La mujer del rincón

2129 Words
Gemina se limitó a hacer silencio. Al tener tan cerca aquel rostro blanco con aquellos ojos grises intensos, logró ver su transformación. Pasó de una mirada suave, casi cálida, a una fría y llena de rencor. Sus mejillas se encendieron y sus labios se apretaron. La joven se sintió intimidada hasta el punto en que quería hacerse bolita en su puesto. —¿De qué le sirve ser tan inteligente si es tan tonta? —gruñó Augusto. Se reincorporó y volvió a barrerla de pies a cabeza. —Eligió el bando equivocado, Gemina, y está labrando su propio camino al infierno —le advirtió y se fue. Cuando pudo estar a solas, notó que estaba aguantando la respiración. Tomó un bocado de aire y llevó una mano a su pecho. —Wow, qué guapo es —reconoció para sí—. Y qué terrible es… —Trató de calmar su respiración y se echó aire con una mano. Acomodó el cesto de los bolígrafos en la mesa de cristal y los observó con pesar. —¿Por qué roba lapiceros cuando él puede comprar todos los que desee? —cuestionó. ❦❦❦ Gemina conocía a Augusto desde hacía muchos años. Pasó media vida siguiendo sus pasos desde lejos. Lo veía en televisión desde que era casi una niña, impresionándose por su fluida forma de hablar: era un genio nato. Un genio. Un hombre nacido para heredar la presidencia del imperio Urriaga. Cuando Gemina cursaba la universidad tuvo el privilegio de asistir a una conferencia del que en ese entonces era casi un adolescente, pues curiosamente, apenas se llevaban un año de diferencia. Sin embargo, Augusto Urriaga ya era un escritor publicado, tenía en su poder varios bestseller y era considerado el prodigio de la ciencia ficción. Claramente Gemina había leído todos los libros que A. Urriaga había publicado hasta entonces. Y cuando llegó el momento de las preguntas, tuvo la oportunidad de hacerle una: —¿Cuál cree usted que es la fórmula secreta para ser un buen escritor? Y él tomó un momento para responder. Ella estaba ahí, de pie, sintiéndose pequeñita en el centro del auditorio, con las mejillas acaloradas, apretando con fuerza el micrófono con sus manos sudadas. Entonces el joven le contestó: —Tomarse el tiempo para hacerle una buena edición a nuestro libro —contestó. Gemina sintió que le acababan de iluminar su camino. Si lograba ser una buena editora, podría recocer los buenos libros. Siguió por muchos años el camino de Augusto Urriaga, hasta que él al graduarse de la universidad no volvió a publicar un nuevo libro y se sumergió de lleno en el negocio familiar. No fue coincidencia que Gemina buscara trabajo como correctora de estilo en la editorial Urriaga. Quería estar cerca de Augusto, conocerlo en persona y darle las gracias por haberle enseñado a la lejanía cómo ser una gran editora. Pero Augusto no trabajaba en la sede donde ella comenzó a laborar. Y tampoco terminó siendo el hombre que alguna vez imaginó que era. Aquel encuentro comenzó mal. Sus compañeros le habían advertido de Augusto y lo terrible que podría ser, pero ella no quería creerlo, pues tenía un concepto diferente de quién era. Sucedió cuando regresaba de la cafetería, con un pocillo lleno de café. Era su primera semana en la editorial. En una esquina, mientras Gemina veía la pantalla de su celular, tropezó con Augusto y derramó el café en su camisa. —¡Concéntrese en caminar, deje ese estúpido aparato apagado, está en su horario laboral! —exclamó mientras intentaba secarse con un pañuelo, quejándose por las quemaduras. Está de más decir que Gemina lloró de los nervios cuando él la regañó con su fiereza característica. Incluso creyó que la iban a despedir, aunque sus compañeros trataban de calmarla diciéndole que él nunca había despedido a alguien. —Puedo ser la primera —dijo ella. Desde aquel día Gemina no volvió a usar el celular cuando estaba en la empresa. Incluso se concentró en mejorar para que su puesto no peligrara. Pero estaba destinada a tener malos encuentros con Augusto. Una vez, cuando él hacía sus “paseos de horror”, como todos en la editorial