Gemina se apartó rápidamente, dio un salto de la silla y llevó la carpeta que tenía en sus manos al pecho.
—Lo-lo… lo siento, doctor —soltó, ruborizada y temblando—. No sé qué está pensando, pero esto es un grave error.
Roberto estaba paralizado.
—¿Qué? ¿Por qué sería un error? —preguntó, tratando de salir de su estupor—. ¿Acaso tienes novio?
—No… es que… usted se va a casar —contestó ella.
—Ah… eso… —susurró él, aliviado—. Bueno, las cosas con Aurora no van bien, lo sabes, hemos tenido muchos problemas desde que asumí la presidencia.
Roberto dejó salir un largo suspiro y volvió a recostarse al escritorio.
—Creo que ella me engaña con Augusto —confesó, triste, inclinando la mirada.
La joven, aún consternada, estaba paralizada, casi pegada a una pared de la oficina.
—Ella lo defiende —siguió diciendo él—. Me ha dado la espalda. Yo… no lo sé… a veces creo que el casarme con ella será un error. Además… —Volvió a verle—. Gemina, yo… Yo siento que a tu lado estoy mejor. Tú me has demostrado que eres la mujer perfecta para mí. Mira, yo… Yo sé que debí darte el puesto de editora en jefe, pero no quería alejarme de ti. Me encanta estar a tu lado. Y fui egoísta, lo sé, pero… quiero seguir a tu lado.
Gemina tenía la boca entreabierta. Estaba confundida, Roberto le hablaba con un tono tan sincero, manteniéndole la mirada. Era como si… le dijera la verdad.
Él fue acercándose de a poco, mientras hablaba.
—Siento que estoy enamorado de ti —decía—. No puedo. No puedo evitarlo más. Necesitaba decírtelo. Me traes loco. Necesito tocarte, besarte, necesito… necesito que seas mía.
Intentó tocarla, pero ella lo impidió, alejándose lentamente a la puerta.
—Pero yo no, doctor —le aclaró—. Usted ha malentendido nuestra relación. Todo este tiempo ha sido estrictamente laboral. Y se va a casar. La señorita Aurora es una gran mujer, una superior a la cual le tengo muchísimo respeto.
—¡No, no lo entiendes! —insistió él—. Aurora me está traicionando. Ella todo este tiempo siempre ha estado enamorada de Augusto. Ella lo admira, lo adora, daría lo que fuera por estar con él. Es capaz de entregarle mi cabeza si fuera necesario. —Logró tomarla de las manos, dejando caer la carpeta al suelo—. Si no me lo crees, analízalos cuando él venga, verás cuanta adoración le tiene.
Roberto dejó salir un largo suspiro.
—Yo siempre lo he sabido, pero me ha costado aceptarlo. Augusto siempre me quita lo que es mío. Yo apenas si pude arrebatarle la presidencia. Pero él ahora va por mi novia. —Apretó las manos de la chica—. Pero que se la quede, sé que jamás podré tenerla completamente. Aurora no me ama. Y yo… Yo a quien amo es a ti. Sé que a tu lado seré feliz, seguiremos siendo el gran equipo que hemos sido hasta ahora.
Gemina intentó soltarse, pero él la tomó de la cintura, acercándola más a él.
—Por favor, no me rechaces, Gemina —susurró, empezando a besarle el cuello—. Necesito tenerte.
—No, doctor, ¡basta! —Lo empujó con fuerza, alejándolo, por fin.
La joven jadeaba y temblaba. Veía consternada a Roberto.
El celular de su jefe comenzó a sonar. Y ellos se veían fijamente, en silencio, con la tensión rodeándoles.
—Debería contestar —dijo ella.
Rápidamente recogió los papeles esparcidos por el suelo y tomó la carpeta. Roberto, resignado, se acercó al escritorio y tomó su celular.
—¿Qué quieres? —espetó.
Gemina rápidamente salió de la oficina, pero logró escuchar algo de aquella conversación.
—¿Cómo que no pudo? Isaías, ¿qué rayos me estás diciendo? Eso no puede ser posible, me prometiste que no lo iban a descubrir…
Gemina quería quedarse a escuchar detrás de la puerta, pero sabía que era peligroso. Sin embargo, con lo poco que pudo escuchar entendió que su llamada había rendido efecto.
