El sonido del motor del auto de Alexander era el único sonido que se escuchaba. Él conducía con una intensidad feroz, con los ojos fijos en la carretera y los alrededores, mientras el cabestrillo parecía no importarle ante la adrenalina que recorría sus venas. Yo estaba en el asiento del copiloto, temblando, con el olor a humo todavía pegado a mi piel y el corazón latiendo en la garganta. —Fuiste muy imprudente al irte así, Daniela —dijo Alexander, con una voz llena de de alivio y una ira reprimida. —Te arriesgaste de una manera que no puedo ni procesar. Pudiste morir en esa casa. —La vida de mis hijos estaba en peligro, Alexander —le respondí, girándome hacia él con lágrimas en los ojos. —Eran ellos o yo. No podía ponerlos más en riesgo esperando a que tú o la policía decidieran qué h

