Gemina se observaba en el espejo del tocador, lograba verse a cuerpo completo. Tenía puesto un vestido blanco entallado al cuerpo que le llegaba por debajo de las rodillas, tenía las mangas largas y era lo suficientemente elegante como para ir al trabajo.
Buscó unos tacones negros no muy altos y se los puso.
Se peinó con una coleta alta y se aplicó un poco de base, rímel y labial.
Al volver a verse, su rostro ya no era de una mujer demacrada y que agonizaba.
El haber conversado con un amigo la noche pasada le hizo reflexionar sobre muchas cosas y la principal era que se había perdido, dejó de ser ella. Y la Gemina del pasado, la universitaria que soñaba con trabajar en una importante compañía, estaría avergonzada por quién se había convertido.
Reparó en que no se viera la herida de su rodilla y después tomó sus cosas para salir rumbo al trabajo.
Gemina necesitaba descubrir la forma en que pudiera salir de las manos de su jefe. Estaba pensando en chantajearlo con algún secreto tan importante que lo hiciera doblegar y la enviara nuevamente al área editorial, o mejor aún, le permitiera cambiarse de sede. No sería tan ambiciosa como para pedir que la enviaran a la sede sur, pues sabía que Roberto jamás le permitiría estar cerca de Augusto. Además, el mismísimo Augusto podría impedir que esto sucediera.
Aunque sería todo tan perfecto si pudiera trabajar con un viejo amigo. Pero la vida no podía darle tanto.
Sin embargo, necesitaba un cambio. Iba a dejar de ser tan débil y usaría su astucia para librarse de su jefe.
Al llegar al trabajo notó que varias miradas se posaban en ella. Al ingresar al ascensor, se encontró con Nidia, quien le mostró una sonrisa llena de impresión.
—Gemina, qué linda te ves, ¿saldrás a una cita hoy?
—Esperemos que este vestido impresione tanto que pueda conseguir una cita esta noche —le respondió con astucia.
Nidia se impresionó aún más y ensanchó su sonrisa.
Cuando pasó por el sector editorial, notó que sus antiguos compañeros iban de un lugar a otro. Pedro, el nuevo editor en jefe, se veía estresado.
Nidia corrió a su puesto, asustada por llegar tarde.
Gemina se acercó a Pedro, curiosa. Él era un hombre sereno y para que estuviera tan estresado, debía estar pasando algo grande.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Esto es un completo desastre —le dijo y la tomó de un brazo, arrastrándola lejos de los empleados—. Los escritores que estaban prontos a firmar contratos se enteraron de alguna forma que la escritora Laura no firmó el contrato y ahora ellos tampoco quieren hacerlo. Parece que se filtró la información de cuánto ella iba a ganar inicialmente y que esa era la antigua propuesta editorial que fue rediseñada. A este paso, no tendremos los libros listos para la fecha que se había estimado.
Pedro llevó las manos a su nuca.
—Maldición, la propuesta editorial inicial era perfecta y llamativa, ningún escritor iba a resistirse a ella. No entiendo por qué tuvieron que rediseñarla y recortar los porcentajes a los escritores.
Gemina se cruzó de brazos, curiosa y pensante.
Ella había elaborado una propuesta editorial que atrajera a los escritores, sin embargo, Roberto personalmente la rediseñó, recortando considerablemente el porcentaje de regalías a los escritores y los anticipos que se entregarían. Si bien muchos escritores aceptaron, los escritores más reconocidos y que Gemina había contactado inicialmente no lo estaban aceptando, como Laura.
La joven le pidió a Pedro que la acompañara a la presidencia, pues necesitaban hablar con Roberto. A este paso, si no se reestructuraba la propuesta editorial, iban a tener problemas aún mayores.
Encontraron a Roberto conversando con Isaías. A Gemina le dio la sospecha de que hablaban de algo importante y secreto, pues al verlos, se pusieron tensos.
Roberto barrió a Gemina de pies a cabeza y en todo el tiempo que duró la reunión, le reparaba las piernas y los senos.
Aunque Gemina expuso las consecuencias de recortar los porcentajes para los escritores, tanto Isaías como Roberto se mantuvieron firmes en que no se modificaría la propuesta editorial.
—Pero, los escritores no están aceptando la propuesta —insistió Gemina—. Si esto llega a oídos de la junta accionista y se enteran de que los escritores que se tenían previstos para el lanzamiento de la aplicación no estarán, se creará un gran problema.
—A este paso, si los escritores no firman, los libros que publicaríamos de forma exclusiva no estarán listos —informó Pedro—. Aunque esté la aplicación, no habrá libros para leer o comprar.
—Los habrá, ustedes se van a encargar de que estén listos —dijo Roberto—. Y la junta no se enterará, ustedes también se encargarán de eso. Para los accionistas, los escritores están felices, firmaron con los porcentajes de la propuesta inicial.
Gemina dejó salir un jadeo al no poder creer lo que estaba escuchando.
—Pero eso sería mentira —replicó Pedro—. Estarían alterando los contratos.
Gemina estaba entendiendo todo. Roberto necesitaba que los escritores recibieran menos dinero pero que se mantuviera en los registros que habían recibido el porcentaje oficial para él quedarse con los fondos.
Estaba robándole dinero a la compañía.
