Me quedé de pie, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado de la oficina se entraba por los poros de mi piel.
El silencio era inevitable e incómodo, interrumpido únicamente por el leve sonido de las hojas de papel que Alexander Stone movía sobre su escritorio de caoba.
Mi destino estaba sellado por mi propia desesperación, y él lo sabía. Lo disfrutaba con esa picardía propia de quien sabe que tiene todas las piezas del tablero a su favor.
Alexander deslizó la mano hacia uno de los cajones laterales de su escritorio.
Sacó una carpeta de piel negra, la abrió con una elegancia que me resultó insultante y extrajo un documento de varias páginas.
—Tome asiento, señorita Daniela —dijo, sin mirarme, señalando la silla de cuero frente a él.
Me senté lentamente, tratando de mantener la espalda erguida, aunque por dentro sentía que me desmoronaba.
Mis manos temblaban levemente sobre mis muslos, así que las entrelacé con fuerza para que no se notara.
—¿Sucede algo? —pregunté, tratando de que mi voz no sonara natural.
Él levantó la vista, sus ojos azules eran tan intimidantes que me sentía un poco nerviosa ante él.
Deslizó el documento por la superficie pulida del escritorio hasta que quedó frente a mí.
—Este es un contrato de exclusividad y privacidad —explicó con voz monótona, como si fuera algo normal. —En este bufete, y bajo mi tutela, la discreción no es una sugerencia, es una ley. Lo que ocurra dentro de estas paredes, y lo que ocurra entre nosotros fuera de ellas, no puede ser mencionado a nadie. Ni a su amiga la recepcionista, ni a ningún familiar, es decir, a nadie.
Sentí una punzada de orgullo herido. Lo miré fijamente, tratando de recuperar algo de la dignidad que había dejado en la puerta.
—No tengo que firmar ningún contrato de privacidad —repliqué con seguridad. —Sé perfectamente cómo callar. No soy una niña, Juez Stone. Sé lo que está en juego y sé guardar secretos.
Alexander soltó una risa irónica, un sonido carente de alegría que me erizó los vellos de la nuca.
Se reclinó en su silla, observándome con burla y superioridad.
—Señorita Daniela, en mi mundo no se vive de palabras o promesas de honor. Yo no dejo cabos sueltos. Nunca, así que, o firma ese documento ahora mismo, o puede darse la vuelta y olvidarse de este empleo. Usted decide cuánto vale este empleo.
El chantaje hizo que se me revolviera el estómago.
Pensé en Ulises, en su rostro desfigurado por los golpes, en la deuda que lo perseguía.
No tenía otra salida. Tomé el documento con dedos rígidos y comencé a leer.
Mis ojos pasaron por cláusulas estándar de confidencialidad, horarios y responsabilidades legales.
Pero, de repente, las letras parecieron saltar del papel. Me detuve de repente, releyendo una línea una y otra vez, sintiendo que la sangre se me escapaba del rostro.
El corazón me palpitaba más de lo normal Estaba atónita.
—¿Pasa algo? —preguntó Alexander, observando mi reacción con una sonrisa ganadora.
—Aquí... —mi voz falló por un segundo. —Aquí dice que mi cuerpo le pertenece a usted. Dice literalmente que renuncio a mi autonomía personal en favor de sus necesidades mientras dure este contrato.
Él no se inmutó. Al contrario, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
Esa sonrisa pícara y oscura volvió a aparecer en sus labios, dándole un aspecto peligrosamente atractivo y letal a la vez.
—Eso es correcto —afirmó con total naturalidad. —Si va a ser mi secretaria personal bajo las condiciones que aceptó, debo asegurarme de que entiende la magnitud del compromiso. Mi propiedad, mi tiempo, mi satisfacción. Sin embargo —añadió, señalando un párrafo más abajo. —también puede leer que será remunerada generosamente por ello, totalmente aparte de su salario oficial como secretaria ejecutiva. Recibiría bonificaciones por... disponibilidad.
