El cielo de esa mañana no se atrevió a mostrar el sol; una capa densa de nubes grises cubría la ciudad, como si el mismo mundo guardara un luto por la mujer que, para bien o para mal, había movido tantas vidas a su antojo. El cementerio estaba impregnado del olor a tierra húmeda y a las coronas de flores blancas que rodeaban el féretro. Me mantuve al lado de Alexander durante toda la ceremonia. Lo sentía rígido, como una estatua tallada en el dolor más profundo. Sus manos, antes duras al dictar sentencias, temblaban levemente mientras observaba cómo el ataúd de su madre descendía lentamente hacia su última morada. Anita estaba al otro lado, con el rostro cubierto por un velo n***o que no lograba ocultar su llanto. Cuando la primera palada de tierra golpeó la madera, Alexander cerró
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