Augusto alejó la mano de la mujer al escuchar que tocaban a la puerta. Después una empleada entró con copas de vino que dejó sobre una mesita de centro frente a ellos y anunció que la cena estaría servida en unos pocos minutos.
La mujer salió rápidamente de la biblioteca y Augusto le ofreció la copa de vino a la chica.
Gemina tomó la copa y le dio un largo trago que le llamó la atención a Augusto.
—Le pedí que nos encontráramos porque quiero hacerle una propuesta —informó—, quiero que trabaje para mí.
La joven estuvo a punto de escupir el vino.
—¿A qué se refiere, doctor? Ya trabajo para usted en su compañía.
—Gemina, sabe a lo que me refiero —aclaró él—. Quiero que usted sea mis ojos en la sede principal.
La joven empezó a respirar de forma temblorosa.
—Lo que usted me está pidiendo es que yo traicione al presidente —declaró Gemina.
—Así es, traiciónelo, entrégueme su cabeza —pidió Augusto—. Necesito saber qué está haciendo con la plata que se está robando con los contratos fraudulentos. A qué bancos está moviendo el dinero de la compañía.
Augusto dejó la copa de vino sobre la mesita y llevó las manos a las piernas de la joven, apretando sus muslos con fuerza.
—Gemina, necesito que me demuestre que puedo confiar en usted —dijo, observándola fijamente a los ojos—. Necesito que se convierta en mi mayor aliada. Y a cambio de su fidelidad, yo la recompensaré en gran manera.
Ella apretó con fuerza la copa. Tragó saliva.
—¿Y qué me va a dar a cambio de mi fidelidad? —preguntó.
Augusto desplegó una sonrisa ladina.
—Usted me ha demostrado que es una persona sumamente inteligente y capaz de liderar una compañía como Urriaga, así que la convertiré en mi mano derecha. Quiero que sea mi vicepresidente cuando yo asuma la presidencia.
La respiración de Gemina se congeló.
No lo podía creer, alguien como Augusto… ¿sería capaz de darle un puesto tan importante? Era demasiado poder.
—Usted ya tiene a un futuro vicepresidente —le recordó Gemina—, si me coloca a mí, lo estaría traicionando a él.
—Rogelio quedaría como el encargado de la sede sur —explicó Augusto—. Además, él no podría tener un puesto importante si usted no nos entrega a Roberto, lo sabe bien. En este momento, el que yo pueda ser presidente, está en sus manos.
Gemina se levantó del mueble, incapaz de soportar tanta cercanía con él.
—No me dé una respuesta ahora, piénselo y cuando se sienta preparada, me da una respuesta —dijo Augusto y se levantó del mueble, extendiéndole la mano—. Por ahora, vamos a cenar, disfrutemos la noche.
Cuando Gemina le tomó la mano, sintió que le picaba el tacto.
Avanzaron por la gran biblioteca, saliendo, y recorrieron un pasillo que los llevaba hasta el comedor. Logró ver en el camino una escalera en forma de caracol que supuso conducía hasta los dormitorios.
De repente, apareció un gato n***o que empezó a caminar al lado de Augusto. Era grande, parecía una pantera en miniatura y la veía con unos intensos ojos esmeralda.
—Él es Titán —le dijo Augusto—, es mi gato.
Al parecer el gato sabía que hablaban de él, porque observó a Gemina fijamente con su andar elegante y después desvió la mirada con desprecio, irguiendo más su cola, adelantando el paso.
—No le agradas —comentó Augusto—, pero es normal, no le gustan los rostros nuevos. Es un gato viejo.
Llegaron al comedor, donde encontraron la mesa servida.
El tiempo que Gemina estuvo con Augusto le pareció sumamente caballeroso, le hablaba con un tono que demostraba cariño, aunque seguía teniendo esa actitud orgullosa y por momentos hacía comentarios llenos de ironía.
Mientras cenaban hizo que descorcharan un vino que estaba añejándose desde la década de los sesenta. Él mismo se lo sirvió en la copa y le enseñó técnicas para que fuera aprendiendo a reconocer cuáles eran los buenos vinos.
Augusto tenía una habilidad para hacerla sentir cómoda, como si no estorbara. Aunque su gato Titán era todo lo contrario, pues desde que comenzaron a cenar, se subió a una repisa, al lado de un florero y la observaba con desprecio.
Él intentó llamarlo varias veces, pero el gato lo ignoraba olímpicamente. Y cuando se hartó, aventó el florero con una pata, para después marcharse como si nada, dejando a su paso a dos empleadas que corrieron a recoger los trozos del florero.
