—Buenos días —respondió él sin levantar la vista.
Su voz sonaba más tan seria, como con una aspereza que me hizo apretar los dedos contra el dispositivo.
—Solo quería repasar su agenda de hoy —continué, deslizando el dedo por la pantalla. —A las 9:00 en punto tiene una audiencia en el juzgado civil número cuatro.
—Ya lo sé —dijo él, todavía sin mirarme.
Su tono era irónico, el de un hombre que no perdía el tiempo en distracciones.
—Solo se lo recordaba para que no haya retrasos —repliqué, tratando de no dejarme intimidar. —También tiene una reunión a las 4:00 de la tarde con el grupo de abogados de la fiscalía por el caso de corrupción corporativa.
Alexander dejó la pluma sobre la mesa y, finalmente, se reclinó en su silla.
—Bien. Anote algo más ahí —dijo, y por primera vez en la mañana, sus ojos azules se fijaron en los míos. —A las 8:00 de la noche tiene otra reunión, con Daniela.
Empecé a escribir pero luego de escuchar ese nombre, mi nombre, levanté la mirada de la tablet y me encontré con sus ojos.
No había burla en su rostro, solo una autoridad fría que me heló la sangre.
Nuestras miradas se cruzaron, como si fuera un campo de batalla de quién se mirara más.
—Enviaré a mi chofer por usted —añadió, rompiendo el silencio.
—No... no esperaba que esto fuera tan rápido —admití, y odié que mi voz sonara un poco nerviosa.
Alexander esbozó una sonrisa ladeada, casi imperceptible, pero llena de una arrogancia letal.
—Ni que fuera algo que usted no haya hecho antes, señorita Daniela. Una mujer con su decisión y sus necesidades seguramente conoce bien el juego.
Sentí pánico de repente, pero mi instinto de supervivencia tomó el mando.
Solté una pequeña risa nerviosa, intentando parecer sofisticada y mundana.
—Por supuesto que lo he hecho antes —mentí, mirándole a la cara con una valentía que no sentía. —Solo me sorprendió la premura.
Él sonrió, aparentemente satisfecho con mi respuesta, y volvió a tomar su pluma.
—Retírese y siga trabajando. Tengo mucho que revisar antes de la audiencia.
Salí de la oficina casi sin respirar. Mis piernas se sentían como gelatina.
Caminé directo al baño de la oficina, me encerré en un cubículo y luego me acerqué al espejo.
Mis mejillas estaban enrojecidas. Me miré fijamente, viendo el miedo reflejado en mis propias pupilas.
—Mentí —dije, viendo cómo mis labios temblaban. —Dios mío, mentí. No tengo experiencia en esto. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo.
Me eché agua fría en la cara, le había hecho creer al hombre más poderoso y exigente que conocía que yo era una experta, cuando la verdad era que nunca había dejado que nadie me tocara.
El sexo era un territorio inexplorado para mí, una frontera que había guardado con celo y que ahora estaba a punto de entregar por contrato.
Regresé a mi escritorio fuera de su oficina.
Durante el resto del día, me sumergí en el trabajo olvidando todo lo que tenía que ver con las 8 de la noche.
Atendí llamadas, organicé archivos y redacté notas con una precisión quirúrgica.
Necesitaba que Alexander viera que, al menos como secretaria, era indispensable.
Cada vez que él salía de su oficina para ir a las audiencias, yo evitaba su mirada, concentrándome en la pantalla de la computadora.
A las cinco de la tarde, recogí mis cosas a toda prisa.
Me marché incluso antes que Julia, necesitando cada minuto para prepararme para mi "otro" trabajo.
Llegué a la casa y me encerré en mi habitación.
Vacié mi armario sobre la cama. Tenía pocos vestidos que no fueran para la oficina.
Saqué uno n***o sencillo, luego uno azul marino, y finalmente un vestido rojo de seda que Julia me había regalado hace un año y que nunca me había atrevido a usar.
—¿Qué estás haciendo? —la voz de Julia me sobresaltó desde la puerta. Acababa de llegar y me miraba con curiosidad y lástima.
