Gemina se encontraba en el baño, escondida en una cabina, temblando. Sabía que, si salía, encontraría al ogro de su jefe esperándola.
La uña del dedo índice derecho rascaba con fuerza el dedo pulgar, creando una cicatriz.
—¡Gemina, ¿estás aquí?! —escuchó la voz de Nidia—. ¡Gemina, el presidente pregunta por ti, ¿te demoras mucho?!
Se limpió las lágrimas y le bajó la cadena al sanitario, para después salir del cubículo.
—Ay, Gemi, el presidente está histérico preguntando por ti —comentó Nidia con preocupación cuando la vio—. Hay un problema terrible en el área editorial por la firma de contrato con la escritora Laura Oliguera, ¿pudiste hacerla firmar?
La piel de Gemina se erizó.
—Debes ir ahora mismo a resolver ese problema —informó Nidia con miedo.
¿Cuándo el trabajar se convirtió en una pesadilla? Era lo que se preguntaba Gemina. Había sido un gota a gota. No lo vio venir. O tal vez sí, pero quiso ignorarlo.
Cuando estudiaba en la universidad tenía fama de ser una chica astuta, la consideraban una genio, un prodigio. Tal vez se confió de su propio criterio y astucia que no vio la sombra que se acercaba a ella.
Y es que los monstruos no se muestran en un principio con su verdadero rostro. A ella le habían tirado dulcecitos, le susurraron palabras bonitas y la bombardearon con halagos.
Gemina pensaba en si tenía alguna opción para librarse del ogro mientras caminaba hacia él. Pensaba en si no había visto alguna puerta. Pero no, no existía alguna. Estaba en un callejón sin salida.
Y mientras su jefe le gritaba a la cara, Gemina se sentía desmoronar. Intentaba pensar en recuerdos felices, en su pasado, cuando subía al bus y observaba el amanecer sobre la ciudad.
Intentaba no escuchar a su jefe. Pero fue imposible. Él la tomó de la nuca, la apretó con fuerza y al gritarle, le escupía en la cara.
La aventó con fuerza al piso.
—¡Entonces consigue a un escritor mejor que ella! —le rugió—. ¡Sirve para algo, maldita sea!
Gemina se levantó, trastabillando.
Roberto, encolerizado, iba a volver a la carga. Y ella temblaba, horrorizada, encorvándose, cubriendo su rostro con sus manos.
Pero la puerta se abrió. Aurora apareció, consternada.
—Por Dios, ¿qué son esos gritos? —preguntó.
Observó a Gemina y sus ojos se abrieron con horror.
—¿Qué está pasando aquí? —enfrentó a su novio.
—Nada, amor, es solo que… hay un problema con la escritora principal —contestó él, jadeando.
Aurora barrió de pies a cabeza a Gemina, impresionada. Se concentró en la rodilla derecha de la chica.
—Vaya a limpiarse, niña, está sangrando —le ordenó.
Roberto quería protestar, pero su novia lo fulminó con la mirada.
Gemina salió corriendo de la oficina.
Aurora se cruzó de brazos, acercándose de forma desafiante a su prometido.
—Debes calmarte, tus gritos se escuchaban por toda la empresa —le dijo—. Y es mejor que cambies el trato a tu asistente. ¿Qué rayos te pasa? ¿Cómo se te ocurre agredirla?
—No, amor, yo no la he agredido, ¿cómo se te ocurre?
—Por favor, no me creas estúpida. Esa pobre muchacha estaba temblando del miedo cuando yo entré.
❦❦❦
Gemina estaba saliendo de la empresa, intentaba no llorar, pero las lágrimas salían solas de sus ojos. Y los recuerdos no dejaban de pasar por su mente, esos que tuvo en algún momento cuando su vida era feliz.
Entonces, un rostro sumamente conocido apareció frente a ella. Ahí venía Paul con una enorme sonrisa, acercándose a ella con animosidad.
—Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña —dijo Paul.
Ella trató de mostrar una sonrisa, pero las lágrimas seguían emergiendo de sus ojos. Intentó limpiarlas, pero salían más y más.
Paul la abrazó, impresionado por su estado.
—Oh… ya, ya, tranquila, ya saliste de este infierno —le dijo, dándole masajes en la espalda.
Y con este abrazo, Gemina se quebró, soltando el llanto con fuerza.
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A Gemina no le interesaban los restaurantes lujosos. Además, en su estado, lo mejor era ir a un lugar privado, donde nadie pudiera verlos o escucharlos.
Estaban en un mirador, el lugar donde años atrás, cuando alguno de los dos se sentía mal, iban a gritar y desahogarse. Había una piedra enorme, ahí les gustaba sentarse, con un paquete de cervezas a observar la ciudad y las estrellas.
Gemina estaba hecha bolita, con los ojos hinchados y el cuerpo tembloroso. Paul la había cubierto con su chaqueta, haciendo silencio hasta que ella pudiera sentirse mejor. Le abrió una lata de cerveza y se la ofreció.
La joven aceptó la cerveza y empezó a beberla a largos tragos.
Paul le subió el vestido, observándole la rodilla.
—Hay que curarte esa herida —le dijo.
—Estaré bien —soltó ella.
—Deja de ser tan terca —la regañó y sacó de una bolsa algodón y una curita, le tomó la rodilla, empezándola a curar.
Gemina hizo un puchero. Por dentro, le gustaba que alguien le mostrara preocupación; le daba la sensación de que, al lado de Paul, su sufrimiento se pausó. Lo veía desinfectando su herida y colocándole una curita y le parecía que nada más necesitaba de esto para sentirse mejor.
