La noche estaba fresca, algunas hojas de los árboles caían por el viento, mientras la gente iba llegando a lo que se suponía, era la fiesta.
Cuando miré a mi alrededor cientos de rostros conocidos, me devolvían la mirada. Unos con asombro, otros con intriga, y algunos con extrañeza. Era realmente evidente, que yo no solía ir a fiestas desde aquel día. Desde el accidente, que acabó con mil traumas y pesadillas.
Pero esta noche no me iba a dedicar a pensar en eso. Haría lo que fuera por ver a mi amiga contenta. Nunca estábamos juntas en estos ambientes, y saber que le complacía mucho el hecho de que le acompañara una persona tan amargada y necia como yo, me ponía en cierta forma feliz, aunque esto fuera todavía, bastante difícil de digerir.
Estaba algo incomoda, con lo que cargaba puesto, no estaba acostumbrada a vestirme de la manera en la que estaba. Parecía sacada de una revista, o de algún comercial. No era muy yo, pero a pesar de todo me gustaba. Me sentía bonita y eso era lo importante.
Repartieron algunas bebidas pero me negué, habíamos llegado hace 20 minutos, la idea era no volverme loca o embriagarme, quería pasarla bien, no pasar por ridícula. Ya tenía suficientes anécdotas que me ponían en desventaja.
—Eh Victoria, aquel chico de allá está que se babea.
—Por mi que se ahogue con su baba, pero yo ya estoy casada contigo mi vida. —Le abracé de medio lado.
—Uy sí, que irrespetuoso la verdad. —Rió vacilante.
—¿Por qué no agarraste nada? —Me dijo refiriéndose a la bebida que se encontraba ausente en mis manos.
—No quiero tomar.
Abrió los ojos de par en par.
—Tú viniste conmigo y no vas a tomar, ¡Que bello! Pero bueno eso significa que me vas a cuidar, ¿No?
Entrecerré los ojos. —Eso significa, que igual te tienes que portar bien Jess, no quiero tener que arrastrarte hasta tu casa.
—¿Y cuál es la ciencia de esto entonces? —Inquirió con ojos divertidos. Mientras posteriormente bebía del vaso, que estaban repartiendo.
—Ah, yo no sé. —Me hice la tonta.
—Sabes que te estoy jodiendo. Me portaré bien ya verás.
—Eso espero. —Regañé.
—¿Qué haces aquí Vicma? ¿Intentando ser una de nosotras? —Se rió. La muy perra de la plástica del instituto, venía con sus disque amigas a intentar fastidiarme. Llevaba apenas meses en el instituto y ya me sacaba de quicio.
—¿Vicma? Pareces retrasada, su nombre es Victoria. — La voz de Jess hizo eco con el sonido tan ensordecedor de la música.
—Y tú para que te metes, niñata engreída.
—Mira quien habla de engreídas...
—Sal de aquí antes de que esto se ponga muy feo Karen, creo que ya basta con tu mala vibra. —Escupí las palabras después de Jess, casi sin poder pensarlo.
—¿Qué me vas a hacer? Piensa bien lo que haces, mira lo que pasó con Sarah.
¿Cómo se había enterado? Me había cambiado de Instituto por ello, esto no podía ser cierto.
Intenté sin embargo, mantener la calma, a pesar de mi rápida respiración. —¿De qué hablas?
—No serías capaz de matar ni una puñetera mosca, eres estúpida y no haces nada bien, eso es lo que sucede.
Miles de pensamientos negativos, atravesaron mi mente de forma desenfrenada. Sentí como me iba faltando el aire.
—Cállate de una buena vez, y lárgate, que hasta aquí huele a la mierda que emanas. — Gritó Jess. — Tú te vienes conmigo. — Me jaló hacia otro lugar.
—Mataste a Sarah, ¿No te basta con eso? —Seguía gritando Karen. Haciendo que las personas de nuestro alrededor nos miraran expectantes.
Mis ojos empezaron a cristalizarse.
—Victoria no pienses en eso por favor, tu no eres así... Sabes muy bien cual es la verdad. —Intentaba concentrarme en las palabras de Jess pero los recuerdos se repetían como un disco rayado.
Sarah se había muerto por mi culpa...De no haber asistido ese día no hubiera muerto... No tenía porque estar aquí.