—Ese florero se veía valioso —comentó Gemina.
—Lo era —se limitó a decir Augusto y tomó un trago de su copa de vino.
—¿Suele hacer eso?
—Nada más cuando quiere llamar la atención. —Desplegó una sonrisa—. Titán es el hijo de mi antiguo gato, Zeus. Zeus estuvo conmigo desde que nací, y murió de viejo con quince años. Afortunadamente me dejó a Titán para hacerme compañía. Pero lo he malcriado; tiene once años, ya no lo puedo corregir.
Gemina lo observó con impresión. Alguien tan frío como él no parecía ser un amante de los gatos, pero ahí estaba, mostrándole su parte más humana.
—Yo nunca pude tener mascotas —confesó Gemina—. Aunque si tuviera uno, sería un perrito.
—Sí, se adaptaría bien a un perro, su personalidad va con ello —aceptó él.
La joven no sabía si la estaba alagando u ofendiendo.
—A usted le queda tener un gato —soltó ella para contraatacar—. Su personalidad es igual como la de Titán.
A Augusto le gustó su comentario y alzó su copa a modo de salud.
Para el momento en que Gemina debía marcharse, por su mente iba pasando escenarios en los que ella aceptaba la propuesta de Augusto, se preguntaba qué pasaría después que ella le entregara la cabeza de su jefe, si él también la traicionaría y después la echaría a la calle.
Bajó los escalones de la entrada principal y un empleado abrió la puerta del auto. Augusto estaba a su lado con aquella mirada profunda, sin embargo, había algo en él a lo que no estaba acostumbraba: le sonreía ladinamente.
De pronto, la tomó de la cintura y la atrajo a él, para después susurrarle al oído:
—Nos vemos pronto, Gemina —y le dio un beso cerca de la comisura de los labios.
La respiración de la joven se volvió pesada. Se observaron con intensidad y ella entendió que estaba entrando a una nueva guarida, donde un nuevo lobo la tenía en la mira.
❦❦❦
Gemina estaba en una gran encrucijada. A un paso de traicionar a su jefe.
Sentada en su puesto de trabajo, observaba la puerta de la oficina presidencial. Después sus ojos se iban a la tarjeta de presentación que reposaba en la mesa.
Hacía unos minutos escuchó la conversación de Roberto e Isaías, hablaban sobre colocarle una trampa a Augusto, sobre enviar a un antiguo empleado que había hecho un negocio fraudulento en la compañía.
—Nada más necesitamos ensuciar a Augusto y automáticamente lo sacaríamos del juego —le dijo Isaías a Roberto.
—¿Y crees que sería tan fácil que Augusto confiese algo que lo comprometa? A ver, se le presenta un exempleado para pedirle trabajo y él le suelta un secreto, ¿cómo podría ser eso posible?
—Lo que a nosotros nos beneficiará es que el licenciado Ramírez fue amigo íntimo de Augusto —reveló Isaías—. Nada más necesitamos que él grabe su conversación, podemos manipular el audio después y tendremos una conversación que perjudique a Augusto. —Soltó una pequeña carcajada llena de satisfacción—. Listo, nos quitaremos a ese ogro que le encanta recorrer estos pasillos.
Gemina tenía las manos secas desde que escuchó accidentalmente la conversación. Había quedado ahí, con la mano en el aire, a punto de tocar la puerta.
Iban a manchar el nombre de Augusto, dañarían su reputación intachable.
Sentía una impotencia que golpeaba su pecho. Augusto era inocente, un hombre que nada más estaba peleando por lo que le habían quitado. Además… era consciente que quien estaba subido en el poder le destrozaba su patrimonio, lo desmigajaba y a ese paso iba a llevarlo a la quiebra.
Tomó su celular y marcó el número. Timbró una vez. Dos veces.
Su pierna derecha temblaba de la ansiedad, observando fijamente la puerta.
—¿Diga? —contestó Augusto.
—No tengo mucho tiempo, así que escúcheme bien —dijo Gemina.
—¿Gemina? ¿Es usted?
—Sí —respondió y contuvo la respiración—. En este momento va en camino a visitarle el licenciado Ramírez, llevará un micrófono escondido en su ropa. Es una trampa. No le conteste ninguna de sus preguntas, manipularán el audio para ensuciarlo. —Gemina soltó el aire en un suspiro tembloroso—. Mucha suerte, la va a necesitar.
Y colgó.
Las manos le picaban y le temblaban.
