Gemina intenta arrancarse un pequeño cuero del dedo pulgar. El dolor que siente cuando la piel se desprende y deja salir la sangre no se compara con lo que está sintiendo en ese momento.
Frente a ella las personas gritan. Los hombres dan palmadas en la mesa y vociferan, rugen y señalan al crucificado. La saliva sale de sus bocas y sus rostros están acalorados.
Él la golpeó. La tomó del cabello y le gritó. La hizo arrodillarse. Torturó su ser hasta que apenas quedaron los restos.
Y ella lo ha lanzado al fuego. Lo ha condenado.
Gemina logra arrancar el cuero de su dedo pulgar. Baja la mirada hasta su dedo que está lleno de sangre y lo cubre discretamente con su camisa gris.
Vuelve la mirada al caos frente a ella. A su izquierda, en la silla del presidente está Roberto, su antiguo jefe, a quien alguna vez admiró y amó en secreto. Habría dado su vida por él, lo habría defendido como una fiera.
Qué tonta era.
Su mirada va hasta su derecha. Ahí está el espectador, el que sonríe con satisfacción. Augusto, el prepotente, el que la veía por debajo del hombro y la barría con la mirada. Cada vez que él llegaba a la editorial, Gemina intentaba no tropezarse con él. Le tenía tanto miedo y le incomodaba a tal nivel que pasar unos minutos a su lado le parecía insufrible.
Entonces, Augusto voltea a verla con sus ojos grises y profundos. Se pone en pie, acomodando su traje echo a la medida. Todos notan su presencia y hacen silencio, saben lo que va a pasar: pedirá la cabeza del presidente.
Y es inevitable. Sucederá.
Roberto mira fijamente a Gemina y ella logra leer sus labios: traidora. Lo gruñe, lo suelta con rencor.
Y entonces es el turno de Gemina de sonreír. Sí, ella fue quien le entregó la cabeza de su jefe a Augusto. Lo traicionó. Le destruyó la vida.
Su dedo deja de doler. La satisfacción es tan agradable que no puede retener el gusto que se refleja en su rostro. La venganza es dulce. La está disfrutando como nunca.