—Es hoy —dije, señalando el montón de ropa. —Será mi primer encuentro fuera de la oficina y... no sé qué usar. No sé qué se pone una mujer para... para esto.
Julia entró y se sentó en la orilla de la cama. Suspiró, mirando los vestidos.
—Dani, usa lo que quieras. Al final del día, con un hombre como Stone, probablemente no lo tendrás mucho tiempo puesto —dijo, soltando una risa para romper la tensión.
Me reí con ella, pero mi risa sonó histérica, llena de unos nervios que amenazaban con desbordarme.
—Me pondré el rojo —decidí, tomándolo en mismas manos como si fuera algo de mucha importancia.
Empecé a vestirme mientras Julia me observaba.
El vestido se ajustaba a mis curvas de una manera que me hacía sentir expuesta, casi vulnerable.
—Trata de satisfacerlo, Dani —dijo Julia, ahora con un tono más serio. —Ese hombre es un juez, un tipo poderoso. Seguramente es un experto en el área y espera lo mejor.
Me detuve mientras intentaba subir la cremallera. Un miedo frío me recorrió la columna.
—No sé cómo hacer eso, Julia —confesé en con terror, dándome la vuelta para mirarla.
Ella abrió los ojos de par en par, asombrada.
—¿Cómo que no sabes? Solo déjate llevar, muévete un poco y..
—No —la interrumpí, sintiendo que las lágrimas asomaban. —No sé porque... nunca he tenido sexo, Julia. Jamás he tenido intimidad con nadie.
Julia se puso de pie, procesando la información como si le hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué? ¿Nunca? ¿Ni siquiera con Ronald después de todos esos años?
—No. Ronald siempre me presionaba, pero yo no estaba lista. Justamente por eso huí de él aquella noche, porque él intentó forzar las cosas con esa droga en mi bebida. Quería que mi primera vez fuera algo que yo eligiera, no algo robado.
Julia se pasó una mano por el cabello, sentándose de nuevo.
—Vaya... cómo son las cosas de la vida. Huiste de uno para no acostarte con él y ahora te vas a acostar con otro por un contrato.
—Así es —dije, mirando mi reflejo. —La vida tiene un sentido del humor muy retorcido.
Julia se quedó pensativa un momento.
—Dani... ¿por qué no buscas a Ronald? —preguntó de repente. —Sé que es un asco de tipo, pero tiene dinero, lo conoces de hace tiempo, tenían una historia. Quizás si le pides que vuelvan o que te ayude... lo hará.
—¡Ni loca haría eso! —la corté con enojo. — Ronald me drogó, Julia. Me acechó, me amenazó y me hizo sentir como una presa. Alexander Stone es un arrogante y me ha comprado, pero al menos fue honesto con su propuesta. Ronald es un depredador que se disfraza de novio. Prefiero mil veces enfrentarme a lo desconocido con el Juez que volver al infierno con Ronald.
Julia no tuvo más remedios que entender mi rechazo hacia Ronald.
—En eso tienes razón. Ronald es un peligro.
Miré el reloj de la pared. El tiempo avanzaba, eran casi las ocho.
En ese preciso momento, el sonido del timbre resonó en toda la casa.
El sonido me hizo saltar.
—Es el chofer —dije, sintiendo que el corazón me martilleaba en los oídos. —Es momento de irme a mi otro lugar de desastre.
Julia me acompañó hasta la puerta. Me puso una mano en el hombro y me obligó a mirarla.
—Te deseo suerte, de verdad. Intenta no pensar mucho. Solo sobrevive.
La miré y logré darle una pequeña sonrisa, una máscara de valentía para ocultar el terror que me consumía por dentro.
—Gracias, Julia.
Caminé hacia el auto n***o que esperaba frente a la acera.
El chofer me abrió la puerta con una cortesía que no estaba acostumbrada a ver.
Al entrar, el olor a cuero caro y al perfume de Alexander, me hizo inhalar con deseo.
