Daniel asintió. Caminó hacia su vehículo sin mirar atrás. Sentía la mirada de ella clavada en la espalda.
Cuando arranco el motor, supo que ya no había regreso.
Lucía observó cómo se iba. Se llevó los dedos a los labios. Pensativa. No había ganado nada esa mañana.
Había encendido algo peor.
Y está vez no pensaba apagarlo.
La ciudad amaneció con lluvia breve, de esas que no limpian, solo despiertan el polvo. Daniel condujo sin encender la radio. Cada semáforo era una cuenta regresiva, una sospecha,. Desde el encuentro en el taller, algo había cambiado en su forma de mirar. buscaba reflejos donde antes había rutina.
En la comandancia, el murmullo lo recibió como un animal atento. Saludó con la cabeza, dejó la chamarra en la silla y abrió la computadora. Un correo sin remitente lo esperaba. Tres archivos. Un mensaje escueto: Mira mejor.
Daniel cerró la puerta de su oficina.
Los documentos eran precisos. Demasiado. Transferencias, contratos, nombres que él conocía. Un mapa de corrupción que no cabía en una denuncia formal sin detonar una guerra. Sintió el pulso subirle por el cuello, pensó en Lucía. En su advertencia.
En la cercanía que todavía le quemaba la piel.
—Así que era esto —murmuró.
El teléfono vibró. Número oculto.
—No lo abras aquí —dijo la voz de ella, baja firme—. Te están mirando.
Daniel no pregunto como lo sabía.
—Donde nadie quiere ir. Una bodega vieja junto al río. En una hora.
La línea se cortó.
Daniel salió sin levantar sospechas. Cambió de ruta dos veces. Cuando llegó la bodega parecía un esqueleto de metal y óxido. El río avanzaba lento, turbio. Empujó la puerta.
Oscuridad. Luego una silueta.
—Cierra —dijo Lucía.
La obedeció. El sonido del cerrojo resonó más de la cuenta. Ella estaba ahí, recostada contra una mesa, brazos cruzados, con una mirada alerta. No llevaba arma a la vista. Eso no la tranquilizó.
—Te envié pruebas —continuó —. Suficientes para quemarlos. No suficientes para que salgas ileso.
—Entonces, ¿que quieres? —preguntó Daniel.
Lucía se acercó. No invadió su espacio. Lo midió.
Una alianza corta —dijo —. Tu abres puertas. Yo señalo incendios. Cuando termine, cada quien vuelve a su lado.
Daniel sostuvo la mirada. Pensó en la palabra corto. Pensó en la mentira implícita.
—¿Y la confianza? —Preguntó.
Lucía sonrió apenas.
—Eso se negocia con hechos.
El silencio se tensó. Daniel dió un paso. Ella no quiso retroceder. La distancia volvió a ser peligrosa, íntima. El aire entre ambos parecía cargado de electricidad.
—Si acepto —dijo él—, no te protejo. Te cubro el flanco.
—Me basta.
Lucía levantó la mano, esta vez si rozó la manga de su camisa. Un contacto breve, calculado. Daniel sintió el roce como una chispa.
—No hagas eso —dijo, más bajo de lo que pretendía.
—¿Eso? —repitió ella—. Apenas te toqué.
—Justo por eso.
Lucía retiró la mano, divertida. Caminó hacia una caja, sacó un sobre.
—Aquí hay rutas, fechas, nombres —explicó—. Empieza por el puerto seco. Mañana.
—Mañana es una locura.
—Lo sé.
Se miraron. La locura era el punto.
Daniel guardó el sobre dentro de la chamarra. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de ella. Está vez ningúno se apartó de inmediato. El contacto duró unos segundos más de lo prudente. El mundo pareció encogerse.
—Si esto sale mal —dijo él—, nos hunde a los dos. —Si sale bien —respondió ella—, también.
Se separaron. La puerta volvió a abrirse.
Afuera, el rio seguía igual. Adentro, nada.
Horas después, Daniel regresó a casa con la cabeza en llamas. Dejó el sobre en la mesa y se sirvió agua. bebió. No ayudó.
Pensó en Lucía, en la precisión de su plan, estuvo pensando en la forma en que había medido cada gesto.
En otro punto de la ciudad. Lucía se quitó las botas y se sentó al borde de la cama. Cerró los ojos. Recordó el roce, la contención, la promesa no dicha. No sonrió.
La alianza estaba sellada.
Y el deseo, vigilando.
Ambos sabían el peligro, que el siguiente movimiento los pondría en la mira.
Y aún así ninguno pensó en detenerse.
El puerto seco despertó antes que el sol. Camiones alineados, motores al ralentí, hombres con chalecos reflectantes que evitaban mirarse demasiado. Daniel observaba desde el auto, oculto a simple vista. Tenía el sobre de lucía en la guantera y una sensación incomoda en el pecho que no provenía del riesgo operativo.
Ella apareció sin aviso, como si siempre hubiera estado ahí. Llevaba una capucha negra, un cubrebocas oscuro, y vestía ropa oscura. Daniel la reconoció antes de verla de frente; había aprendido su manera de ocupar el espacio. Lucía no se escondía: se infiltraba.
—Llegaste tarde —dijo ella al abrir la puerta del copiloto y sentarse.
Llegué a tiempo —respondió él.
Sus rodillas quedaron peligrosamente cerca. El vehículo se llenó de su presencia. Daniel aspiró sin querer, el olor de lucía era limpio, caliente, sensual como un fondo metálico que le tensó la mandíbula.
—Tenemos 15 minutos —continuó ella—. Después todo se complica.
—Siempre se complica contigo.
Lucía lo miró de lado. Una media sonrisa.
—No te quejas.
Salieron del auto por lados opuestos y caminaron entre contenedores. El ruido del ambiente les daba cobertura. En un punto ciego, Lucía lo tomó del antebrazo y lo arrastró tras una fila de cajas. El contacto fue firme. Intencional. Daniel sintió el tirón subirle por el brazo y quedarse ahí latiendo.
—Escucha —susurró ella—.Si algo sale mal, no me sigas.
—No doy órdenes a ciegas —respondió él.
—Esto no es una orden.
La cercanía era total. Daniel podía contarle la respiración. La piel de lucía estaba tibia.