—Victoria, mírame — La voz de Jess otra vez repitiéndose en mi cabeza. Todo me empezaba a dar vueltas. Risas, murmullos, gritos, y de pronto todo en silencio. Ahora todo estaba n***o.
Dos horas más tarde...
Mi cuerpo dolía cuando mis ojos empezaron a abrirse, hacía mucho frío en la habitación, lo que me parecía extraño, puesto a que mi aire acondicionado estaba regulado en la medida de no congelarme.
Con mucho esfuerzo intenté visualizar mi alrededor, más todo estaba borroso, no entendía que pasaba. Como era que hace un minuto estaba en una fiesta y ahora estaba acostada en una cama? Lo volví a intentar.
Pequeños focos amarillos, o eso lograba distinguir. Todo estaba muy oscuro.
—¿Vick...?
Esa voz, ese apodo... No volvería a caer otra vez en su engaño, y en su puñetera y seductora voz. Santiago sabía como convencerme, como engatusarme fácilmente. Era un arma de doble filo.
Cerré los ojos nuevamente. Esto estaba resultando jodidamente difícil.
— ¡Jess, está despertando!
¿Jess? Que acaso Jess no estaba en la fiesta conmigo. ¿Qué mierdas me había sucedido y por qué Santiago estaba aquí, si el no sabía dónde estábamos metidas.
Jess era la única que sabía.
¡j***r, Jess...!
—¿Qué...que has hecho Jess? —Mi voz salió como un borracho sin remedio. Que pena.
—Oh Victoria no sabes el susto que me echaste. —Cuando logré distinguir su silueta, le señalé con una mano. —Eres una mala, mala amiga. Traidora.
Ella rió.
¿Acaso esto causaba risa? No causaba risa en lo absoluto.
—Victoria te desmayaste, tuve que decirle a Santiago para que me ayudara contigo.
—Ah, ¿A ti si te contesta el estúpido?
—Victoria por favor, tienes que escucharle, solo así vas a entender todo.
—Yo no pienso hablar con nadie. — Intenté acomodarme en la cama y mi espalda crujió. Acompañado de un dolor en los brazos y piernas tremendo.
—Tienes que quedarte tranquila Vick, debes estar adolorida por el golpe.
—¿Qué golpe?
—Te caíste. —Respondió Jess, por más que quise atajarte pesas demasiado Victoria.
—Ya. ¿Y ahora por qué estamos en la casa de Santiago?
—Son las 3 de la mañana. No es como que sea genial que tu madre te vea en este estado.
Asentí, tenía razón.
—Yo ya me voy. —Indicó Jess. —Cuídala con tu vida. —Le señaló con un dedo a Santiago.
—Sí como la cuidas tú, ¿Verdad? ¿Cómo se les ocurre ir a una fiesta?
—Ya hablarán. —Soltó escapándose de la situación y desapareció por la puerta dejándonos solos.
—Vick, yo...
—Gracias por traerme, pero no tienes por qué decir nada. —Solté mirando hacia otro lado, con tan solo verle a los ojos me daban ganas de rendirme, de decirle que no se desapareciera más, que se quedara ahí conmigo, que pasara lo que pasara yo le amaba. Pero no podía simplemente, dejar que todo pasara como si nada.
—Lo siento, por no llamar pero pensé que no alcanzaría a estar ni dos días y pues, me avergonzaba que pensaras que no podía hacer nada bien. —Yo le miré confundida. — Comencé a trabajar en ese restaurante donde me viste, hace ya 3 días, tu padre me ayudó y pues estoy ahí, intentando no echarla a perder.
Mis ojos por poco se cristalizan, odiaba que fuera tan tierno, eso me hacía arrepentirme de muchas cosas luego.
—¿Y no podías siquiera contestar? He estado llamándote como loca.
—El teléfono se me cayó en el inodoro, lo siento.
—¿Es en serio?
—Lo es.
—¿Y cómo es que lograste comunicarte con Jess? —Indagué.
—Jess tenía el número del restaurante, llamó y pues aquí estoy.
—¿Cómo hiciste?
—Por suerte ya era mi hora de salida y pues, no pasó nada.
—Lo siento. —Solté algo arrepentida.
—¿Por qué?
—Por tratarte mal. —Bajé la cabeza con ello.