❦❦❦
Cuando Gemina colgó la llamada, Augusto quedó congelado. Todo a su alrededor parecía haberse iluminado. Frente a él, la puerta de la oficina se abría y su secretario le informaba sobre la llegada de un inesperado visitante.
Un hombre de edad entraba a su oficina con una sonrisa amigable, mostrándose con soltura.
Augusto observaba la situación casi en cámara lenta, mientras en su mente las piezas del rompecabezas se iban acomodando.
—¿Dónde tienes guardado el micrófono? —preguntó, observando fijamente a Ramírez.
El anciano no se mostró sorprendido, todo lo contrario, soltó una carcajada llena de confusión.
—¿De qué me estás hablando, muchacho? —preguntó.
—Por favor, Ramírez, sé perfectamente qué intentas hacer —contestó, echándose al espaldar de la silla—. A ver, saca el micrófono.
—Augusto, yo no tengo ningún maldito micrófono —insistió Ramírez y carcajeó como si le hubieran dicho una broma—. Muchacho, ¿cómo se te ocurre?
—¿Cuánto te ofrecieron? —preguntó él—. ¿Cuánto dijo Roberto que te pagaría por sacarme información?
El anciano fue borrando su sonrisa de a poco.
—Es mejor que te vayas —le advirtió Roberto, tornando su rostro sumamente serio—. Si valoras tu vida, dejarás el micrófono y te marcharás hoy mismo de la ciudad.
Hubo un minuto de silencio. Se escuchaba al fondo el tictac de un reloj.
Entonces, Ramírez soltó un largo suspiro y sacó de su chaqueta de tela un diminuto micrófono, se puso de pie y dejó el objeto sobre la mesa.
Iba a marcharse, pero volteó a ver por última vez al joven.
—Lo lamento mucho —dijo con tono bajo—. Por favor, no le digas nada de esto a tu padre.
—Únicamente espero no volver a verte nunca más en tu vida. Por tu bien —gruñó Augusto.
El anciano, cabizbajo, se marchó en silencio de la oficina.
Augusto, consternado, tomó el micrófono y lo observó. Aquel objeto tan pequeño estuvo a punto de arruinarle la vida. Y no lo vio venir.
Si no fuera por la llamada de Gemina… él…
Tragó saliva.
Apretó con fuerza el micrófono, hasta que lo escuchó crujir.
Desplegó una sonrisa de satisfacción.
Gemina ya le había contestado, su llamada fue la respuesta que necesitaba. Ahora era su turno de hacer su movida. Era su turno de destruirle la vida a Roberto.
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Los ojos de Roberto no podían dejar de observar las piernas de Gemina, jamás las había podido ver tan de cerca. Eran largas, definidas, delgadas. Y si subía un poco, se encontraba con su estrecha cintura y voluptuosos senos.
¿Desde cuándo su asistente se volvió en una mujer tan hermosa?
Llevaba aquella falta gris y camisa azul oscura típica de oficina y, aun así, se veía sumamente hermosa.
Intentaba concentrarse en la explicación que le daba Gemina sobre la nueva propuesta editorial para reclutar a los escritores que se habían marchado, pero no podía, la belleza de la joven no se lo permitía.
¿Qué se había hecho? Seguía usando los mismos lentes, el cabello recogido. Claro, era la ropa, ahora era mucho más ceñida al cuerpo; seguía sin mostrar mucha piel, pero era más acorde a su tipo de cuerpo. Y estaba usando maquillaje, era bastante sutil, pero realzaba su belleza.
—Entiendo, entiendo —la interrumpió—. Sé que te encargarás perfectamente de este asunto.
Estiró uno de sus brazos por encima del escritorio y la tomó de una mano. Le sonrió, emocionado.
—¿Qué harás esta noche?
—¿Disculpe? —Gemina alejó su mano, desconcertada.
—Sé que últimamente hemos tenido muchos problemas —dijo él con dulzura—. Y me he comportado tan mal contigo, he sido un monstruo… —Se levantó de su puesto, rodeando el escritorio y se recostó en la mesa, frente a ella—. Lo siento mucho, Gemina, de verdad… Tengo tanta vergüenza por el mal trato que te he dado. —La tomó del mentón con suavidad.
La chica tragó saliva, sorprendida y desconcertada.
—Eres una grandiosa mujer que me ha demostrado tanta lealtad —susurró Roberto—. Y yo me siento tan agradecido contigo, que… no sé cómo pagarte toda la devoción que me has demostrado…
Iba acercando su rostro lentamente a ella. Y le dio un beso en los labios.