California

1171 Words
El rostro de Ronald se puso tenso, pero mantuvo la compostura frente a Ulises. —Daniela, no es cierto. Solo estás buscando pretextos para dejarme, pero te advierto que no lo permitiré. Hemos estado juntos por años. —¿Juntos? ¡Tú y yo no estamos juntos ya! Ronald no esperó mi respuesta. Me dio una última mirada que prometía problemas y, con un asentimiento a mi hermano, se marchó de mi casa como si no hubiera pasado nada. Cuando la puerta se cerró, me desplomé contra ella, temblando. Ulises se acercó, pensé que sería mi refugio, pero realmente fue mi tormenta. —¿Por qué te comportas así con Ronald? —¡Porque no ves la clase de persona que es! —exclamé, sintiendo un nudo en la garganta. —Él solo busca acostarse conmigo, Ulises. Ulises se encogió de hombros, con una exasperante calma. —Dani, es normal entre una pareja que después de algunos años quiera dar el siguiente paso. —¡No es cierto! —grité, con los ojos llenos de lágrimas de frustración. —No es cierto, porque yo decidí no entregarme a una persona hasta que esté segura y con Ronald... no estoy segura. ¡Ahora sé que jamás lo estaré! Sin esperar su réplica, me fui directo a mi habitación. Necesitaba deshacerme del olor a la noche anterior. Tomé una ducha larga y caliente, dejando que el agua se llevara la suciedad y la confusión. Después me vestí con ropa de trabajo y me dirigí a la empresa de abogados, donde me ganaba la vida transcribiendo contratos. El día de trabajo transcurrió con normalidad, era un día común y corriente. Cada vez que el teléfono sonaba, pensaba lo peor. Cada persona que entraba a la oficina me parecía Ronald. En un momento que no vi venir, una compañera de trabajo se acerca con un ramos de flores. —Son para ti— Dijo. Las tomé sin entender, miré el papel y decía algo muy claro. “No olvides que eres mía” Mi instinto fue tirar las flores, era lo mejor, no quería nada que viniera de Ronald. Cuando mi jornada laboral terminó, me apresuré a guardar mis cosas. Quería salir de ese edificio y esconderme en mi casa. Abrí la puerta principal de la empresa y lo vi. Estaba ahí, apoyado en su auto n***o, esperándome. —Querida, pensé que no saldrías nunca —dijo, enderezándose. Intenté rodearlo para dirigirme a la parada de autobús, pero fue demasiado rápido. Me agarró del brazo con una fuerza increíble. —¡Vamos, sube al auto! Tenemos que hablar de esto. —¡Suéltame, Ronald! —Luché con todas mis fuerzas, pateando y forcejeando. Los recuerdos de la noche anterior me dieron una fuerza renovada, y por un segundo, mi desesperación fue más fuerte que su agarre. Logré zafarme y corrí a toda velocidad por la acera. —¡No te vas a escapar, Daniela! ¡Te lo juro! ¡Te voy a tener cueste lo que me cueste! —Su grito me persiguió por la calle, Sabía que era una amenaza que el cumpliría. Llegué a casa sin aliento. Mi corazón latía como un tambor. Ya no era miedo; era un terror paralizante. Fui directo a mi habitación y tomé la maleta que guardaba bajo la cama. No podía seguir aquí, no podía seguir siendo perseguida y acosada por un mal hombre. Ulises entró a la habitación, alertado por el ruido. —¿Qué estás haciendo? —Me voy, Ulises —dije, arrojando ropa al interior de la maleta. —Me iré a otra ciudad. No soporto que Ronald me esté siguiendo y amenazando. —Estás exagerando, Daniela. Solo necesita tiempo —dijo, con esa misma indiferencia exasperante. —No, no estoy exagerando, me voy. Ulises me miró y luego se encogió de hombros. —Está bien. No me meteré en tus asuntos. Solo llámame cuando llegues. Esa misma noche, con una maleta en la mano y la billetera en la otra, tomé un taxi al aeropuerto. Me senté en un asiento de avión, dejando atrás mi vida, a mi hermano y el recuerdo tóxico de Ronald. Mi destino ahora era: el estado de California. Después de un viaje largo y agotador, que sentí como una huida constante, el avión finalmente aterrizó en California. Era de madrugada; las luces de la ciudad brillaban más que nunca en la oscuridad, y el aire, aunque fresco, se sentía diferente, prometiendo un nuevo comienzo. —Al fin llegué. Siento que aquí estaré mejor— Me dije a mí misma. Tomé un taxi desde el aeropuerto, sintiendo cómo mis músculos se relajaban un poco con cada kilómetro que me alejaba de mi antigua vida. Le di al conductor la dirección de Julia, mi mejor amiga de la infancia. La única persona en la que podía confiar plenamente. Aproximadamente una hora después, el taxi se detuvo frente a una pequeña casa pintada de color crema. Pagué y me acerqué con algo de miedo a la puerta. No sabía cómo iba a reaccionar Julia al verme aparecer sin avisar a esta hora, pero no tenía otra opción. Levanté la mano y toqué el timbre. Esperé lo que me pareció una eternidad, preguntándome si la despertaría o si ya estaría durmiendo. Finalmente, la puerta se abrió lentamente. Ahí estaba Julia, con el cabello alborotado y los ojos entrecerrados por el sueño. Cuando me vio, sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa de incredulidad iluminó su rostro. —¡Daniela! ¡No puedo creerlo! —exclamó. Antes de que pudiera decir una palabra, me envolvió en un abrazo apretado y cálido. —Pasa, pasa. Entra, por Dios —me dijo, tirando suavemente de mí hacia el interior. —Lo siento mucho, Julia —dije, sintiéndome abrumada por la emoción y la vergüenza. —Sé que es una hora terrible, pero no me quería quedar ni un minuto más allá. Ronald... no me iba a dejar en paz. Necesitaba salir de allí, rápido. Julia cerró la puerta con llave y me tomó de las manos. Su expresión se volvió seria, pero compasiva. —No tienes que disculparte por nada, Dani. De eso hablaremos mañana. Ahora, lo más importante es que estás aquí, estás a salvo. —Muchas gracias, sabía que podía contar contigo. —Cuando me enviaste ese mensaje te juro que no te creí— Dijo con emoción. —Lo sé. Per ahora es una realidad que esté aquí. —Te preparé una habitación, por si era cierto que vendrías. Nunca pensé que sería de verdad. Ve a descansar, amiga. Mañana me cuentas todo. —Gracias, eres lo máximo amiga— Le dije con un abrazo. Entré a la habitación que me indicó: era sencilla, con una cama vestida con sábanas frescas y limpias. Solté mi maleta con un suspiro de alivio. Por primera vez en veinticuatro horas, sentí que la amenaza se había quedado atrás. O al menos eso pensaba, pero lo peor estaba a punto de pasar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD