La sensualidad que posee una mujer

2097 Words
Gemina observaba la lencería negra de encaje sobre la cama. A su lado estaba Sami, tenía en una mano un potecito de lubricante, le explicaba que era de agua y tenía un sabor a caramelo. —Lo mejor para estos casos es que tenga un sabor que te guste —le decía. Gemina acababa de salir del baño, se había depilado hasta el alma. Estaba cubierta con una toalla y veía con recelo la lencería, sobre todo que estaba lleno de arnés. —¿No crees que esto es demasiado? —le preguntó a su amiga. —Claro que no, estoy segura de que él se refería a esto —le aclaró Sami—. Quiere que lo sorprendas viéndote espectacular para él. Samira sacó de su bolso de mano oscuro un paquete de condones y se los ofreció. —Tienes que protegerte para tu primera vez con él, es lo más importante —le dijo—. No dejes que te lo meta sin protección, por más excitados que estén. Gemina los aceptó con algo de miedo. —Mi primera vez con él y con cualquier hombre —le confesó. —¿Qué? ¿Eres virgen? —inquirió su amiga, impactada. La joven aceptó con un movimiento tímido de cabeza y se sentó al lado de la lencería, observándola. —Es que… me estaba guardando —comentó. —¿Eres de las que se guardan para el matrimonio y esas cosas? —No… no es eso. Yo solo quería… Quería que mi primera vez fuera con él. —¿Te refieres a Augusto? —Sí, me enamoré de él perdidamente cuando lo conocí en persona —Gemina dejó caer el paquete de condones a la cama y se cubrió el rostro con las manos—. Lo sé, es muy tonto… Samira soltó una carcajada y le dio un manotazo a la espalda de la chica. —¡Pero entonces esto es perfecto! —exclamó—. ¡Vas a tener una noche sumamente especial! Gemina descubrió su rostro y observó tímidamente a Samira. —¿Tú crees? —Claro que sí. O sea… te guardaste por años porque tenías la esperanza de volver a verlo y conquistarlo. Entonces, esta noche será sumamente especial para ti. Gemina llevó las manos a sus mejillas, contemplando la lencería. —Sí, en ese caso, debo verme sumamente linda. —Más bien, debes verte sumamente sexy —le corrigió su amiga. Gemina se cambió con la lencería y un vestido n***o ceñido al cuerpo, además de aplicarse cremas y con ayuda de Samira pudo maquillarse y arreglarse el cabello. Arreglaron el apartamento y Samira había traído unas velas aromatizantes que encendió por todas las horas que estuvieron arreglando el lugar, según, aquel aroma dulce ayudaría a relajar el ambiente. Ninguna de las dos era muy buena para cocinar, así que pidieron a domicilio unas pastas gratinadas y acomodaron la mesa minutos antes de que fueran las ocho de la noche. —Te aconsejo que te compres un mejor perfume —le dijo Samira a su amiga cuando le daba una última repasada antes de irse—. Necesitas tener un olor que él no encuentre en otra mujer. Además, hombres como Augusto analizan hasta el más mínimo detalle, así que notará con facilidad la calidad de tu perfume, seguro y ya sabe que es barato. —Pues no es tan económico —reprochó Gemina, aunque se sentía con algo de vergüenza. Samira no dijo nada y dejó el perfume en el closet. —Bien, me voy antes de que él llegue —se despidió. Gemina la acompañó hasta la puerta, nerviosa. Samira le aconsejaba que se relajara y que no tratara de pensarlo mucho. Cuando Samira esperaba el ascensor, vio que las puertas metálicas se abrieron y… ahí estaba Augusto, tan puntual como un reloj. La chica contuvo la respiración para no mostrar su sorpresa. —Señor Augusto —saludó, tratando de mostrarse natural. Observó que él estaba tan elegante como siempre, usando un impecable traje hecho a la medida, además de un abrigo n***o largo que lo hacía ver mucho más imponente e intimidante. Y logró reconocer un perfume sutil, suave, propicio para el momento. Iba