—Voy a ayudarte, tengo un gorro de bruja que se compró Lu el año pasado —llegamos a mi edificio y me paré en la entrada.
Esta es una de las ventajas de vivir tan cerca del instituto, un par de calles y estoy aquí. No es lo mismo para Tamara, que vive casi media ciudad más lejos, pero al menos ella tiene mucho dinero, ya que es hija de los dueños de una red de clubs de tenis, los más populares de la ciudad.
Yo, por el contrario, una chica estándar, hija de una mujer que estudió contabilidad, pero terminó trabajando de secretaria por falta de contactos y que lucha todas las mañanas por un acenso.
—No te preocupes por la parte de sexy, te vas a poner aquel vestido que compro tu madre y que la obligaste a sacarse —hace un movimiento con ambas cejas a la vez con travesura— Con ese escote prominente y mostrando la espalada casi hasta la altura de tus nalgas vas a hacer que pierdan la cabeza.
—Estás loca, ese vestido es tan corto que si me sentara se subiría hasta mi ombligo —rodeo los ojos y mis mejillas se ruborizan de solo imaginarlo.
—¿Quieres o no quieres que Cris vote la baba por ti? —se da la vuelta cuando escucha la bocina sonar— No me des respuesta ya sé cuál es, iré por los disfraces y en dos horas estaré aquí para que nos vayamos.
La miro como se sube a su lujoso auto en el que tantas veces habíamos sido regañadas por dejar caer comida y una sonrisa brota en mis labios sin permiso. Cuando tomo el elevador pienso en como le diré a mi madre que el director quiere verla y por unos segundos imagino la vergüenza que se apoderará de mí si por casualidad mi madre se cruzara con la de Cris.
Paso la puerta y al cerrarla me encuentro con mi madre, sobre la mesa hay un papel. Me doy cuenta de que algo no anda bien porque mi madre siempre lleva una sonrisa sobre los labios, pero esta vez solo me mira como si estuviera tratando de resolver algo.
—¿Qué está pasando? —me paro a su lado y cubre el papel con las manos— Mamá, ya no soy una niña de cinco años, puedes confiar en mí y decirme lo que sea.
—Es una carta de tu padre, la semana que viene vuelve porque quiere hablar contigo —guarda la carta en un bolsillo de su largo saco y golpea una pequeña caja contra su dedo hasta que un cigarrillo se asoma.
—Debí suponerlo, solamente llevas esa cara cuando se trata de él —se me escapa una sonrisita burlona y muerdo mi labio negando— Además, ¿En qué año se quedó dormido? Ya no se usa más la carta, un mensaje de texto, pero claro él sabía que por un texto lo iba a mandar a la mierda.
—Basta Shay, sigue siendo tu padre —miro el cigarrillo sobre sus labios moverse mientras habla y como trata de prender la llama con un encendedor que apenas si tenía chispa.
—¿Mi padre? Una mierda, tú fuiste mi padre y mi madre cuando no le dieron los huevos, cuando te abandonó ¿Se te olvida? —me siento en la silla y me meneo en dos patas— Ahora se hizo unos millones, ¿Qué pasó mamá?, ahora si se acuerda de tirarle unos huesos al perro ¿Verdad?
—Shayla vendrá la próxima semana, lo verás y vas a demostrarle que aunque él no estuvo ahí, tienes una buena educación —expulsa el humo en círculos mientras me mira de reojo.
—No tengo que demostrarle una mierda a alguien tan insignificante como él, mientras tú trabajas y te prohíbes de todo lo que siempre te has merecido para darme ropa, comida y lo que necesite, ¿Qué hace él? —apoyo ambas manos sobre la mesa con las lágrimas al ras de los ojos— ¿Se limpia el culo con los verdes que le sobraban?
Dejo atrás a mi madre que me llama una y otra vez, me niego a seguir escuchando como me trata de animar para que vea un hombre que nunca estuvo allí conmigo. Lo quería conmigo, no por el dinero que pudiera darme, quisiera recordarlo cuando me raspara la rodilla y que fuera él quién me levantara diciéndome que no era nada, quisiera recordar o que me contaran que cuando estaba pequeña hacía caras tontas para que sonriera. Una salida al cine en familia, ver a mi madre cocinando a su lado, que me ayudara con la tarea que no entendía, pero cuando pienso en todo aquello solo me viene a la mente mi madre.
