Me fui con la mirada cabizbaja hasta la oficina de mi jefe, temiendo lo peor.
¿Qué podría ser peor a que te despidieran? Terminar siendo amenazada con que tu reputación laboral se iría al carajo para que nadie más te contratara en ninguna otra parte por culpa de tu jefe desgraciado y de las abuelas agresivas y descontrolada.
— ¡Controla a esas mujeres, recoge tus cosas y largo de mi empresa! ¡No permitiré que una traidora como tú trabaje en una empresa de prestigio como esta! — gritó mi jefe con ira tras la firma de mi renuncia.
La rabia corría por mis venas, estaba completamente furiosa, y la verdad es que ahora, más que nunca, iba a tomar cartas en el asunto, no podía permitir que esas ancianas desquiciadas tomaran el control del rumbo de mi vida de esta manera.
— ¡Bien, me largo de aquí! ¡Quédese con su maldito trabajo y con su sueldo de miseria! A fin de que ni siquiera son la mejor empresa del mundo para trabajar, están todavía muy lejos de llegar a ese punto — me desahogué.
Mi ex jefe me miró con ojos asesinos, pero sabía que si hacía lo más mínimo en mi contra, definitivamente, yo lo demandaría. Y esa sería una falla muy grave para él, y para su dichosa empresa.
Regreso a mi oficina, recojo mis pertenencias, las guardo en una caja de cartón, y al finalizar, me voy de allí apurada, no quiero verle más la cara a mis compañeros de trabajo, no quiero tener que quedarme conversando con Anabel debido a lo que pasó. No, mejor dicho, no quiero nada que ver con nadie en este momento. Tengo tanta rabia que soy capaz de golpear a cualquiera con tal de desquitarme, por lo que fueron capaces de hacerme hoy.
He perdido mi trabajo, y, ¿Ahora? ¿Qué puedo hacer? Dedicarme a buscar trabajo, pues no puedo quedarme tirada en el sillón y llorando, lamentándome de lo que pasó. Soy una mujer sola en este mundo, el dinero se acaba rápido, y aunque van a pagarme una buena liquidación por mi salida, no tengo en quién apoyarme mientras consiga trabajo.
Salí de ese edificio, tomé un taxi, y me regresé a casa.
Lo único bueno de todo esto era saber que tendría un par de días de descanso para mí hasta que iniciara a trabajar de nuevo en otro lado. Solo esperaba conseguir algo mejor que en donde estaba para que valiera la pena todo mi esfuerzo y tiempo perdido en ese anterior trabajo de mierda.
Al llegar a casa, tiré la caja de cartón sobre el sofá y me desplomé en la cama con un suspiro pesado para tratar de ayudar a que mi cuerpo y mi mente se relajarán por un momento gracias al caos del día de hoy que fue una completa mierda.
Mi mente seguía repitiendo la escena con mi jefe una y otra vez. Podía sentir la rabia ardiendo en mi pecho, pero también un vacío que se expandía en mi interior. Me habían arrebatado mi estabilidad laboral en cuestión de minutos y, lo peor, por una situación absurda que ni siquiera fue mi culpa.
Ahora bien, ¿Cómo le explicaría esto a la familia de Aura? Porque, evidentemente, esas ancianas eran unas chismosas, y se encargarían de ir a contarle todo a Aura y a su madre en cuanto tuvieran oportunidad de hacerlo.
Pero, ¿Qué tanto serían capaces de contar? ¿Serían capaces de decirle a mi mejor amiga que su esposo es un infiel y que había tenido una aventura conmigo un día antes de la boda?
¿Serían tan capaces de arruinar mi vida por esa estupidez?
Cerré los ojos y traté de calmarme. No podía quedarme de brazos cruzados, esperando a que el trabajo de mis sueños cayera al suelo. Sabía que encontrar otro trabajo no sería fácil, sobre todo con la amenaza de mi jefe sobre mi reputación. Pero yo no era una cobarde. No iba a dejar que ese desgraciado y las ancianas locas destruyeran mi vida sin luchar.
Decidí darme un baño caliente para relajarme, aunque la sensación de impotencia seguía pesando sobre mí. Al salir de la ducha, envolví mi cabello en una toalla y tomé mi celular. Me quedé observando la pantalla en blanco, sin saber a quién llamar. No tenía muchos amigos en los que confiar, y mi familia... bueno, ellos jamás habían estado realmente para mí. Era mi pelea y debía librarla sola.
Con un resoplido, abrí mi laptop y comencé a actualizar mi currículum. Revisé los portales de empleo, buscando alguna oferta decente. Pero en el fondo, una idea se formaba en mi cabeza: si el mundo corporativo quería cerrarme las puertas, tal vez era momento de abrir mi propio camino. Ser independiente, ser mi propio jefe y no tener que soportar más jefes como el que tuve.
Mi experiencia, aunque limitada a un empleo mediocre, me había dado conocimientos valiosos. Sabía cómo funcionaba el mundo laboral, cómo tratar con clientes difíciles y cómo manejar situaciones de crisis. ¿Por qué seguir trabajando para otros cuando podía intentarlo por mi cuenta?
Abrí una libreta y comencé a anotar ideas antes de que las perdiera.
Tal vez era una locura, tal vez estaba siendo demasiado impulsiva, pero por primera vez en el día sentí una chispa de emoción. Tal vez, perder ese trabajo no era el final, sino el inicio de algo mucho mejor.
Tal vez esas ancianas locas me habían hecho un favor.
Justo cuando mi mente comenzaba a estructurar un plan, mi celular vibró sobre la mesa. Lo tomé con desgano y miré la pantalla. Era un número desconocido.
Fruncí el ceño y dudé por unos segundos antes de contestar.
— ¿Hola? — finalmente contesté la llamada.
Del otro lado de la línea, una voz grave y misteriosa respondió:
— Sé lo que pasó hoy en la empresa. Y tengo una oferta para ti. Una que no podrás rechazar.
— ¿Señor Collins?
El señor Collins era uno de los mejores clientes de la empresa donde trabajaba, yo manejaba una de sus cuentas, y él siempre me llamaba a fin de cada mes para felicitarme por el trabajo y agradecerme, entonces, decidí no colgar la llamada, era tiempo de escucharlo. ¿Una oferta que no podía rechazar? ¿Proveniente de uno de los más influyentes negociantes de este tiempo?
— Sí, así es Marie. ¿Puedes venir a mi oficina en este instante? Prefiero hablarlo en persona y no por llamada. Claro, si no te molesta.
— Para nada, me organizaré y salgo ya mismo para allá. En media hora estoy ahí. Espero que valga la pena su oferta, señor Collins.
— Lo valdrá, créeme. Te espero aquí.
Colgué la llamada.
Brinqué de felicidad, y me fui apurada a darme un baño relajante y me puse ropa elegante de oficina, el señor Collins era un hombre muy elegante y prestigioso, y yo tenía que dar la mejor de mis impresiones, puesto que esta era nuestra primera vez en reunirnos en persona.