Cerré los ojos con fuerza. Me sentía sucia, como si me estuviera vendiendo en un mercado de esclavos moderno, bajo el disfraz de la legalidad y el lujo.
—Todo lo que hago es justo por el dinero —dije y las palabras eran con amargura, mirándolo con odio. —No crea que esto es por admiración o por deseo. Es una transacción. Nada más.
Alexander soltó un suspiro de aburrimiento y agitó la mano en el aire, restándole importancia a mi arrebato.
—No se preocupe por aclararlo. No es la primera vez que escucho ese discurso. Conozco perfectamente a las personas que son como usted.
Sentí un chispazo de ira. ¿Qué creía que sabía de mí? ¿Qué derecho tenía a juzgarme cuando él era quien ponía esas condiciones asquerosas?
—¿Y cómo se supone que son las personas como yo, Juez Stone? —le pregunté, con la voz llena de veneno.
Él me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis labios antes de volver a mis ojos.
—Mejor no hablemos de eso para que no se ofenda el primer día —dijo sonriendo.
Sin decir una palabra más, tomé el bolígrafo que estaba sobre el escritorio.
La punta de metal rayó el papel con fuerza mientras estampaba mi firma en cada una de las hojas.
Era el sonido de mi libertad siendo canjeada. Le entregué el documento con un gesto brusco.
Alexander revisó la firma, asintió con satisfacción y guardó el contrato en su gaveta, cerrándola con llave.
El sonido del cerrojo resonó en la oficina, recordándome que ese era mi candado.
—Bienvenida a la empresa, Daniela —dijo, recobrando su tono profesional y frío. —Espero que sea tan eficiente con los documentos como lo es con sus réplicas.
—¿Cuándo empiezo como secretaria? —pregunté, deseando salir de esa oficina lo antes posible.
—Hoy mismo —respondió, levantándose y ajustándose la chaqueta del traje. —El tiempo es el recurso más valioso que tengo. Le pediré a mi recepcionista personal, la señora Gable, que le enseñe cuál será su papel exacto y cómo manejo mi flujo de trabajo. Mañana la quiero ver aquí a las 8:00 en punto. Ni un minuto más tarde. En mi oficina, lista para trabajar.
—Gracias —dije mecánicamente, aunque la palabra me supo a amargura.
—No me dé las gracias a mí, déselas a su suerte —replicó él, señalando la puerta. —Acérquese a la recepcionista. Ella le ayudará en todo lo necesario para que no cometa errores estúpidos mañana.
Salí de la oficina sintiendo que el aire me faltan más que nunca, había un dolor inmenso en mi pecho.
Me acerqué al mostrador de la mujer del traje gris, la que me había dado el número 130 el día anterior.
Me miró con una expresión indescifrable, se miraba severa y algo que casi parecía lástima.
—Soy Daniela, la nueva secretaria del Juez Stone —me presenté.
Ella ni siquiera esperó a que terminara de hablar. Se puso de pie y comenzó a caminar por un pasillo lateral, obligándome a seguirla a paso rápido.
—Escuche bien, porque no lo diré dos veces —comenzó la mujer con voz afilada. —El Juez Stone es un hombre de hábitos rígidos. Su café debe estar en su escritorio a las 8:05, n***o, sin azúcar, a exactamente 75 grados. Usted revisará su correspondencia, filtrará las llamadas de los juzgados y preparará los expedientes de los casos civiles antes de que él llegue. Si un cliente no tiene cita, no existe. Si un abogado lo busca sin previo aviso, dígale que está en audiencia, incluso si lo ve sentado ahí dentro.
Pasé las siguientes horas sumergida en un mar de carpetas, códigos legales y protocolos de oficina.
La señora Gable era implacable. Me enseñó el software de gestión de archivos, la jerarquía de los socios del bufete y el tono exacto que debía usar al responder el teléfono.
