La abandonada en un rincón

1923 Words
Gemina no sabía qué hacer. Iba de un lado a otro, en ropa interior, rebuscando en su clóset algo que estuviera a la altura de la noche. Se colocaba vestidos y después se los quitaba, arrojándolos sobre la cama. Terminó sentándose en un borde de la cama, con los ojos llenos de lágrimas. Estaba pensando en llamar a Augusto y cancelar la cita, pues tenía en su mente sus palabras: “Espero que siga viéndose igual de hermosa”. Su celular empezó a sonar y lo tomó de la cama con pesadez. —¿Aló? —contestó. —Gemi, ¿qué haces? —Era Paul. —Ah… si te contara, no me lo podrías creer… —Bueno, te escucho, sorpréndeme. —Estoy intentando arreglarme para tener una cita con el doctor Augusto, pero no encuentro nada decente para ponerme, ningún vestido está para la ocasión, el único más o menos bonito que tenía, me lo puse hoy para ir al trabajo. Y él me dijo cuando me entregó su tarjeta de presentación que esperaba que me siguiera viendo igual de hermosa. Pero… ¿cómo me voy a ver igual de linda si no tengo nada decente que ponerme? Del otro lado de la línea se escuchó la voz de una mujer murmurando. Gemina empezó a sollozar, estresada por la situación. —Gemi, ¿qué talla eres? —Soy talla S —contestó. —Sami tiene un vestido que podría quedarte, llegaríamos a tu casa en diez minutos, ¿crees que te alcanza el tiempo? —Oh, sí, claro… Gemina estaba tan ilusionada con la idea de que podrían solucionar su problema de ropa que no se detuvo en preguntar quién era Sami. Efectivamente Paul llegó a los diez minutos, estaba acompañado por una joven morena de rizos perfectos que traía una bolsa de regalo grande. Gemina los recibió cubriéndose con una bata de baño, hablando desesperadamente que estaba sobre el tiempo. Sami no se presentó, lo que hizo fue tomar a Gemina de un brazo y le pidió que la llevara al cuarto. Dejaron a Paul en la sala, sin saber qué hacer. Sami puso la bolsa de regalo sobre el montón de vestidos apilados sobre la cama y sacó el vestido rojo oscuro y unos tacones dorados. —Creo que esto te puede servir —le dijo a Gemina—. Y traje estos tacones por si pudieran quedarte. —Reparó en los pies de la chica—. Creo que somos de la misma talla. Gemina rápidamente se puso el vestido y Sami sonrió con todo el rostro. —Oh… sí, te queda perfecto, incluso mejor que yo —reparó en los senos de Gemina—. Es que tú tienes con qué rellenarlo, mujer. Le ayudó a colocarse los tacones. —Estos tacones no los uso mucho, están casi como nuevos, pero siempre he creído que quedan perfectos con ese vestido. Espero que sepas caminar con tacones altos. —Bueno, antes solía usar tacones casi a diario, pero desde que trabajo… pues no los uso —Gemina se puso en pie y se observó frente al tocador. El vestido rojo era entallado a su cuerpo, resaltando su estrecha cintura y tenía un gran escote en la espalda, aunque cubría bastante al frente. Era algo corto, por encima de las rodillas, así que se veía la herida. Sin embargo, con los tacones altos, las piernas se le veían largas y definidas. Sami sacó de la bolsa un estuche mediano, se sentó en la cama y le pidió a Gemina que se sentara, empezando a sacar todo su repertorio de maquillaje. Mientras la chica la maquillaba, Gemina le hacía preguntas a Sami. Su nombre completo era Samira. Gemina recordaba que en el pasado Paul la había mencionado varias veces, así que recordó que era su prima, hasta en una ocasión la vio de lejos, pero nunca tuvieron la oportunidad de hablar, pues Samira no vivía en la ciudad para esos años. La joven se había mudado a la ciudad hacía unos meses, tenía un salón de belleza en el centro y trabajaba como modelo, al parecer la vida la estaba tratando bien. Sami conocía a Augusto, pues también había leído sus libros y en varias ocasiones lo vio cuando llegó a la empresa a recoger a su primo. Para ella, era un hombre agradable (y muy guapo). No entendía el por qué Gemina le tenía miedo, pues las pocas veces que habló con él le pareció amable. Gemina llamó a Augusto cuando ya estaba lista y él le dijo que enviaría al chofer a recogerla. Se observó en el espejo, le pareció que era otra mujer. Sami intentaba arreglarle un poco el cabello, haciéndole ondas con una plancha de pelo que encontró en el closet de la chica. La elogiaba, diciéndole que si a Augusto no le parecía hermosa como se veía, entonces tenía muy mal gusto. Cuando Gemina salió a la sala, Paul se levantó del mueble, asombrado. —¡Vaya, por fin vuelvo a ver a mi amiga! —exclamó y se acercó a abrazarla—. Ay, qué rico hueles… —le dio un beso en la mejilla. —Aléjate, vas a arruinarle el maquillaje —Sami le dio un empujón a su primo. —Bueno… nosotros te íbamos a invitar a salir, pero por lo visto tú tienes mejores planes que nosotros —comentó Paul. —Tienes que contarnos todo con lujo de detalles lo que pase en esa cita —dijo Sami. Gemina se frotó las manos, estresada; sus pulgares hacían pequeños círculos entre sí. —Bueno… nada más quiere hablar conmigo, no será nada trascendente —soltó ella. Sin embargo, Paul y Sami no le creyeron nada. ❦❦❦ Augusto vivía en una casa elegantísima con un perfecto jardín custodiado por un enorme portón que, además, tenía