—No tienes de qué, he sido un inmaduro. —Dijo y yo sonreí al ver que casi hacía puchero.
—Todo está bien.
—¿Puedo besarte entonces?
— No. —Respondí rápidamente. El rió.
—Pero si dijiste que todo estaba bien...
—Exacto, pero no que podías besarme.
—Bueno— Soltó besándome en la mejilla.—Me conformaré con eso por el momento.
//
Cuando amaneció me fui a casa. Por suerte mi madre no sospechó nada, todo había salido tal y como se había planeado. Santiago me había prestado una de las sudaderas de su hermana mayor, y me había escondido en ella, para que no se notase los moretones que empezaban a salir en mi cuerpo por ser condenadamente blanca.
—¿Cómo te fue ayer? —Me preguntó cuando bajé a desayunar.
—Todo bien. Pasamos un rato diferente.
— Que bueno. — Dijo tras acercar una taza de café a su boca.
El sonido de la tv, hacía menos ensordecedor el silencio incomodo que comenzaba a surgir.
—¿Por qué llegaste tan tarde? —Inquirió mi padre.
Yo casi me atraganto con el pan de coco que me estaba comiendo. Tomé café, tratando de pasar el pan, y de pensar que podía decirle.
—Pensé que podía. ¿Está mal?
—Cuando llegaste, yo me estaba levantando para bañarme. Por supuesto que sí, cielo.
—Lo siento. —Susurré.
Él asintió.
—¿Y la sudadera?
—¿Eh? —Me hice la tonta.
—La que cargabas puesta.
—Ah, esa. Es de la hermana mayor de Santiago, me la prestó cuando estábamos allá en la fiesta.
—Que raro.
—¿Qué es raro?
—Me levanté a las 2 a tomar agua, y la vi por la ventana estudiando.
—¿Si? —Ay Dios mío que invento. — Ah es que ella llegó tarde a la fiesta, por eso mismo, por los estudios. —Pasé saliva.
—¿Tú ya terminaste tus deberes? —Continuó mi madre.
—Claro má eso está listo, no saldría si no lo hubiese terminado.
—Eso espero. — Dijo y yo asentí. —Sabes que no queremos ser duros contigo Victoria, pero queremos lo mejor para ti.
—Eso lo sé mamá todo está bien, no te preocupes.
El tema terminó y yo le agradecí a Dios internamente.
No me gustaba tener que mentir pero mis padres no podían saber nada de Santiago, y no tanto por la edad que este tenía, sino por como se encontraba su situación económica. Mis padres no eran malos, no discriminaban a nadie ni nada, pero me querían ver rodeada de personas que me apoyaran, que en caso de que estuviera enferma vieran por mi.
Y no era el caso de Santiago, tenía una familia muy grande, sin un padre que los respaldara de por medio, estar con él para mis padres era el s******o.
Aveces me atormentaba la idea, porque de verdad le quería y aveces las cosas tenían que ser tan puñeteramente difícil.
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El fin de semana había llegado y todos ya estábamos buscando cosas por hacer. Intenté empezar a hacer ejercicio por las mañanas, pero me resultaba horrible tener que pararme más temprano de lo usual para ello. A parte de que todavía me encontraba algo débil por lo sucedido del Viernes.
Santiago trabajaba también los fines de semana, por lo que convencí a Jess de ir al restaurante y comer allá, sólo para tener que verle; Cuando llegamos sus ojos me miraban con total ternura.
—¿Qué hacen aquí? — Sonrió.
—Estamos acompañándote un rato, ¿No se puede?
—Claro que se puede, es sólo que me pone nervioso que estés aquí.
—Jess río. —Dos tontos enamorados, cielo santo. Parecen sacados de una película.
—Tampoco exageres. —Le riñó Santiago. —¿Y por qué te trajiste a la fastidiosa esta? —Dijo ahora dirigiéndose a mi persona.
Me encogí de hombros y Jess abrió la boca asombrada.
—Ya verás luego quién te va a acompañar en tus cursilerías....Y de ti —Miró a Santiago.—Ni se diga. Ya no eres cuñado mío olvídalo,pensaba darte ese puesto, ahora ni lo estés pensando.
Ambos reímos a carcajadas al escucharla.
—Te pasas.
—¿Pasarme yo? —Preguntó indignada y volvimos a reír al unisono.