lo nombraron, ella estaba tan cansada porque había trasnochado trabajando, que por un momento se quedó dormida y él le dio dos golpecitos al escritorio, despertándola. —Vaya, parece que usted para lo único que es buena es para regar café hirviendo a las personas —le comentó. —Ay, no… cómo cree, doctor —soltó ella mientras acomodaba los lentes en su rostro con torpeza. —Mire, no debe darme explicaciones, si tanto le aburre venir a trabajar, quédese en su casa —dijo él mientras arreglaba su chaqueta. Gemina inspiró hondo y posicionó sus ojos en las manos de Augusto, eran tan blancas y bien cuidadas que se evidenciaba que jamás había hecho trabajos pesados. Él iba a dispararle otro de sus hirientes comentarios, pero afortunadamente Roberto se acercó y le pidió que dejara de intimidarla. Aquella tarde Gemina comprendió que aquel hombre que deseaba impresionar y agradar, jamás iba a poder verla con buenos ojos. Además, era el hombre más irritante que podía existir. Pero la gota que derramó el vaso fue cuando cumplió el año y fue ascendida a editora. Para ese momento Augusto y ella tenían una racha de momentos incómodos: tropezones, comentarios hirientes (por parte de él) y malos entendidos. Y ya era un hábito que cada vez que él hacía sus recorridos, se dirigía a verla (más bien a vigilarla). Cuando Augusto no la encontró en su cubículo, empezó a preguntar por ella, haciendo comentarios sarcásticos y así fue como se enteró que fue ascendida a editora. Se dirigió al departamento editorial y al verla en su cubículo, la barrió de pies a cabeza. Gemina jamás pudo olvidarlo. Estaba con su jefe Augusto revisando la propuesta editorial para un escritor cuando lo vieron llegar. —Vaya, vaya, así que Señorita Desastre fue promovida —dijo Augusto. —Augusto, por favor, basta, déjala en paz —pidió Roberto—, estamos trabajando, ¿acaso no lo ves? —Claro que sí, lo noto, porque es la primera vez que Señorita Desastre no me recibe con un golpe —respondió con vehemente ironía. Y entonces la barrió de pies a cabeza. —¿Por qué la ascendiste, Roberto? Si esta mujer ni siquiera sirve para traer cafés —le acarició el cabello a Gemina con una mano—. No creo que quieras tenerla tan cerca por ser bonita, porque no lo es. Nada más mira su apariencia, no tiene gusto para vestir, hasta una monja tiene más estilo que ella. —La miró fijamente, notando sus ojos llenos de lágrimas—. ¿Quién le hizo tanto daño, señorita? Debería mejorar con el paso de los años, no empeorar. Gemina comenzó a llorar en silencio, algo que sorprendió a Roberto. Le dio un manotón con un royo de papeles a Augusto en el pecho. —Ya cállate, idiota. Ella es una magnífica empleada. Te prohíbo que vuelvas a humillarla. Augusto y Gemina se dieron una última mirada, donde a ella le dio un presentimiento de que él la recordaba. Pero era imposible, apenas se habían visto por unos minutos en el pasado. Desde aquel día, sus compañeros le avisaban a Gemina cada vez que Augusto llegaba a la empresa y ella intentaba evitarlo, pero él tenía la agilidad para encontrarla. Y entonces, empezó a robarle sus lapiceros. Así que Augusto se volvió un grano en el culo para Gemina. ¡¿Qué karma estaba pagando?! Con el pasar de dos años, todos notaron la genialidad de Gemina para reconocer los buenos libros y los escritores prometedores, sobre todo su jefe, que casi la consideraba su mano derecha. Incluso Augusto llegó a decirle: —¿De qué le sirve ser tan inteligente si es la sombra de su jefe? Gemina entendió que el desprecio que él le profesaba era más porque era aliada de Roberto que algo personal contra ella. Pues, si bien Roberto y Augusto eran primos, se llevaban mal y cada vez que se veían terminaban discutiendo. ❦❦❦ La oficina de su jefe Roberto tenía la característica de ser fría y silenciosa, con un gran ventanal al fondo que dejaba ver la vista de la ciudad, con los gigantes edificios que repuntaban en el cielo; las paredes estaban llenas de cuadros honoríficos, sus muchos estudios y fotos con gente