CHRISTIAN DAVIES
La histórica catedral de St. James estaba completamente inundada por el aroma sofocante de los lirios blancos, que parecían competir por dominar el aire con el leve perfume de las damas presentes y el murmullo hipócrita de trescientas personas vestidas de rigurosa etiqueta. La crema y nata de la alta sociedad londinense, con sus joyas brillando bajo la tenue luz de los candelabros y sus miradas cargadas de juicio, asistía al evento como si fuera un espectáculo teatral, esperando ávidamente oler la sangre de mi inminente ruina.
El órgano comenzó a tocar la marcha nupcial, y las primeras notas, graves y solemnes, retumbaron con fuerza en las inmensas bóvedas de piedra, como si el edificio mismo estuviera anunciando un presagio. A mi lado, en primera fila, mi madre, Lady Eleanor Davies, me observaba con una rigidez aristocrática capaz de congelar el mismísimo infierno. Su vestido de seda negra, impecablemente ajustado, parecía reflejar su estado de ánimo, y sus ojos, tan fríos como el acero, no se apartaban de mí. No se había tragado la apresurada historia del “cambio de novia de último minuto”; conocía demasiado bien mis debilidades y secretos. Sus labios, convertidos en una línea fina de desaprobación pura y aristocrática, temblaron apenas, como si estuviera reprimiendo un comentario que podría haber incendiado toda la ceremonia.
—Aún estás a tiempo de cancelar esta farsa de mal gusto, Christian —susurró mi madre, sin mover un solo músculo de su altivo rostro—. Esa chica de origen humilde no es de los nuestros. Huele a calle desde aquí.
—Cállate, madre —respondí entre dientes, manteniendo la vista fija en las puertas traseras de la iglesia—. Mira al frente y sonríe a los inversores extranjeros. Eso es lo único que te toca hacer hoy por el apellido familiar.
Las colosales puertas de roble de la catedral se abrieron de par en par. El murmullo malicioso de la congregación cesó de golpe. Un jadeo colectivo recorrió los bancos de madera tallada. Allí estaba ella. Aracely avanzó con paso firme sobre la alfombra roja.
El vestido de novia de alta costura, originalmente diseñado para la silueta de Francis, había sido ajustado en un tiempo récord durante la madrugada por modistas francesas bajo amenaza de despido. La seda blanca se ceñía a su cintura estrecha, cayendo con una elegancia líquida que desafiaba la rigidez aristocrática del entorno. Un velo de encaje antiguo cubría su rostro, pero a través de la fina malla, pude percibir la fijeza inquebrantable de sus ojos marrones. No caminaba como una impostora asustada por el engaño.
Caminaba como una soberana que iba a reclamar su maldito trono por derecho propio. Cuando llegó finalmente al altar, le ofrecí mi mano. Sus dedos, perfectamente enguantados en fina seda, estaban firmes, cálidos. La ayudé a subir el escalón y, con un cuidado deliberado para las cámaras que disparaban desde el coro superior, le eché el velo hacia atrás. El implacable flash de los fotógrafos iluminó sus facciones pálidas, sus labios pintados de un rojo carmín provocador, oscuro. Estaba hermosa, endiabladamente hermosa. Una belleza peligrosa, afilada, que no encajaba en absoluto con las monótonas muñecas de porcelana de Kensington.
—Estás impecable, futura señora Davies —le susurré al oído con voz ronca mientras nos girábamos hacia el arzobispo.
—Págame el primer millón acordado y haré que parezca real hasta el final, esposo —respondió ella en un murmullo inaudible para el resto, pero impregnado de una tensión visceral que me tensó la mandíbula al instante.
La ceremonia transcurrió como un borrón borroso de palabras solemnes y promesas vacías. “En la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe”. Mentiras sagradas selladas ante un dios en el que ninguno de los dos creía. Cuando el sacerdote pronunció las palabras finales, me giré hacia ella con determinación.
Tomé a Aracely con firmeza por la cintura, atrayendo su cuerpo contra el mío con una posesividad calculada para la prensa, pero que encendió un fuego repentino y voraz en mis entrañas. Su pecho subió y bajó con fuerza, chocando directamente contra el mío. La besé.
No fue un beso casto de alta sociedad. Fue un reclamo crudo, de alta tensión, un sello de propiedad absoluto sobre el contrato que acabábamos de firmar con sangre corporativa. Sus labios carnales se abrieron levemente por la sorpresa inicial, pero respondió con un orgullo fiero, presionando su anatomía contra la mía antes de que nos separáramos ante los aplausos hipócritas de la élite de Londres.
Salimos de la iglesia bajo una densa lluvia de pétalos de rosa y los flashes ensordecedores de paparazis que gritaban preguntas capciosas sobre la repentina fuga de Francis y la verdadera identidad de la nueva consorte. No respondimos. Mis guardaespaldas abrieron paso a golpes hacia la limusina blindada. En cuanto la pesada puerta del coche se cerró, aislando el mundanal ruido del exterior, Aracely se dejó caer en el asiento de cuero n***o, arrancándose el velo de un tirón violento.
—Dios —exhaló, su frente perlada de sudor por el esfuerzo—. Esas personas aristócratas… querían despedazarme viva con la mirada.
—Bienvenida a mi mundo, Clark —dije, sirviendo dos copas de cristal con champán helado del minibar—. Esto fue solo la obertura de la ópera. Thomas y Julian ya están moviendo hilos legales para impugnar el contrato con los inversores. Tenemos que desaparecer del ojo público antes de que la prensa empiece a escarbar en tu verdadera identidad familiar.
—¿A dónde nos dirigimos ahora? —preguntó ella, aceptando la copa. Sus ojos marrones brillaron bajo la luz tenue del vehículo blindado.
—Al aeropuerto privado. El jet de la compañía nos espera con los motores encendidos. Nos vamos a Grecia, a mi isla privada, Kalokairi. Tres semanas completamente aislados del mundo. Luna de miel forzada, Aracely. Allí no habrá prensa incisiva, ni inversores exigentes, ni tíos oportunistas del East End. Solo tú, yo… y los estrictos términos de nuestro contrato.