Capitulo 4: Fuego contenido.

1000 Words
Bajo su mano, que no recordaba haber colocado ahí. Se miraron. Un segundo demasiado largo. Lucía fue la primera en apartarse. Caminó unos pasos y señaló un contenedor. —Ahí. El intercambio ocurrió rápido. Un sobre, pasó de mano en mano. Un nombre. Una fecha. Daniel lo memorizó. —Vete —dijo Lucia—. Ahora. Daniel dió media vuelta. Dió dos pasos. Se detuvo. —Lucía. Ella se giró. —No hagas eso —advirtió—. No aquí. Daniel acortó la distancia. No la tocó. No aún. La tensión se volvió casi física. —Anoche —dijo —no dormí. Lucía sostuvo la mirada. Sus labios se entreabrieron apenas. —Yo tampoco. El ruido de camión los obligó a separarse. La realidad volvió de golpe. Daniel regresó al auto con el cuerpo encendido y la cabeza en guerra. Horas después, la operación cerró con dos detenciones y un silencio incómodo en la comandancia. Nadie mencionó a Lucía. Nadie hizo preguntas. Esa noche. Daniel llegó a casa y se quitó la chamarra con movimientos bruscos. Pensó en el puerto, en la cercanía, en lo que no había pasado. El deseo no se disipó, se acumuló. En otro punto de la ciudad, Lucía se recostó boca arriba y cerró los ojos. Recordando la forma en que Daniel había pronunciado su nombre. Sonrió, lenta tocándose imaginando a Daniel. No habían cruzado la línea. Pero el Fuego ya. no pedía permiso. Y ambos lo sabían. La lluvia volvió por la tarde, insistente, cerrando la ciudad como un secreto. Daniel condujo sin destino durante varios minutos antes de aceptar lo obvio. Necesitaba verla. No para hablar de rutas ni de nombres. Para comprobar si el incendio que le recorría tenía origen o era ya una decisión. El mensaje fue breve. Diez minutos. Dónde nadie pregunta. Lucía respondió con un punto. El lugar era un departamento prestado, paredes desnudas, una lámpara que lanzaba sombras largas. Daniel llegó primero. Se quitó la chamarra, respiró hondo. Cuando oyó la cerradura, el pulso se le adelantó al pensamiento. Lucía entró empapada. El cabello mojado le marcaba el cuello. La camiseta se le pegaba a la piel. Daniel no apartó la mirada. Ella tampoco. —Cierra —dijo ella. El sonido fue definitivo. No hubo reproches ni advertencias. Se quedaron de pie, a dos pasos, sintiendo el peso de lo que habían evitado. Daniel fue conciente de su propio cuerpo, de la tensión acumulada en los hombros, del calor que le subía desde el abdomen. —Esto es una mala idea —dijo él. —las peores —respondío ella— son las que no se pueden desoír. Lucía dió el primer paso. No fue un ataque, fue una aproximación medida. Daniel levantó la mano como si fuera a detenerla y se quedó a medio camino. Sus dedos rozaron al borde de lo húmedo de la camiseta. El contacto fue mínimo y, aún así, le sacó el aire. Ella cerró los ojos un segundo. abrió los labios. No pidió permiso. Daniel apoyo la frente en la de ella. Respiraron juntos. El mundo se redujo a ese espacio breve donde el cuerpo manda antes que la ley. El roce de sus manos encontró la espalda de Lucía, firme, caliente. Ella respondió acercándose más reclamando la cercanía sin palabras. No sé besaron todavía. La espera era parte del incendio. —Seguimos —murmuró el —no hay marcha atrás. —Nunca la hubo. El beso llegó lento, contenido, como una promesa peligrosa. No fue voraz; fue preciso. Un contacto que encendió todo lo demás. Daniel sintió la respuesta inmediata de su cuerpo y no la escondió. Lucía sonrió contra su boca, conciente del efecto. Se separaron apenas para respirar. Daniel apoyó la mano en la pared, atrapándola sin encerrarla. Lucía paso los dedos por su muñeca, midiendo el pulso. —Te tiemblan las manos —observó. —No de miedo. Ella rió, baja. El sonido le atravesó el pecho. Entonces estamos de acuerdo. La lluvia golpeó el vidrio. Afuera, la ciudad siguió. Adentro, el fuego dejó de ser una idea. Se volvió corporal: respiraciónes cortas, piel que busca piel, una tensión deliciosa que pedía tiempo y, a la vez, urgencia. Daniel se apartó primero, con esfuerzo. —No aquí —dijo—. No así. Lucía sostuvo la mirada. Asintió. Aprendiste a esperar. Contigo, sí. Se sentaron en extremos opuestos del sofá, recuperando el aire, el control. El deseo no se fue, se acomodó atento. —mañana —dijo Lucía— el puerto vuelve a moverse. —Estaré ahí. —Lo sé. Se levantó para irse. En la puerta, se detuvo. —Daniel. —Lucía. —Esto —dijo señalando el espacio entre ambos— no nos hará más fuertes. Tampoco nos hará detenernos. Ella sonrió y se fue. Daniel quedó solo, con el cuerpo despierto y la certeza instalada. El fuego ya no era solo emocional. Era una cuenta regresiva. En un instante Lucía regresó, pasó junto a Daniel y le rozó el brazo. No miró atrás. —Tenemos compañía. —Lo sé. Nadamás. Bastó. El pulso se alineó. El puerto hervía. Señales mínimas:Un gesto, un giro de muñeca, una pausa. Daniel interceptó a un corredor, el cuerpo respondió antes que la mente. En el rabillo del ojo, Lucía se escabulló entre contenedores. Él contuvo el impulso de seguirla. Horas después, un mensaje seco: No vuelvas solo. Una dirección. Un acuerdo. La azotea. Viento. Ella lo esperaba. —Nos miden —dijo Lucía. —Entonces aceleramos. Se acercaron. Demasiado. Daniel detuvo la mano a un suspiro de su cintura. Lucía dió el último paso. La piel decidió. —Anoche... —murmuró él. —Hoy es peor —respondió ella, apoyando dos dedos en su pecho—. Porque quiero. Daniel cerró la mano en su muñeca. Suave, firme, no se soltó. Sus respiraciones chocaron. —No me provoques —susurró ella. —No te estoy provocando —dijo—. Te estoy diciendo la verdad. El beso fue hondo...
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