñas, de su rostro… regresó con violencia a mi mente. Cerré los ojos con fuerza. Quise bloquearlo, pero era inútil. Estaba atrapada en ese recuerdo como si fuera una jaula invisible.
Jeremy limpió la herida con pinzas y agua oxigenada. Me ardía tanto que sentí cómo se me escapaban pequeñas lágrimas. Cada vez que su mano se acercaba, yo giraba el rostro o lo apartaba por reflejo. No soportaba el escozor. No soportaba la sensación de seguir siendo tocada por lo que ya no estaba allí… pero que en mi mente, nunca se había ido.
—Te recomiendo aplicar pomada de árnica, ayudará con los moretones —indicó Jeremy, guardando los instrumentos—. Y por tu mejilla… creo que no te dejará cicatriz.
Asentí. Sin decir nada. Porque decir… dolía.
—¿Estás segura de que no quieres contar lo que ocurrió? —preguntó Jeremy, cruzándose de brazos.
Agaché la cabeza, refugiándome en el silencio.
—Puede ser peligroso si no dices nada. Al menos deberías contárselo a tus padres. Yo… siento que hay algo más detrás de tus heridas.
Claro que había algo más.Claro que era peligroso. Pero ¿cómo contarle al mundo algo que ni yo misma entendía? No podía hablar. O mejor dicho… hablaba poco, apenas lo necesario. Había dejado de hacerlo hace tiempo. Las palabras dejaron de tener sentido cuando supe que nadie quería escucharlas. Había perdido mi voz.
Y con ella, algo más profundo: mi voluntad.
†
—¡Jovencita, llegaron tus padres! —avisó una de las monjas al abrir la puerta—. Te esperan en la entrada.
Me levanté con lentitud. Jeremy y Selma me acompañaron en silencio hasta el recibidor. Mi corazón latía con fuerza. Esperaba algo, quizás una pizca de preocupación. Un gesto de alivio por verme viva. Pero cuando los vi… supe que no lo encontraría.
Estaban allí.
De pie, bajo la lluvia.
Mi padre con su paraguas n***o, mi madre con los brazos cruzados. Ni una palabra. Ni una mirada cálida. Yo llevaba vendas en las manos. Tenía un rasguño en la cara. Estaba empapada, agotada. Y aun así… lo único que noté fue el enfado en sus rostros. Me acerqué con cuidado, como si cada paso aumentara el peso de mi decepción.
—Que sea la última vez que haces algo así, Bridget —dijo mi madre, sin emoción.
—Cuando lleguemos a casa, hablaremos —añadió mi padre, con frialdad.
Tragué saliva. No lloré. No frente a ellos. Pero por dentro… era una lluvia más intensa que la de afuera. Porque ni siquiera se preocuparon por cómo estaba. No preguntaron qué me había pasado. No tocaron mis manos con ternura. Ni una caricia. Nada.
Solo juicio.
—Gracias por haberla cuidado —dijo mi madre a los presentes. Selma y Jeremy se miraron. Podían notar lo que yo no decía.
—No hay de qué, señora —respondió Selma con una sonrisa contenida.
—Nos retiramos. Buenas noches —dijo mi padre, colocándome una mano en el hombro antes de empujarme suavemente hacia la salida.
—Que Dios los bendiga —se despidieron las monjas.
—Amén —respondieron mis padres al unísono.
†
Una vez afuera, mi padre abrió el paraguas y caminamos hasta el auto. Me subí al asiento trasero. Nadie habló durante el trayecto. Nada.Ese silencio dolía más que cualquier herida.Mis padres nunca fueron afectuosos. Siempre fueron fríos, rectos, prácticos. Yo aprendí a ser así también… o al menos lo era. Porque desde aquel día, desde que el miedo se instaló en mi piel, ya no soy la misma.
Ya no soy Bridget.Ese ser me sigue. Lo sé. Lo siento.Cuando estoy sola, lo presiento detrás de las sombras. A veces en el techo, a veces en el espejo. Nadie más puede verlo, solo yo.Y por eso creen que estoy loca.
Lo intenté… juro que lo intenté. Quise hablar. Contarles. Explicar. Pero ya no me creen. No lo hicieron la primera vez. Ni la segunda. Para ellos, soy una adolescente en crisis. Una niña que “imagina cosas”.Pero yo sé que no estoy imaginando nada.
Yo lo vi.
Lo sentí.
Lo escuché.
Y ahora vive en mí.
Me encerraba en mi cuarto a leer la Biblia, intentando calmar mi alma. Pero incluso con las palabras sagradas entre las manos, no podía escapar del terror. Las sombras en las paredes parecían moverse cuando las miraba demasiado. Escuchaba pasos donde no los había. Y en cada esquina… una mirada que no era humana.Soy esa niña asustada que mira debajo de la cama antes de dormir.
La que no quiere apagar la luz.
La que ya no sabe si está viva… o simplemente olvidada por el mundo. Mis padres creen que perdí la cordura.
Tal vez tengan razón. O tal vez… el mundo es más oscuro de lo que ellos quieren aceptar.
Y a veces me pregunto…¿Y si la mala soy yo?¿Y si no soy la víctima?¿Y si el demonio me eligió porque vio en mí lo que yo siempre supe que estaba ahí?
Una chispa de maldad.
Pequeña.
Dormida.
Esperando a ser encendida.