Gemina se observó las manos, las tenía llena de arañazos que se producía por los altos niveles de estrés que vivía diariamente.
—¿Sabes? Me sorprende que estés en este estado —comentó Paul—. Cuando te conocí en la universidad, me parecías una chica que no se dejaba pisar por nadie. —Le mostró una sonrisa—. Recuerdo cuando te enfrentaste a esa chica en el tercer semestre, la pusiste en su lugar en frente de todos.
—Es que… —Gemina tenía la cerveza cerca de su boca, saboreándola en sus labios—. Yo no me puedo enfrentar a mi jefe, es el presidente de una gran compañía. Me destruiría si él así lo quisiera.
—Si no te puedes enfrentar a un gigante, consigue otro que lo haga por ti —aconsejó su amigo.
—No es así de fácil… yo estoy sola en este mundo…
Paul dejó salir un suspiro y la observó fijamente.
—¿Qué fue lo que te pasó? —le preguntó—. Tú no eras así. —La barrió de pies a cabeza—. ¿Y qué es esa forma de vestirte?
—Hey… ¿qué tiene mi ropa?
—Que es fea. O sea, yo recuerdo que te gustaba usar faldas y vestidos, pero te veías linda. Ahora pareces una monja. No, las monjas visten mejor que tú…
—Es el trabajo, no una pasarela.
—¿Qué dices? No pareces la que ganó el reinado de belleza de la universidad. Si nuestros compañeros te vieran, no te reconocerían… ¿Cómo permitiste descuidarte a este nivel?
Gemina empezó a llorar en silencio, apretando los labios, con su barbilla temblando.
Paul se sintió mal por hablar sin pensar. Tomó un largo trago de su lata de cerveza, incómodo por el momento.
—Yo tampoco sé qué fue lo que me pasó —confesó la chica con la voz rota—. Sentía que debía esforzarme diez veces más si quería conseguir un buen trabajo. Yo no tengo dinero, tampoco personas que me apoyen. Estoy sola… Y necesitaba seguir estudiando. Así que me enfoqué en tomar trabajos de medio tiempo para poder terminar la especialización. Y al graduarme conseguí el trabajo en la editorial Urriaga y necesitaba destacar, ser la mejor. Así que nada más me concentré en mi trabajo. Mi trabajo era mi vida. Y cuando quise ver… estaba así.
—¿Y cómo terminaste de asistente? No entiendo, si te esforzaste tanto en destacar, ¿por qué te degradaron?
—Ese fue el problema, destaqué demasiado —respondió ella.
Gemina le empezó a contar todo, desde cómo ingresó y conoció a Roberto hasta cómo terminó haciéndole el proyecto para ganarse la presidencia, las palabras que le dijo, las promesas que hizo y cómo poco a poco la envolvió hasta amarrarla en el puesto de asistente del cual ya no sabía cómo salir.
Las latas de cerveza se iban abriendo y vaciando. La brisa se volvía cada vez más fría, pero a Gemina le parecía reconfortante, inspiraba hondo, sintiendo el alivio en sus pulmones.
—Ya sé que fui una tonta —le dijo a Paul—. Tomé el bando equivocado. Tuve que aceptar la propuesta del doctor Augusto.
—No, fuiste sensata. Estabas protegiendo tu puesto. No te culpes por ello. En ese momento no conocías a fondo al doctor Roberto, él te tenía nublada. Y Augusto te parecía que era un ogro.
Gemina sonrió por un momento, empezaba a sentirse mareada por el alcohol.
—¿Cómo es Augusto? ¿Da tanto miedo como parece?
Paul dejó salir una sonrisa.
—Sí, un poco… —aceptó—. Pero todos en la sede estamos a gusto con él. Es un hombre callado, serio, que impone respeto. Pero de puertas hacia adentro es comprensivo y sabe escuchar. —Dejó de ver la ciudad y se enfocó en su amiga—. ¿Sabes? Jamás me ha alzado la voz. Su forma de intimidar es bajar más la voz, es tan extraño… Pero es raro verlo enojado, y eso es lo que más duele, cuando se enoja contigo, sabes que es porque estás haciendo las cosas mal.
—Vaya… parece un buen jefe. Desde esa perspectiva, tiene sentido que tantas personas lo sigan.
—Sí, es muy bueno —aceptó Paul—. Cuando lo vi en la entrevista y me reconoció, presentí que me quedaría con el puesto y que íbamos a llevarnos bien.
—¿Te reconoció?
—Sí, me vio y dijo “ah, eres tú, ¿cómo te ha ido?” Yo no lo podía creer, le pregunté si me conocía y me respondió: “Claro que sí, me pediste que te firmara el libro con un mensaje de vuelve pronto”. Me dijo que le llamó la atención, porque era la segunda dedicatoria que firmaba de ese estilo en ese mismo día.
Gemina abrió los ojos con impresión.
La primera dedicatoria con un mensaje de vuelve pronto lo había hecho para ella, después de haber conversado por un rato.
Paul y ella estuvieron tan emocionados por los mensajes en sus libros que hicieron la promesa de que, al graduarse, buscarían trabajos en la editorial Urriaga.
Si Augusto recordaba a Paul por aquel mensaje, lo más probable es que la recordara a ella, a lo que habían conversado en privado.
A la mente de Gemina llegó el vago recuerdo de la bebida sobre la mesa en la biblioteca, cuando cursaba la especialización, aquella nota pegada que decía: “Ya falta poco”.
Recordó las palabras de Nidia, sobre que Augusto la veía de lejos. Esto lo conectó con las palabras de Augusto, sobre sentirse traicionado.
Entonces, todo tuvo sentido.