perfectamente peinado y acicalado. Definitivamente se había preparado para la noche. Y traía una caja mediana de color marrón en sus manos; lo más probable es que ahí llevaba su finísimo vino. —Samira, buenas noches —saludó Augusto. Ella se ruborizó, emocionándose internamente por lo intimidante que le parecía el hombre. Y entre más lo veía fijamente, le parecía que su rostro era más hermoso, sexy. La joven iba a ingresar al ascensor, pero él le habló. —¿Gemina tiene visita? —Ah, no, ella está sola en el apartamento —respondió la joven y mostró un pequeño estuche que llevaba en las manos—. Yo nada más vine a buscar esto. Augusto mostró una leve sonrisa, satisfecho por la respuesta. ❦❦❦ Era extraño ver a alguien como Augusto en la entrada de su casa. Se veía sumamente alto, nada más le bastaría con alzar la mano y tocaría el umbral de la puerta. Gemina no sabía cómo actuar. Se limitó a pedirle el abrigo para colocarlo en el perchero. Pero al ver cómo se lo quitaba se imaginó lo que pasaría en la habitación y empezó a sentirse nerviosa. Se concentró en atenderlo, indicándole dónde quedaba cada lugar, aunque el apartamento era pequeño, así que apenas tuvo que decir dónde quedaba el baño y la habitación, pues ellos ya se encontraban en la sala y apenas necesitaban caminar unos cuántos pasos para llegar a la cocina y el comedor. Augusto la seguía, como si le divirtiera el intimidarla. Ella estaba tratando de ocuparse en encontrar un lugar para colocar el vino. Pero el tenerlo por detrás, provocaba que su piel se erizara continuamente. Y a ese paso iba a terminar sudando frío. —Es un lugar acogedor —le dijo Augusto con tono bajo, acariciándole el cabello, observándolo entre su mano—. Y huele muy bien. —Acercó su nariz al cabello de la chica—. Me encanta su olor. Gemina se dio media vuelta, pero inmediatamente se arrepintió al tenerlo tan cerca. —¿Por qué siempre me habla de usted? —le preguntó—. Es mi superior, es extraño… Augusto le rodeó la cintura con sus manos. —¿No se acuerda? No dejaba de hablarme de usted la primera vez que nos vimos —contestó él, acercando su rostro al cuello de la chica. —Ah… sí… ya recuerdo —soltó ella, intentando alejarse, pero terminó chocando con el mesón—. Me dijo que me iba a hablar de usted hasta que yo lograra tutearlo. —Y al parecer no ha podido hacerlo —susurró Augusto, besándole una mejilla. —Es que… usted es mi superior… yo no podría… —Gemina volvió a sentir su cuerpo erizarse y que le empezaba a dar un cosquilleo en el pecho. Logró escurrirse y tomar espacio personal. Pero Augusto en vez de mostrarse disgustado, le sonrió ladinamente y parecía disfrutar del momento. —La cena se va a enfriar —dijo ella. ❦❦❦ Cenar con Augusto era extrañamente acogedor, no era de los que le gustaba comer en silencio, le preguntaba sobre su vida, dándole señales de que él recordaba ciertas cosas, como la universidad donde ella estudió y sus planes de hacer una especialización. Así que Gemina terminó concluyendo que él de verdad recordaba absolutamente todo de aquel primer encuentro que tuvieron cuando adolescentes. Se preguntaba el por qué Augusto no le dijo que la reconocía en todo ese tiempo, además, no entendía sus razones para tratarla mal, como si fuera una simple empleada que le caía mal. A su mente llegó la voz de Nidia: “parecía estar celoso”. Gemina veía por momentos a Augusto comer tranquilamente sus pastas gratinadas y pensaba qué tan bueno era el colocar sobre la mesa aquel tema. De igual forma, estaba siendo cálido con ella, no creía que fuese a molestarse. —Cuando fui a su casa me comentó que le ofendió el verme con Roberto —comentó—, ¿a qué se refería exactamente? Gemina pudo ver la transformación en el rostro de Augusto. Tomó la copa de vino, le dio un trago