—Confiamos en ustedes —dijo Isaías—. Son profesionales muy capaces de convencer a los escritores, ustedes saben hablarles, cálmenlos. —Mostró una sonrisa—. Y si lo hacen bien, nosotros seremos muy generosos con ustedes.
Pedro, ofendido, se levantó de un salto. Sin embargo, cuando estuvo a punto de abrir la puerta, Roberto le habló.
—Pedro, no hagas tanto drama de esto —pidió.
El hombre volteó a verlo, consternado.
—Acabas de ser ascendido, haz las cosas bien y podrás seguir siendo el gran editor en jefe que siempre soñaste ser —advirtió Roberto.
Gemina se quedó sentada cuando Roberto se marchó. Su mirada iba de Isaías a Roberto. Se preguntaba… ¿cuánto dinero estaban desviando? ¿Y cuánto pensaban robarse?
—Gemina, qué hermosa estás —elogió Isaías.
—Gracias, doctor —ella le mostró una sonrisa fingida.
—¿Tienes algún plan para esta noche? —le preguntó el hombre.
—Cállate, Isaías, ella está demasiado ocupada con el trabajo como para perder el tiempo en tus estúpidas citas —gruñó Roberto.
—Cálmese doctor, no debe demostrar celos tan notorios —chistó Isaías.
En ese momento tocaron a la puerta. Roberto puso los ojos en blanco.
—Ahora quién rayos será —soltó, irritado.
Gemina se levantó para abrir la puerta. Sus ojos inmediatamente se chocaron con la mirada intensa de Augusto.
Roberto, al ver que su peor pesadilla lo estaba visitando, se puso de pie de un salto, alerta.
Augusto barrió de pies a cabeza a Gemina y desplegó una sonrisa de satisfacción.
—Vaya, qué sorpresa da la vida —dijo—. Una vez más, mi criterio y buen gusto no me decepcionan. Sabía que usted no era fea, estaba mal arreglada. Por favor, felicite a su estilista, ha quedado muy hermosa.
Gemina se limitó a hacer silencio, incómoda por cómo la barría con la mirada.
—¿A qué has venido, Augusto? —preguntó Roberto con tono aburrido.
—Para tu sorpresa, Roberto, yo tampoco me siento a gusto con hacer esta visita —le dijo Augusto, entrando a la oficina y sentándose en un sillón frente al presidente—. Necesito que pares con el desastre que has hecho con los contratos.
—¿Ahora a qué rayos te estás refiriendo? —inquirió Roberto, casi gruñendo.
—A los pésimos contratos que elaboraste aquí, con tu ilustre vicepresidente —explicó Augusto, volteando a mirar a Isaías—. Son contratos mal hechos, que perjudican al escritor y no son claros. Muchos escritores se están retractando y no están aceptando. Apenas basta con leerlos a minuciosidad para entender que no recibirán lo pactado.
—Los contratos están bien hechos y los escritores van a recibir los porcentajes que se les prometió —gruñó Roberto. Miró a Gemina de pie en el umbral de la puerta—. ¿Qué rayos haces ahí? ¡Lárgate!
Gemina se fue, cerrando detrás de sí.
Se acomodó en su puesto, preguntándose cómo iba a hacer su jefe para convencer a Augusto de aceptar tan estrafalario contrato. Si bien algunos escritores que no tuvieran asesoramiento legal, podrían firmar sin problema alguno, pero los que recibían asesoría de algún abogado o con conocimiento relacionado, encontraría las fallas.
A los pocos minutos Augusto salió de la oficina y sorpresivamente se veía con un semblante calmado. La observó fijamente, acercándose con cautela.
—¿Tendrá una cita esta noche? —le preguntó.
Gemina alzó la mirada. Por un momento, cuando lo vio repararla como él acostumbraba a hacer, pensó en mentir y decir que sí, incluso añadir que tendría una cita con Paul. Pero llegó a la conclusión de que mentir sería algo estúpido, pues apenas le bastaría a Augusto con preguntarle a Paul y descubrir la verdad.
—No señor, no necesito que un hombre me invite a salir para arreglarme —contestó.
—Entonces está libre esta noche —comentó Augusto, parecía que le gustaba más el hecho de que ella no tuviera alguna invitación.
—Me temo que sí —contestó ella, organizando unos papeles en una carpeta.
—En ese caso, ¿le gustaría cenar conmigo?
Gemina quedó rígida y alzó la mirada, observándolo fijamente, como a quien le acaban de entregar una bomba.
—¿Disculpe?
—No se confunda, necesito hablar con usted, pero claramente no podemos hacerlo aquí —Augusto reparó en su alrededor—. Necesitamos un lugar privado, sin cámaras.
La joven tenía la respiración contenida. Y por los nervios estuvo a punto de rechazar la oferta.
Pero se detuvo a respirar. Barrió a Augusto de pies a cabeza.
—¿A qué hora? —contestó.
Él sonrió ladinamente.
—A las siete. —Sacó una tarjeta de presentación de su cartera y se la extendió—. Llámeme y enviaré a mi chofer para que la recoja.
Gemina la aceptó. Tener aquella tarjeta en sus manos hacía que las puntas de sus dedos picaran.
—Y espero que siga viéndose igual de hermosa esta noche —comentó Augusto.