famosa. Cada vez que Gemina ingresaba encontraba algo nuevo, algún pequeño detalle de la importante persona que era aquel hombre. Roberto pasaba las hojas de la presentación, a veces musitando, acentuando con la cabeza y por momentos sonriendo. Los dedos índices de Gemina hacían pequeños remolinos, estaban cubiertos por curitas. Y le dolían las orejas por llevar mucho tiempo los lentes. —Muy bien, excelente —dijo Roberto—. Pero… ¿cómo podría explicar esta parte? —Le mostró a la joven. —Necesita explicar sobre el público objetivo al cual queremos llegarle, doctor —informó la mujer. —Sí, pero… ¿cómo lo explico? —insistió Roberto. Gemina inspiró hondo, después retuvo la respiración. Claramente quería que su jefe se convirtiera en el próximo presidente, es más, lo necesitaba, de lo contrario perdería su trabajo. Pero era en momentos como aquel que se cuestionaba qué tan conveniente era para el imperio Urriaga que su nuevo líder fuese Roberto. Al parecer él notó su duda, porque le mostró una sonrisa y se levantó de su puesto, rodeando el escritorio y plantándose detrás de la chica. —Mi querida Ge… —le dijo con cariño—. Tienes una mente brillante. —Y le acarició la cabeza con suavidad—. Incluso podrías subir a la presidencia de esta compañía y podrías administrarla sin ningún problema. —Por favor, doctor, no exagere… —soltó la joven y dejó salir una risita nerviosa. —No, claro que no estoy exagerando —insistió Roberto y se recostó al escritorio, observándola fijamente—. Desde que te conocí quedé impresionado por tu inteligencia, eres una genio literario, los escritores piden que seas su editora, se pelean por ti. Y este proyecto… —Tomó la carpeta con los papeles— es brillante, fascinante. Eres visionaria. Quieres llevar la compañía al siguiente nivel editorial al crear una aplicación de navegación, con lectura en línea, donde los usuarios puedan elegir de forma simple en qué formato quieren comprar: si papel o lectura digital. Gemina subió los hombros. —Aplicaciones como esa ya existen y son muy famosas —explicó la joven—, simplemente agregué la compra de libros individuales, así… el lector compra directamente a la editorial y no habría intermediarios. Sería compra bajo demanda, doctor. Nos ayudará a monitorear la rentabilidad de los libros tanto en línea como en físico y acercarnos más a los lectores. Hoy en día, la mayoría de las personas prefieren leer de forma virtual, es más… económico y práctico para ellos, aunque, también se dan los casos en que, cuando a una persona le gusta mucho un libro que lee en línea, quiere tenerlo después en físico… —Gemina empezó a reír por lo bajo—. Soy una de esas… —Se acomodó los lentes con una mano—. Si leo el PDF y me fascina, querré coleccionarlo en físico, no importa si pago dos veces por él… Y bueno, la editorial puede apoyarse de esto para mejorar la rentabilidad de la aplicación. Gemina notó que su jefe la observaba fijamente y se sintió intimidada, compungiéndose de a poco en el sillón. —Lo siento, doctor… hablé de más… —No, no te disculpes, Ge, me gusta cuando hablas así, es evidente que te fascina el tema —dijo él y le acarició con una mano la barbilla—. Y yo quiero explicar el proyecto igual, pero no me sale de la misma forma como a ti. Y eso es un problema, porque podrían sospechar y hacerme preguntas, sobre todo Augusto. Gemina apretó los labios. —Sí, el doctor Augusto va a revisar el proyecto con lupa, apuntará a las proyecciones que hemos hecho y la rentabilidad del proyecto. Es allí donde él y su séquito se concentrarán. —Inspiró hondo, nerviosa—. Doctor, debe estar muy seguro y saber explicar el proyecto a la perfección. Recuerde que el doctor Augusto aparte de ser un excelente economista, también es un escritor y editor nato. —Tragó saliva al ver el rostro de su jefe palidecer—. Si yo soy una prodigio para la literatura, él es un genio. Si quiere conseguir la presidencia, tiene que enfrentarse con furia y seguridad a ese gigante.
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