guardias de seguridad. Gemina veía todo anonadada desde la ventana del auto. En todo el recorrido, el chofer no le habló. Era un hombre de edad que al verla salir del edificio la reconoció (ella no supo cómo), le abrió la puerta con suma educación y la condujo hasta la casa, pero no musitó ni una sola palabra en el camino, algo que a ella la ponía nerviosa. El auto se parqueó en la entrada de la casa (la verdadera), el chofer le abrió la puerta y ella se bajó. La noche era fría y allí apenas se escuchaban algunos grillos provenientes del jardín. Gemina observó que en la entrada había unos escalones y las grandes puertas francesas se abrieron, y de la casa salió un hombre vestido con traje, debía tener alrededor de cuarenta años. La saludó y le pidió que lo siguiera. Ella así lo hizo, intimidada por la situación. ¿Qué rayos hacía en la casa de Augusto? Todo por dentro era aún más elegante que la fachada, con enormes lámparas de araña colgando del techo y con decoración moderna que se mezclaba de forma exquisita con lo clásico. Se agradeció por preocuparse en arreglarse de forma adecuada, pues de no haberlo hecho, desentonaría con el lugar. El hombre (que debía ser mayordomo) la condujo hasta lo que parecía ser un cuarto de estudios. La anunció y después cerró la puerta a sus espaldas. Gemina se sentía como un gato metido en un cuarto que no conocía, reparando todo su alrededor. Aquello no era un cuarto común de estudios, era toda una biblioteca de doble nivel dotada de miles de libros empotrados en las estanterías pegadas a las paredes. Gemina quedó anonadada, casi sintió que los libros la llamaban, así que empezó a pasear sus dedos por los lomos de los libros, sintiendo el cuero de los mismos. No le asombraba que alguien como Augusto tuviera un lugar de trabajo como aquel, era un amante a los libros, el dueño de un imperio literario. —Al parecer los libros son más importantes que la persona que vino a visitar —escuchó detrás de ella. Gemina, que ya había sacado un libro, volvió a dejarlo, espantada. Rápidamente se dio media vuelta y dio un respingo al ver a Augusto tan cerca de ella. —Vaya… se ha vuelto muy obediente —dijo el hombre, paseando los dedos de su mano derecha por la mejilla de la joven—. Esta noche está deslumbrante, incluso más bella que en la mañana. ¿Cómo podía esconder tanta belleza? Es una persona cruel, no debería privar al mundo de poder contemplar tan magnífico rostro. —Paseó sus dedos por los labios de la mujer—. Mi recuerdo de usted no mentía, es hermosa, sin duda alguna. Gemina se escurrió a un lado para poder alejarse del hombre. Tenía la piel erizada. El tacto de aquel hombre era peligroso, encendía su cuerpo de una forma que no conocía. —Cada vez que me habla pareciese que me recordara de alguna parte —dijo ella, caminando por la biblioteca, observando el juego de muebles y el escritorio de madera oscura. —Claro que sí —aceptó él—. Pero parece que usted no lo hace. Desde que la vi en la empresa me ha tratado como un desconocido. Gemina se acercó al escritorio, pasando sus manos por la madera, parecía ser caoba. Volteó a ver a Augusto, barriéndolo con la mirada. Estaba vestido como un hombre rico que quiere sentirse cómodo, con una camisa negra de cuello alto de algodón y un pantalón gris; y, aunque se veía casual, seguía viéndose sumamente guapo, con ese aire que tienen los hombres importantes. —Yo lo recuerdo, doctor —confesó Gemina—. ¿Cómo podría olvidar aquel día? Para mí fue importante. —Dejó salir una sonrisa nerviosa—. Lo que pasa es que usted y yo no tuvimos un buen reencuentro. Y con el tiempo, sus acciones me hicieron temerle. Augusto se acercó, quedando a pocos centímetros de ella. Gemina intentaba sacar algo de espacio personal, pero era imposible, así que terminó recostándose al escritorio. —Si quería que tuviéramos un buen reencuentro, debió acercarse a mí directamente —comentó él con tono bajo—. Me habría sentido complacido. —Volvió a acariciarle una mejilla con la mano, hasta bajar a sus labios—. Me sentí ofendido cuando la vi siendo aliada de Roberto. —Alejó su mano—. Y ya vio el desastre que él está provocando en la compañía. A este paso, llevará a la quiebra la editorial antes del lanzamiento de la nueva aplicación. Augusto se alejó, tomando lugar en un mueble y le hizo señas a Gemina para que tomara lugar a su lado. Ella tragó saliva al notar que al sentarse a su lado iban a quedar muy cerca. Por un momento pensó en sentarse en el sillón en frente de él, pero al volver a verle, algo dentro de ella la empujó a seguirle el juego y se sentó a su lado, cruzándose de piernas. Augusto rápidamente bajó la mirada a las largas piernas de la chica y llevó una mano hasta la rodilla de la mujer, acariciándola cerca de la raspadura. —¿Qué le pasó? —preguntó. Gemina, totalmente erizada al sentir el tacto caliente del hombre, dejó salir una sonrisita nerviosa. —Ah, es que me caí —se limitó a decir. Bajó la mirada a los labios rosados de Augusto. Su corazón palpitaba con fuerza. Tenía varios suspiros atorados en su garganta y unas ganas enormes de abalanzarse a abrazarlo y devorarlo a besos.
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