CAPITULO # 4

1373 Words
ARACELY CLARK El mar Jónico era un espejo perfecto de zafiro líquido que chocaba con violencia controlada contra los acantilados blancos de la isla privada de Christian. Kalokairi no era un paraíso idílico; para mí, se sentía como una jaula de oro macizo flotando en medio del Mediterráneo. Llevábamos cuatro días allí. Cuatro días enteros de un silencio espeso, asfixiante y tenso, donde Christian y yo apenas nos cruzábamos en las cenas formales, siempre bajo la atenta y analítica mirada de los sirvientes griegos nativos. Yo observaba el horizonte azul desde la terraza de la gran villa, envuelta en un sutil vestido de lino blanco. El sol quemaba con fuerza la piel, pero mi mente analítica seguía fija en el fango de Londres. Tenía el primer millón de libras depositado en mi cuenta bancaria personal, mi pasaporte de escape listo, pero sabía de sobra que el contrato pendía de un hilo extremadamente delgado. Christian era un auténtico témpano de hielo. Se pasaba las horas enteras en el ala oeste de la propiedad, pegado al teléfono satelital, conteniendo la brutal hemorragia financiera de Davies Capital provocada por su hermano. De pronto, un sonido sordo y mecánico rompió la calma del oleaje. Un yate de superlujo, de líneas agresivas, casco n***o y bandera británica, cortaba las olas directo al muelle privado de la villa. No era una visita programada en la agenda del CEO. Mis aguzados sentidos de analista de riesgo se encendieron en un rojo alarmante. Bajé las escaleras de piedra caliza a toda prisa, con el corazón golpeándome con fuerza las costillas. Christian ya se encontraba de pie en el muelle de madera. Llevaba una camisa negra de lino entreabierta y el viento marino le batía el cabello con furia. Su imponente espalda estaba tan rígida que parecía esculpida en mármol antiguo. La pasarela hidráulica del yate bajó con un zumbido. Una mujer descendió con paso errático. No llevaba los ostentosos vestidos de alta costura con los que solía aparecer en las revistas de sociedad de Londres; vestía unos vaqueros simples, el cabello rubio completamente revuelto por el salitre marino y los ojos hinchados, inyectados en sangre por el llanto reciente. Francis. “Maldita sea”, pensé, frenando en seco mis pasos a unos metros de distancia, ocultándome de forma estratégica tras la densa sombra de una pérgola de buganvilias. “Mi dinero está en peligro”. —Christian… —la voz de la aristócrata se quebró de forma patética al pronunciar su nombre. Dio un paso desesperado hacia él, con las manos temblorosas extendidas en el aire—. Christian, por favor, tienes que escucharme. Él no se movió un solo ápice. Ni un solo músculo de su rostro afilado cedió a la súplica. Sus ojos grises eran dos témpanos de hielo implacables apuntando directo al pecho de la mujer que lo había dejado plantado ante toda Inglaterra hacía menos de una semana. —Estás invadiendo una propiedad privada, Francis —la voz de Christian descendió a un tono tan bajo, controlado y letal que me erizó la piel por completo—. Date la vuelta de inmediato y sube a ese maldito barco antes de que ordene a mi equipo de seguridad que te saquen a rastras de mi isla. **CHRISTIAN** “Francis”. Verla allí de rodillas sobre la madera del muelle, con el rostro aristocrático completamente descompuesto por el llanto y la humillación, provocó un eco violento en mi pecho. La rabia negra, el deseo reprimido y los recuerdos de los años pasados a su lado se agolparon en mi garganta, amenazando con asfixiarme. Una parte de mí, la parte que mantenía oculta bajo tres capas de cinismo corporativo, quería agacharse, levantarla y exigirle respuestas directas. ¿Cómo pudo ser tan estúpida? ¿Cómo pudo creerle a un traidor como Julian? Pero el orgullo de los Davies es un dictador implacable. Y el mío no perdonaba la humillación pública ante los inversores. —¡Me usó, Christian! —gritó ella, y las lágrimas comenzaron a rodar sin control por sus