La que vivía de migajas

1418 Words
Pasó otra vez. Gemina lleva las manos a su boca, cubriéndola con horror. El hombre frente a ella gruñe y palpa con los dedos su boca. El portazo sonó seco, torpe y los labios de Augusto se ven de un rojo intenso, al igual como su barbilla. —¿Habrá algún día que llegue a esta empresa y que usted no me reciba con un golpe? —cuestionó Augusto y fulminó a la joven con la mirada. Ahí estaba otra vez lo que tanto intentaba evitar. Pero era imposible, la vida los había atado a tropezarse de las formas más torpes posibles. Gemina dio un paso hacia atrás en la entrada y llevó las manos a su pecho. Intentó acomodar torpemente sus gruesos lentes y apretó los labios. —Óigame, señorita, la próxima vez que usted me vuelva a golpear vaya preparando su carta de renuncia —advirtió Augusto y la señaló con su dedo acusador. La jovencita se fue compungiendo de a poco. Augusto la sobrepasaba considerablemente en altura, además que era acuerpado y ella tan pequeñita, tan delgadita e inofensiva. —Deja de aterrorizar a esa pobre mujer, Augusto —se escuchó a lo lejos. Y ahí estaba su salvador. Se acercaba a ellos con una sonrisa que nada más tendría un héroe. El hombre perfecto: Roberto. —¿Habrá algún día que llegues a la editorial y no formes caos? —preguntó Roberto y se plantó al lado de Gemina—. Si viniste a hacer tu paseo de horror, hazlo, pero no intimides a los empleados. —Parece que estás muy seguro, como si pronto fueras a ser el próximo presidente —dijo Augusto. —Claro que sí, dentro de un mes seré el próximo presidente y por fin vamos a descansar de tus temibles paseos donde amedrentas a los empleados. —Roberto colocó una mano sobre el hombro de Gemina, respaldándola. Augusto, volviendo la mirada a Gemina, volvió a palpar su labio maltratado por el portazo recibido. Sus ojos grises eran como dos canicas traídas del infierno. —Vaya preparando su carta de renuncia —le advirtió—, porque el próximo mes, cuando me convierta en el presidente de esta editorial, será la primera que saldrá por la puerta de atrás. —La barrió de pies a cabeza—. Y al menos arréglese bien, esto no es un convento. Y se fue, acomodando su perfecto traje hecho a la medida. Gemina sintió un escalofrío recorrer su cuerpo y estuvo a punto de desplomarse, pero Roberto la sostuvo en sus brazos. —No lo escuches, no permitiré que te despida —le calmó el joven—. Eres una de mis mejores editoras. —Le acarició la mejilla derecha suavemente—. Y cuando yo sea presidente, tú tendrás el puesto que mereces por todo el trabajo que has estado haciendo. Gemina soltó un largo suspiro y con aquellas palabras volvió a sentirse bien. ❦❦❦ La mayoría de los empleados se habían marchado a sus casas, pero Gemina seguía en su cubículo, trabajando en su futuro. Roberto salió de su oficina y ella alzó la mirada, observándolo desde la lejanía con una sonrisa. Él se acercó a ella, acomodándose el abrigo y llevando su maletín en una mano. —¿Cómo va ese proyecto? —le preguntó. Gemina se ruborizó y su sonrisa se volvió nerviosa. —Bien, muy bien… doctor —contestó. —¿Cuándo crees que esté listo? —le preguntó—. Necesito revisarlo y aprendérmelo para poder explicarlo a la junta. —Bueno… —Gemina se acomodó los lentes—. Yo creo que para finales de esta semana estará listo. Necesito terminar las proyecciones y que se ajusten al plan. Roberto aceptó con leves movimientos de cabeza. —Muy bien —alargó el brazo derecho y le acarició la barbilla—. Recuerda que de este proyecto depende nuestro futuro. Ya Augusto no solo quiere mi cabeza, sino también la tuya. Si él queda de presidente, los dos saldremos de esta empresa por la puerta de atrás. Gemina sintió un escalofrío en su cuerpo. —No doctor, eso no va a suceder —aseguró—, usted será el próximo presidente de esta editorial. Nuestro proyecto será mil veces mejor que el que va a presentar