Mi madre cansada de un largo día de trabajo ayudándome con mi tarea, mi madre su único día libre llevándome al cine, mi madre cocinando tarde en la madrugada para que pudiera comer al siguiente día, mi madre sentada en la mesa llorando porque no llegaba a fin de mes con las cuentas, siempre es mi madre.
Mi padre es esa silueta en n***o que no le puse rostro hasta que uno de mis cumpleaños el número catorce para ser exactos llegue a mi casa, ese día vi la amargura en el rostro de mi madre y me dijo con la voz quebrada "este es tu padre cariño", ¿Padre? ", el hombre que puso la semilla y se marchó" pensé. Me metí en mi habitación y ese se volvió el peor cumpleaños de mi vida, desde entonces manda cartas que rompo sin leer y miseria de billetes que me doy el lujo de quemar.
Pasé las dos horas que Tam tardó en regresar llorando y cuando sentí la puerta golpearse ni siquiera tengo las energías suficientes para levantar mi cabeza para mirar. Siento las leves caricias tan propias de mi mejor amiga cuando no sabe que decirme para hacerme sentir mejor, la verdad nada de lo que dijera en un momento como este podía levantarme el ánimo, pero unas buenas caricias siempre llenan el alma.
—Sé que esto nos toma por sorpresa y entenderé si no quieres ir a la fiesta —se tumba a mi lado y cuando giro el rostro tenía sus ojos almendrados fijos en los míos— Podemos cambiar de planes, tal vez unas películas de comedia y una medida de tu tamaño en helado.
No puedo ser tan egoísta y pensar solo en lo que yo quiero en estos momentos, porque después de tres años juntas no puedo perdonarme un acto como este. La conozco lo suficiente como para saber que quiere ir a esa fiesta con todas sus fuerzas, que quiere que Richi vea su lado sexy para tal vez al fin tener una oportunidad y yo no puedo quitarle lo que tal vez es la oportunidad de su vida.
Tamara es casi como mi pañuelo de lágrimas, desde que la vi por primera vez supe que algo en ella era distinto a las demás y sí que lo es. Nos complementamos a la perfección, yo con los chistes y ella con la locura. Es ese tipo de amiga que si estás tirada en la cama y decides hundirte en un mar de lágrimas es capaz de hacer el peor de sus bailes para verte sonreír porque no es una buena comediante.
—Iremos a la fiesta —dibujo la mejor de mis sonrisas fingidas y ella casi da un brinco de felicidad— No me voy a quedar llorando por alguien que no me importa y dejar que se pierdan de ver nuestra sensualidad.
—¿Alguien pidió un vestido n***o sexy no apto para cardíacos? —mi madre se asoma con el vestido colgado y Tam levanta la mano señalándome.
—Por acá está la culpable que romperá corazones —ríe y la acompaño con una risa tímida mientras me levanto.
—Creí que le tenías un gran apego sentimental a ese vestido, aunque sabes que pareces sardina enlatada —tomo el vestido y mi madre que aún toma el pomo de la puerta, hace el intento de un baile sensual.
—No sé dé que estás hablando, si Ricky Martín me hubiera visto vestida de ese modo hasta él hubiera dudado de su homosexualidad —las tres empezamos a reír y camino hasta la entrada del baño.
—No se muevan, me pondré esto si es que me entra —agito el vestido mientras entro al baño.
Siento como si todo mi cuerpo se contrajera en este vestido, me siento incómoda, pero cuando me miro en el espejo ¡j***r!, soy como una puta diosa que está lista para hacer caer mortales a mis pies.
Decido jugar, abro la puerta y solo asomo mi pierna mientras tarareo una canción de streep tees. Asomo medio cuerpo, ya tiene la atención completa de ambas cuando comienzo un baile sensual y mi madre se cubre la boca, entonces supe que es momento de parar.