Él se acercó despacio, como si el camino importara tanto como el destino. No sé tocaron de inmediato se miraban fijamente, sin apuro. Daniel sonrió apenas. —Así —te gusta —dijo—. Cuando no corro. Lucía asintió. se sentó al borde del sofá y cruzó las piernas con calma, conciente del gesto. Daniel se quedó de pie frente a ella, atento a cada respiración. —Hablame —pidió ella. —De hoy —respondió—. De cómo te vi entrar y supe que el mundo podía esperar. La voz fue caricia. Lucía levantó y acortó la distancia. El contacto llegó como una confirmación: Una mano que encuentra la espalda, un pulgar que traza un camino breve. El deseo se encendió sin estruendo. —No te vayas —susurró ella. —No dijo él—. Se movieron con una lentitud intencional. Un roce de mejillas, una frente que se apoya,

