El lunes por la mañana, el aire en el edificio de cristal parecía haber recuperado su rigidez habitual. Me puse un vestido color crema, sencillo y recatado, tratando de ignorar el eco de las palabras de Alexander de la noche anterior. "Mi involucramiento empieza y termina en mis sábanas". Esa frase se repetía en mi cabeza como una advertencia constante mientras subía en el ascensor. Al llegar a la planta del despacho, respiré hondo y caminé como si no estuviera pasando nada por mi cabeza, hacia la oficina principal. Entré con los expedientes del día bajo el brazo, dispuesta a ser la secretaria más eficiente del mundo para marcar esa distancia que él tanto exigía. —Buenos días, Juez Stone —dije al cruzar la puerta, manteniendo la vista en mis documentos. Pero Alexander no estaba so