❦❦❦
Al parecer algo de lo que le había dicho su jefe tenía partes de verdad, como el que entre Aurora y Augusto sucedía algo.
Ahí estaba ella, sonriéndole con dulzura mientras le recibía una caja de lo que parecía ser chocolates.
Aurora abrió la cajita y sacó un bombón, llevándoselo a la boca. Seguía sonriendo y Augusto le acomodó un mechón de cabello rubio detrás de la oreja.
La mirada de Augusto para con Aurora era diferente, llena de dulzura y ternura. Le hablaba con tono suave, lleno de amor.
Al parecer no les interesaba el estar en la entrada principal de la editorial, donde todos los podían observar. Como ella, que estaba llegando al trabajo y tuvo que observarlo todo.
Esto la hacía pensar en el por qué la buscó a ella para traicionar a Roberto. Pudo habérselo pedido a Aurora, seguramente habría aceptado sin pensárselo mucho. Era evidente su amor por Augusto.
Incómoda, avanzó hasta la entrada, preguntándose si debía saludarlos o si lo mejor era ignorarlos.
Sin embargo, cuando pasó cerca a ellos, escuchó la voz de Augusto llamándola.
—Buenos días, qué puntual es… —le dijo.
La joven se detuvo, mordiéndose el labio inferior por la incomodidad. Pudo sentir aquellos ojos claros de Aurora posarse en ella.
—Gemina, qué linda se ve hoy, ¿es un vestido nuevo? —comentó Aurora, sonriéndole, y barriéndola con la mirada.
—Ah… no, es nada más un vestido que tenía guardado en el clóset —mintió ella y se fue compungiendo de a poco.
Aurora le mostró una sonrisa, apreciando el vestido rosa pálido de la joven.
—Pues te queda bastante bien —le dijo.
Augusto, atento a la conversación, también la barrió con la mirada, concentrándose en el pequeño escote que el vestido hacía en los senos. Después se concentró en los labios de la chica, estaban pintados de un rosado oscuro.
Gemina creyó que iba a soltar uno de sus muchos comentarios llenos de ironía, pero no lo hizo.
—¿Qué hará esta noche? —le preguntó.
Gemina abrió los ojos con impresión, incapaz de creer que la iba a invitar a salir en frente de Aurora.
—¿Por qué, señor? —inquirió.
Aurora, con evidente sorpresa, quedó con los labios entreabiertos, observando la situación.
—Para invitarla a salir, claramente —respondió él—. Tenemos una conversación pendiente.
Ella inspiró hondo, reteniendo la respiración. Pasó una mirada rápida por Aurora y después volvió a ver a Augusto.
—Doctor, estoy muy ocupada últimamente y… —trató de negarse, pero él la interrumpió.
—No tengo mucho tiempo, Gemina, mi paciencia se agota —le dijo—. Si es por temas de tiempo, yo puedo ir a su casa. Allí podemos hablar íntimamente, estoy seguro de que nadie podrá molestarnos.
Las mejillas de Gemina se acaloraron y su paladar se puso seco.
—Por favor, doctor, ¿de qué está hablando? —soltó, volteando a ver a Aurora.
—Ah… los dejo, para que hablen mejor —soltó la mujer, reteniendo una sonrisa llena de emoción.
—Gracias —dijo Augusto, viendo a su amiga adentrarse al edificio.
Gemina estaba confundida y al mismo tiempo consternada.
—Venga conmigo, por favor —pidió Augusto, empezando a caminar hacia la calle.
Ella lo siguió, impactada por la situación, preguntándose qué tipo de relación tenía Aurora con Augusto. Tal vez y apenas eran buenos amigos. O tal vez era aliada de Augusto y sabía cuáles eran sus planes.
Llegaron a una estrecha calle que llevaba a un pequeño parque que a esas horas de la mañana estaba solitario, con sus bancas metálicas frías y únicamente acompañadas por los cantos de los pájaros.
Augusto se detuvo en frente de una de las bancas, por un momento Gemina creyó que se iba a sentar, pero no lo hizo.
—¿Sabe? Comienzo a darme cuenta de que no logro entenderla —le dijo a la joven—. Primero me ayuda y después evita el hablar conmigo. ¿Acaso se está arrepintiendo?
—No, doctor, lo que pasa es que yo aún no he tomado una decisión —contestó Gemina.
—¿Qué es lo que tiene que pensar? —insistió Augusto, empezando a molestarse.
