El aire se me fue de los pulmones. Me sentí completamente vacía. ¿Que clase de hermano tenía? Un traidor, un cómplice de un hombre que solo buscaba hacerme daño.
—¿Qué... qué clase de hermano tengo? —Articulé, sintiendo que mi voz apenas salía.
—Sé que no estuvo bien, Daniela. Lo sé —dijo, intentando tomar mi mano, pero yo me aparté. —Pero necesitaba el dinero.
—Después de esto que hiciste, y de lo que Ronald me intentó hacer, es mejor que te vayas de la casa de Julia. ¡No eres bienvenido!
Ulises se levantó, o mejor dicho, se dejó caer de rodillas frente a mí. Las lágrimas le corrían por su cara golpeada.
—¡Por favor, Daniela! ¡No me abandones a mi suerte! Nadie me da trabajo, y esas personas... me dijeron que si no pagaba, me buscarían hasta debajo de las piedras.
No pude evitarlo, verlo ahí, llorando y golpeado, me rompió por dentro. Era mi hermano, a pesar de todo.
Sentí las lágrimas rodar por mis propias mejillas, lágrimas de decepción y dolor.
—Me has decepcionado profundamente, Ulises —dije, con la voz entrecortada. —Pero... eres mi hermano y te ayudaré.
Saqué de mi bolso los pocos dólares que tenía, el dinero que había reservado para comer y buscar trabajo, se lo entregué sin contar.
—Toma. Busca dónde pasar la noche.
Ulises se levantó rápidamente del suelo, con una expresión que pasó de la súplica al alivio.
—¡Gracias, hermanita!
Y con esas palabras, sin decir una palabra más, se marchó de la casa de Julia, dejándome de nuevo sola con el dolor de la traición y la amenaza.
La mañana siguiente, estaba parada frente a Julia, con una resolución amarga y fría grabada en mi rostro.
La decepción de Ulises me había dejado sin opciones.
—Voy a ir contigo a la oficina —le dije a Julia, con la voz baja y con inseguridad. —Voy a aceptar el trabajo.
Julia dejó su taza de café en la encimera. —¿Qué? Me dijiste que lo habías rechazado, pero no me dijiste la razón, y ahora... ¿quieres tomarlo?
Respiré profundamente. A Julia no podía ocultarle nada.
—El juez Alexander me ofreció el puesto de secretaria, pero con una condición... me dijo que debía "satisfacerlo" hasta que regresara su prometida.
Julia no se inmutó, lo cual me sorprendió.
—Ah, ya veo —dijo, entendiendo todo. —Siempre han existido rumores de mujeres detrás de él. Dicen que es un Don Juan, que usa su posición. Es un hombre muy poderoso, Dani.
—Lo sé y ahora debo ayudar a mi hermano para que no le hagan daño —expliqué, y sentí la punzada de la injusticia.
—¿Y Ulises merece que tú hagas tanto por él? Después de lo que te hizo con Ronald...
—Estoy de acuerdo, no lo merece —dije, sintiendo ira y el amor fraternal en guerra dentro de mí. —Pero no puedo dejarlo a su suerte. No puedo vivir sabiendo que lo golpearán hasta matarlo por una deuda que él creó, aunque me haya traicionado.
Julia respiró hondo. —Lamento todo esto, yo te ayudaría pero no tengo dinero, tengo algunas deudas también.
—Lo sé amiga, y ya me ayudas recibiéndome en tu casa.
—Vamos entonces a tu única salida— Dijo con tristeza.
Media hora después, llegamos al edificio de Alexander Stone.
La familiaridad del lugar no disminuyó mi ansiedad, sino que la intensificó.
Me paré junto al ascensor. —Deséame suerte —le dije a Julia.
—La vas a necesitar, Dani —respondió, y el tono serio de su voz me dio a entender que sabía exactamente en qué me estaba metiendo.
Subí al tercer piso. Al salir del ascensor, me dirigí directamente al hombre encargado de la recepción de las oficinas de Alexander Stone, que vi en ese momento.
—Necesito entrar a ver al juez Stone —le dije, con urgencia. —Ya estuve aquí ayer, pero necesito verlo hoy.
El hombre revisó su agenda con desgano. —El juez Stone está ocupado ahora mismo, señorita. No tiene citas.
Hice caso omiso, mi situación era una emergencia. Pasé a su lado sin esperar permiso y me dirigí a la puerta de la oficina de Alexander.
Toqué apenas y entré sin esperar una invitación.
Alexander estaba en su escritorio, leyendo. Levantó la mirada, y sus ojos fríos se posaron en mí.
—¿Por qué entra así? —preguntó, con su voz destilando autoridad.
—Vine solo a decirle que acepto la propuesta de trabajo —declaré, tratando de sonar tan inquebrantable como él.
Una sonrisa lenta y divertida se dibujó en sus labios, una que me hizo sentir pequeña.
—Esa propuesta era para ayer, señorita.
—Si aún no tiene secretaria, puede ser para hoy —repliqué, mirándolo fijamente.
Alexander se reclinó en su silla, observándome con interés.
—Recuerde que no es solo para ser secretaria —me recordó, y el doble sentido era claro. —También hay algo más.
Respiré profundamente, cerrando los ojos un instante.
El recuerdo de la cara golpeada de Ulises y la amenaza de los prestamistas me dio la fuerza para seguir adelante.
Abrí los ojos y lo miré fijamente. —Acepto todo.
Alexander se levantó de su silla, se acercó al borde de su enorme escritorio, con sus ojos oscuros fijos en mí.
Su postura era de interrogación. La burla de hace un momento se había evaporado, reemplazada por una seriedad intrigada.
—Dígame, señorita Daniela —dijo. —¿Por qué? Hace menos de veinticuatro horas me dijo que jamás aceptaría una propuesta como esta. ¿Por qué debería elegirla a usted ahora, si ya demostró que no está dispuesta a cumplir?
Mantuve mi posición, negándome a temblar bajo su escrutinio. La vergüenza era un sabor amargo en mi boca, pero la necesidad era más fuerte.
—La razón no importa, Juez Stone —respondí, con la voz llena de seguridad a pesar del nudo en mi garganta. —Lo que importa es que lo tomaré. Haré el trabajo de secretaria con eficiencia y cumpliré con la... otra parte del trato. No tiene que preocuparse por mi compromiso. A partir de hoy, estoy dispuesta a todo.