Mientras el auto se ponía en marcha, miré por la ventana cómo la casa de Julia se hacía pequeña.
Me dirigía hacia la boca del lobo, armada solo con un vestido rojo y una mentira que estaba a punto de desmoronarse.
Media hora después, el chofer detuvo el auto frente a un edificio de cristales ahumados que parecía tocar las nubes.
El portero me abrió la puerta del departamento con una reverencia silenciosa y me guio hasta el ascensor privado.
Mis manos sudaban tanto que temía que el bolso se me resbalara.
El indicador de pisos subió con una velocidad vertiginosa hasta el penthouse.
Cuando las puertas se abrieron, me encontré frente a una única puerta de madera oscura, maciza y elegante.
Inhalé profundamente, tratando de calmar mi respiración agitada, y luego toqué.
La puerta se abrió casi al instante. No fue un criado, fue él.
—Pasa, Daniela —dijo Alexander con esa voz de mando.
Entré lentamente, y lo que vi me dejó sin aliento. El departamento era de un lujo minimalista y poder.
Los techos eran altísimos, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de toda la ciudad iluminada.
Había obras de arte moderno en las paredes y esculturas de cristal que brillaban bajo la luz cálida.
Caminé con pasos cortos, sintiéndome diminuta. Pensé, con un nudo en el estómago, que si por accidente rompía algo de lo que había allí, ni siquiera trabajando cien años con mi sueldo de secretaria podría pagarlo.
De repente, Alexander se presentó ante mí. Se había quitado la chaqueta y la camisa; estaba completamente descubierto del torso hacia arriba.
Me quedé sin palabras, paralizada. No era solo que fuera un hombre atractivo; era la presencia física que emanaba.
Su piel era bronceada, sus músculos estaban definidos pero no exagerados, y la luz de las lámparas acentuaba cada línea de su cuerpo.
—Te estaba esperando —dijo, observando mi reacción con una intensidad que me hizo arder la piel.
—Ya... ya estoy aquí —logré articular, intentado no sonar demasiado nerviosa.
Él se acercó con pasos lentos y seguros. La distancia entre nosotros se redujo hasta que pude sentir el calor que desprendía su cuerpo.
Con una delicadeza que no esperaba, levantó su mano y puso un mechón de mi melena detrás de mi oreja.
El roce de sus dedos me provocó un escalofrío y sentí cómo el rubor subía violentamente por mis mejillas.
Antes de que pudiera reaccionar, inclinó la cabeza y empezó a besarme el cuello. Sus labios eran cálidos y tibios.
Noté que él se detuvo un segundo, y me miró de reojo algo asombrado, podía sentir su respiración en mi piel.
—Estás temblando —dijo contra mi cuello. —Estás muy nerviosa.
Me alejé apenas unos milímetros, tratando de recuperar el aliento.
—No tienes nada que temer, Daniela —continuó él, mirándome a los ojos con una frialdad tranquilizadora. —El sexo entre dos adultos es algo muy normal. No lo hagas más complicado de lo que es.
Esbocé una sonrisa forzada, asintiendo con la cabeza mientras fingía que él tenía toda la razón, aunque por dentro sintiera que me iba a desmayar.
—Tienes razón, Juez Stone. Es solo... que es la primera vez con usted, no es que nos conozcamos bien.
Él me miró asombrado.
—Bebe esto —dijo él, caminando hacia una barra de mármol. Sirvió una copa de un vino tinto espeso y oscuro. —Es para que te relajes. Lo necesitas.
—Gracias— Dije.
—Por cierto, para que l sexo no ha que conocerse bien.
Tomé la copa con dedos rígidos. No me detuve a oler el bouquet ni a saborear la uva; de un solo sorbo, me tragué todo el líquido.
El alcohol quemó mi garganta y se instaló en mi estómago como un fuego líquido.
—Vamos a la habitación —ordenó él, dejando su propia copa de lado.
Me tomó de la mano y me guio por un pasillo iluminado con luces indirectas.
La habitación era inmensa, dominada por una cama King size con sábanas de seda gris.