largo y después la observó con seriedad. Entendió que no fue buena idea el tocar el tema. Pero era demasiado tarde. —No entendí el por qué lo hizo —comentó—. Yo esperaba que se acercara a mí, ese había sido nuestro acuerdo. Y me trataba como un desconocido. Llegué a creer que no me reconocía, pero me parecía absurdo, ¿cómo una persona puede olvidar tan fácilmente algo que en algún momento le fue importante? La joven se sorprendió ante su confesión. —Lo que pasó es que yo… quería entrar a la editorial por mérito propio —confesó Gemina—, no quería que usted me reconociera y me ayudara a obtener el trabajo. O que me ascendiera de puesto nada más porque yo le caía en gracia. Yo quería… que nos encontráramos de casualidad en la editorial y que se llevara una buena imagen de mí. —Gemina hizo silencio, empezaba sentirse avergonzada—. Bueno… ya sé que me salió muy mal… —Soltó un largo suspiro. Augusto apretó los labios y después terminó haciendo una mueca. —No sabe hacer planes, se complica la vida sin necesitarlo —comentó. Gemina se sintió algo indignada. En todo caso, el que había arruinado todo fue él. —En todo caso, si usted no hubiera comenzado a meterse conmigo en el trabajo, todo habría sido fácil —soltó con amargura y tomó su copa de vino. Augusto respingó las cejas por un momento. —Si no se hubiera aliado con Roberto yo no habría tenido necesidad de verla como un estorbo —contraatacó. Gemina abrió la boca con impresión. Augusto le sostenía la mirada, serio, casi gélido. La joven acomodó sus lentes con gesto digno y claramente molesta. —Estaba celoso, admítalo —le escupió—. Y estaba desesperado por llamar mi atención —agregó. —Sí, estaba muy celoso —aceptó el hombre—. Me parecía injusto que él tuviera algo que me pertenecía. Y me molestaba que usted prefiriera estar con él antes que conmigo. Gemina abrió los ojos con impresión por el nivel de honestidad que le estaba hablando. —Por eso espero que recapacite y vuelva conmigo —continuó Augusto—. No siga traicionando mi confianza. Gemina tragó saliva. —¿Qué pasa entre usted y la señorita Aurora? —indagó. Si iba a hacer sincero con ella, esperaba que respondiera todas sus dudas. Notó la confusión en Augusto. —Es una amiga —contestó y pareció comprender la verdadera pregunta de la chica—. Aurora y yo nos conocemos desde niños, nuestros padres son amigos cercanos. Desgraciadamente ella tiene pésimo gusto con los hombres, como lo puede ver. —Se levantó de la silla con copa en mano y caminó hasta la ventana, observando el paisaje de la noche—. Estoy intentando alejarla de Roberto, antes de que la lastime. —Volteó a ver a Gemina—. Usted entenderá, no le gustaría que le hiciesen daño a su mejor amiga. Gemina quedó con los labios entreabiertos. No se había detenido a pensar en la posibilidad de que Aurora y Augusto fueran mejores amigos. —El doctor Roberto piensa que usted y la señorita Aurora tienen algún romance —le confesó. —No me interesa lo que él piense —dijo, ahora observando un florero con rosas artificiales—. Lo único que me interesa es que se aleje de Aurora, ese matrimonio no puede llevarse a cabo. Jamás permitiré que un canalla como él se case con Aurora. —¿Por qué le preocupa tanto? El doctor Roberto nunca ha tratado mal a la señorita Aurora. He visto de cerca su relación, él parece ser el tipo de hombre que nunca le levantaría la voz o le pondría la mano. Augusto volteó a verla, pensante. —Por ahora —le advirtió—, pero con el tiempo, cuando no le vea una utilidad, se cansará de ella y dejará de fingir. —Se acercó a Gemina, sentándose a su lado y observando sus piernas, tocándole la rodilla donde estaba la cicatriz—. Cuando Roberto se cansa, muestra su verdadera personalidad.
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