—¿Qué pasará si acepto su propuesta? —inquirió ella—. ¿Qué pasará después que yo le entregue la cabeza de mi jefe? —Por cómo la estaba viendo, entendió que él no comprendía sus preguntas—. Por favor, no puede mentirme, tampoco engañarme, sé que usted es una persona que no confiaría en alguien que ya ha traicionado a otros. No sé cuál es su plan, pero yo sé que mi situación después de entregarle la presidencia será incierta.
—Al parecer usted aún no confía mucho en mí —dijo Augusto—. ¿Qué debo hacer para ganarme su confianza?
—¿Es que acaso usted confía en mí? —cuestionó la chica.
—Sí, claro —aceptó él—. La llamada fue para mí tan contundente que me dio a entender que es una persona leal, alguien que jamás me traicionaría si logro hacer que crea en mí.
Augusto la observó fijamente, intentando sacar respuestas en aquella mirada.
—Muy bien, desconfíe de mí, tómese su tiempo para conocerme —aceptó—, pero al menos confíe en lo que ve, en lo que está pasando con la compañía.
Gemina permanecía en silencio, con tantos pensamientos pasando con rapidez por su cabeza. El estar en aquel parque le traía recuerdos y estos le informaban que iba a cometer nuevamente un error, que estaba dejando ir otra oportunidad.
Un silencio íntimo los consumió.
—¿De verdad está ocupada esta noche? ¿O era una excusa? —preguntó Augusto.
Lo observó fijamente a los ojos y por un momento se sintió consumir por él.
Era tan diferente a cuando observaba a su jefe. Con Augusto… su cuerpo reaccionaba, su mirada la envolvía, la controlaba.
La tomó de la cintura con una mano, atrayéndola con un movimiento decisivo.
—Hablaba muy en serio, puedo ir a su casa esta noche si no tiene tiempo —susurró—, llevaré uno de mis mejores vinos. La convenceré de que confíe en mí, que lo haga ciegamente.
Augusto acercó su rostro al cuello de la chica, generando que se le erizara la piel. Rozó la punta de su nariz con la de ella, para después rozar sus labios. Se alejó un poco y notó que Gemina tenía los ojos cerrados, ansiando que la besara. Desplegó una sonrisa de satisfacción.
—¿Llego a las ocho a su casa? —le preguntó.
Gemina abrió los ojos y tragó saliva.
—Sí, claro —aceptó.
Augusto llevó su otra mano a la cintura de la chica, estrechándola aún más. Y le dio un apasionado beso en los labios, llenando su boca con su lengua, provocando que Gemina soltara un jadeo.
Pudo sentir que el cuerpo de la mujer se fue relajando de a poco; le rodeó el cuello con los brazos, acariciando su cabello; sus senos se pegaron a su pecho y su boca se abría para recibirlo.
Gemina se entregaba por completo a él.
Las manos de Augusto bajaron hasta los glúteos de la chica y los apretaron con fuerza. Soltó un gruñido y después la observó fijamente a los ojos.
—Esta noche, a las ocho —le recordó.
Ella lo veía con las mejillas rojas y el pecho agitado.
—Sí, claro —soltó en un hilo de voz.
Augusto la tomó de las mejillas con suavidad y le dio un corto beso, mordisqueando su labio inferior. Volvió a observarla fijamente con deseo.
—Espero sorprenderme esta noche —le dijo.
Y entonces, se fue alejando de a poco, barriéndola con la mirada. Gemina sentía que se la comía con los ojos, deseándola.
❦❦❦
Gemina no podía dejar de observar el reloj colgado en la pared blanca detrás de ella. Sentía que el tiempo se iba muy rápido.
Estaba enfocada en su trabajo, algo que hacía cuando necesitaba no pensar en cosas.
Hablaba por mensajes con Samira, pues se preguntaba cómo debía sorprender a Augusto.
Samira y Paul sabían absolutamente todo lo que estaba pasando con Augusto, eran quienes le aconsejaban qué hacer. Pero en este caso, Gemina no era capaz de contarle a su mejor amigo que se veía con su jefe por la noche, en su apartamento; había cosas que nada más se podían hablar entre mujeres.
“¿Debo prepararle algo de cenar? Pero no sé qué plato lo sorprendería” Le envió a Sami.
“No creo que él quiera que lo sorprendas con comida” contestó Sami.