Llegaron aún temprano cuando salieron de aquel puesto dónde desayunaron. Descansaron todo el día y por la noche comenzaron a planificar. Dentro de su bodega. La lluvia había comenzado a caer con una paciencia antigua, como si la ciudad supiera que aquella noche nada debía apresurarse. Cada gota golpeaba el asfalto con un sonido seco, insistente, y el reflejo de las luces de neón convirtieron las calles en un mosaico tembloroso de colores rotos. Lucía observó desde la ventana del viejo edificio abandonado, el abrigo oscuro pegado al cuerpo, el cabello recogido con descuido. En su mano derecha, apretado con una fuerza que delataba más nervios que rabia, estaba el anillo. No fue una joya ostentosa. A simple vista era una pieza antigua, de plata ennegrecida, con un símbolo grabado en el cent