mejillas—. Julian me mintió con descaro. Me dijo que tú estabas transfiriendo los fondos de mi dote a cuentas ocultas para dejarme sin nada después de la boda. Se alió con tu hermano Thomas… Solo querían usarme para que yo te dejara en el altar y los inversores extranjeros entraran en pánico absoluto. En cuanto firmaron el traspaso ilícito de acciones de Thomas, Julian me echó sin contemplaciones de su apartamento en Niza. Me dejó en la puta calle. —Un melodrama patético —escupió mi boca, pero noté un leve, casi imperceptible parpadeo en mi ojo izquierdo. Un tic. Me dolía la traición de mi socio, pero la debilidad de Francis me irritaba más. —¡Sé que me equivoqué de forma terrible! —Francis se arrojó de rodillas, agarrándose con desesperación de mis pantalones—. Cometí un error burdo; estaba asustada por tu frialdad calculadora. Sé que la boda con tu asistente es una burda farsa para salvar las acciones de la junta; mi tía me lo sopló desde Londres. Por favor, Christian… perdóname. Desmiente todo ante los tabloides. Regresa conmigo a Londres ahora mismo. Desde la sombra de la pérgola, divisé el movimiento de Aracely. Su orgullo fiero no le permitiría quedarse oculta viendo cómo peligraba su mina de oro de dos millones. Avanzó por el muelle con una parsimonia ensayada, pero letal. Llevaba la cabeza erguida, los hombros hacia atrás y la mirada fija en mi exprometida. Era una loba defendiendo su inversión financiera. —Mide tus palabras, Francis. —La voz firme de Aracely, cortante como una navaja bien afilada, interrumpió el llanto de la rubia. —¿Qué hace esta trepadora aquí? —Francis se levantó del suelo con furia, intentando recuperar la compostura aristocrática. —Vivo aquí. Soy la legítima señora Davies —respondió Aracely, deteniéndose justo a mi lado. Sentí el calor embriagador de su anatomía. Su mano se deslizó por mi brazo con una naturalidad pasmosa, entrelazando sus dedos con los míos. Sus uñas se clavaron sutilmente en mi palma, un mensaje silencioso: “No flaquees, Christian. Recuerda lo que pusiste en juego”. Miré de reojo a Aracely. Su fiero orgullo me devolvió el anclaje a la realidad corporativa. Si cedía ante Francis, la junta directiva me devoraría vivo por mostrar inestabilidad emocional. Aracely era mi escudo perfecto contra la ruina. —Ella estuvo a mi lado cuando tú escapabas con el hombre que saboteaba mi empresa —declaré, forzando a mi voz a recuperar la frialdad implacable—. Aracely se queda en mi vida. Tú te vas de mi isla. —Esto no ha terminado —siseó Francis, retrocediendo hacia la pasarela del yate con los ojos inyectados en odio puro—. Voy a descubrir quién es ella realmente. Voy a destruir tu maldito teatro, Christian. Lo juro por mi apellido. El yate rugió, soltando amarras y alejándose a toda velocidad del muelle de Kalokairi. En cuanto nos quedamos solos, Aracely soltó mi mano de golpe, como si mi piel quemara. —¿Todavía la amas, verdad? —me espetó sin rodeos, con una crudeza visceral. —Eso no es de tu incumbencia, Clark —respondí, dándole la espalda. —¡Claro que es de mi puta incumbencia! —gritó ella, haciéndome frenar—. Si corres a los brazos de tu rubia, mi contrato se va a la basura. No voy a permitir que tu maldito corazón roto me devuelva al fango del East End. Si ella vuelve a acercarse, o si tú flaqueas, yo misma me encargaré de recordarte por qué firmamos ese papel legal. Me giré despacio, acortando la distancia entre ambos hasta dejarla acorralada contra la barandilla de piedra de la terraza alta. La tensión s****l estalló en el aire mediterráneo. —No te confundas, Aracely —le susurré a milímetros de sus provocadores labios carmín—. Te pagué dos millones para que fueras mi esposa ante el mundo, no mi terapeuta personal. Mi orgullo es infinitamente más grande que mis sentimientos pasados. Pero si vuelves a usar ese tono conmigo, te recordaré quién es el que firma los cheques en esta relación forzada.
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