Dejé a Ali en el suelo, sin dejar de besarnos en ningún momento, y ella enseguida acomodó sus brazos alrededor de mi cuello para arrimarme su cuerpazo. Mis manos no pudieron evitar aferrarse a su cintura para pegarla más a mí mientras nuestros labios se comían mutuamente. Dios, este no era ni el sitio ni el momento más adecuado para esto, lo sé, pero ninguno de los dos podía parar ya. Cuando quisimos darnos cuenta, la energía que fluía a nuestro alrededor comenzó a volverse loca y nuestras bocas jadeaban incesantemente entre todos esos besos consecutivos, incesantes, besos que pasaron a ser más y más apasionados, hasta que ya rozaron la locura. Entonces, nuestras lenguas pasaron a formar parte de ese juego, saboreándose la una a la otra con fervor. ¡Uf! La cosa estaba que ardía. Le qui