el doctor Augusto. —Eso espero, Gemina, eso espero —y le mostró una sonrisa de satisfacción. Una voz al fondo se iba acercando con un repiqueteo de tacones. Aurora se acercaba a ellos con su andar elegante, su cabello rubio se ondeaba con su imponente caminar y su sonrisa angelical hipnotizó a Gemina. —Amor, ¿ya nos vamos? —le preguntó a Roberto. —Ah, sí, vamos —respondió y volvió a mirar a Gemina—. Pasa buena noche, nos vemos mañana. —Gemina, ¿te vas a quedar? —preguntó Aurora. —Sí, doctora, me toca quedarme, pero espero acabar pronto —contestó ella con una sonrisa tímida. —Bien, hasta mañana —se despidió la mujer, rodeando el brazo de su prometido. —Hasta mañana, descansen —susurró Gemina, pero ellos ya habían tomado camino, ignorándola por completo. La joven soltó un largo suspiro y se acomodó en su puesto, haciendo un gesto de malestar al sentir sus hombros entumidos. Entonces, un escalofrío recorrió su cuerpo al escuchar unos pasos acercarse a ella. Rápidamente alzó la vista del computador. Creía que ya se habían marchado todos, pero aún quedaba una persona merodeando la empresa. Gemina se puso rígida cuando vio al ejecutivo acercarse a ella con su aire prepotente. —¿Y usted por qué no se ha marchado? —preguntó Augusto. —Estoy terminando un trabajo, doctor —respondió la joven, inclinando la mirada, seria. —¿Por qué no dice que está terminando el proyecto de Roberto? —cuestionó. —No señor, yo no le estoy haciendo el proyecto al doctor Roberto —replicó ella, ruborizándose y tragando saliva. Augusto analizó la apariencia de la joven. Se veía pálida, temblorosa y bajo esas capas de ropa gris que no dejaban a la vista rastro de piel alguno, era evidente que se encontraba atrapado un delgado cuerpo, descuidado por la mala alimentación y el cansancio de un trabajo demandante. —A ver, niña, para ninguno de los dos es mentira que quien ocupa el cargo de editor en jefe no es Roberto, sino usted —dijo él, tomando un bolígrafo del cesto metálico. Analizó el objeto y después lo metió en el bolsillo interno de su chaqueta. Gemina alzó la mirada al ver que otra vez le había robado un bolígrafo de su colección. Sus mejillas se acaloraron, quería gritarle que se lo regresara, pero él era un alto ejecutivo que estaba muy por encima de ella. Maldita sea, cómo quería gritarle todo lo que pasaba por su mente. ¿Por qué de todas las editoras que había debía montársela a ella? —El doctor Roberto es un gran editor, el mejor jefe que puede haber —se limitó a decir. —Claro, por eso la tiene haciendo horas extras que no le va a remunerar —dijo Augusto. Volvió a barrerla de pies a cabeza—. Los dos sabemos que es un incompetente. Si él logra llegar a la presidencia, el imperio Urriaga se irá a la basura. —Volvió a mirar los bolígrafos, concentrándose en uno n***o, lo iba a tomar, pero Gemina rápidamente tomó el cesto y varios bolígrafos cayeron al suelo. Augusto soltó un gruñido al ver a la jovencita precipitarse a levantar los bolígrafos con rapidez, aunque uno rodó hasta tropezar con el zapato del hombre. Él rápidamente lo tomó, y ella, arrodillada en el piso, le envió una mirada asesina. Él soltó una risita de satisfacción al ver que era un bolígrafo en gel de punta redonda, de color azul profundo. Lo guardó en su chaqueta. Gemina volvió a sentarse en su puesto y abrazaba el cesto con recelo. —Hágale un favor a esta empresa —pidió Augusto—, destroce ese proyecto e impida que Roberto llegue a la presidencia. —Recostó sus manos al escritorio de cristal y la observó fijamente—. Utilice su inteligencia sabiamente, abra los ojos, él nada más la está utilizando para su beneficio. Ella intentó alejar su rostro de él, estaban muy cerca, casi podía sentir su respiración golpear en su piel. —No cometa un error del que se arrepentirá en el futuro —advirtió Augusto.
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