CAPÍTULO 8. Era mí primera vez, nunca se me habría pasado por la imaginación que este día fuera a llegar. Había estado toda la noche lloviendo lo que hizo que no pudiera ni casi pegar ojo, los nervios no me dejaron y además posiblemente a causa de ellos la cena me debió de sentar mal, y tuve que ir al servicio varias veces a devolver, ¡vaya nochecita!, era la última que iba a estar en esta casa de momento. La vida había pasado demasiado deprisa, en el pueblo un día se sigue al otro sin casi ninguna diferencia, pero aun recuerdo como si fuera ayer el momento aquel en el que Flora muy sería mí dijo: –Sabes, he estado pensando que mejor será que nos marchemos. –¡Marcharnos!, ¿a dónde? –la dije extrañada. –Pues ¿a dónde va a ser, a la capital? –¡A la capital!, y, ¿para qué?, ¿qué vamos a