Mi cerebro estaba a punto de estallar. Cada vez que levantaba la vista y veía la puerta cerrada de la oficina de Alexander, sentía un escalofrío.
Sabía que detrás de esa madera estaba el hombre que ahora era dueño de mi tiempo y de mi integridad.
Al finalizar el día, mis ojos ardían y me dolía la espalda de estar sentada frente al monitor aprendiendo los complejos sistemas del juzgado.
Cuando finalmente me dieron permiso para retirarme, bajé en el ascensor sintiéndome como un fantasma.
Al salir del edificio, el sol ya se estaba ocultando.
Vi el auto de Julia estacionado cerca de la acera. Me acerqué y me desplomé en el asiento del copiloto.
Julia me miró de inmediato, analizando mi rostro cansado. Encendió el auto y se incorporó al tráfico antes de hablar.
—¿Y bien? ¿Cómo te fue? ¿Sobreviviste al primer día con el "Temible Stone"? —preguntó con curiosidad y preocupación.
Suspiré profundamente, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento.
—Llevar la agenda del Juez Stone no parece nada fácil, Julia —dije, mirando por la ventana las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. —Es un hombre que exige perfección en cada segundo. No permite errores, no permite dudas.
Julia asintió, dándome una palmadita rápida en el brazo mientras esperaba en un semáforo.
—Bueno, al menos ya tienes el trabajo, Dani. Eso es lo importante ahora. Con eso podremos pagar lo de Ulises y estarás tranquila. Es un alivio, ¿no?
Me quedé en silencio un momento. Pensé en el contrato bajo llave en la gaveta de Alexander.
Pensé en la cláusula que decía que mi cuerpo le pertenecía. Pensé en la mirada pícara que me había dedicado mientras vendía mi alma por unos fajos de billetes.
—Sí —respondí en voz baja, sintiendo un nudo en la garganta. —Es un trabajo... aunque no exactamente como secretaria. Pero ya sabes el resto.
Julia no insistió, quizás porque sabía que si profundizaba más, yo terminaría llorando.
Me dediqué a observar el camino, dándome cuenta de que mi vida acababa de cambiar para siempre.
Ya no era Daniela, la transcriptora de contratos que huía de un novio abusivo.
Ahora era la posesión privada de uno de los hombres más poderosos del estado.
Y lo peor de todo era que, a pesar del miedo y la indignación, una parte de mí sabía que la verdadera tormenta ni siquiera había comenzado.
Mañana a las ocho en punto. Mañana empezaría mi nueva realidad. Una realidad donde los límites entre el deber y el deseo, entre la ley y el pecado, se borrarían bajo la firma que acababa de estampar.
La mañana siguiente, la alarma sonó a las seis de la mañana, pero yo ya llevaba una hora con los ojos fijos en el techo.
No era el insomnio de la culpa, era el de la anticipación.
Me levanté, me duché con agua casi helada para entumecer los nervios y me vestí con un traje sastre azul marino, el más profesional que tenía.
Quería que mi apariencia gritara "eficiencia", incluso si mi interior era un caos de inseguridades.
Llegué al edificio puntual, sintiendo el peso de la tablet de trabajo en mis manos como si fuera un escudo.
Al entrar al imponente edificio, no me detuve a mirar las lámparas de cristal ni a los abogados de renombre; subí directamente al tercer piso.
Repasé mentalmente todo lo que la señora Gable me había enseñado el día anterior.
Sabía dónde estaba cada expediente, cómo funcionaba la cafetera de alta gama y, sobre todo, sabía que el silencio era la regla de oro.
Caminé hacia la pesada puerta de madera y toqué dos veces antes de entrar. Alexander ya estaba allí, sentado tras su escritorio de caoba.
Al entrar, el estaba concentrado, con la mirada clavada en unos documentos que subrayaba con una pluma fuente.
—Buenos días, Juez Stone —dije, manteniendo la voz profesional mientras activaba la tablet.