Alexander se detuvo seriamente. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus ojos azules pasaban de mis ojos a la mano de Nando que aún sostenía la mía. La ira que emanó de él, hubo una ola de calor frío que barrió el área de la oficina. —Nando —dijo Alexander, su voz era de autoridad que hizo que los abogados que lo acompañaban se detuvieran, confundidos. —¡Alexander! Terminaste temprano —respondió Nando, sin soltarme, aunque noté que su tono se volvió más alerta. —Me llevé a tu secretaria a almorzar. Estábamos celebrando que pronto será mi colega. Alexander ignoró a su amigo. Sus ojos estaban clavados en mí, y por primera vez, no vi indiferencia. Vi un fuego oscuro, una posesividad salvaje que me hizo estremecer. —Daniela, a mi oficina. Ahora —ordenó. —Está en su hora de almuerzo

