CAPITULO # 2

1019 Words
ARACELY CLARK “Dos millones de libras”. El número flotaba en mi mente como una balsa de salvación mientras el viejo taxi me dejaba frente a la decrépita residencia de mis tíos en el hostil East End. La lluvia de Londres aquí se sentía distinta; no era el rocío elegante de los rascacielos corporativos, sino un agua sucia y densa que arrastraba el olor a miseria y ambición barata. Entré intentando no hacer el menor ruido, pero el crujido de la madera podrida del suelo me traicionó de inmediato. —Vaya, vaya. Miren quién se digna a aparecer por fin —la voz grasienta de mi tío Arthur llegó desde la cocina, acompañada por el persistente hedor a tabaco barato y ginebra barata. Alcé la vista, tragándome la bilis. Allí estaban. Los parásitos que devoraron el próspero negocio de mis padres tras el trágico accidente que los mató. Mi tía Martha limpiaba una mesa mugrienta con un trapo gris, mientras Arthur recontaba unos billetes arrugados. Junto a ellos, sentado con las piernas abiertas y una sonrisa que me revolvió el estómago, estaba Robert. El nuevo “candidato”. Un tipo de cuarenta años, dueño de una red de carnicerías locales, con las manos perpetuamente rojas por la sangre animal y unos ojos de cerdo hambriento. —Llegas tarde, Aracely —siseó mi tía, acercándose con paso pesado y amenazante—. Robert ha estado esperándote dos horas enteras. Hemos estado pactando la boda. —No habrá boda —dije, manteniendo la voz gélida, seca, tajante. Robert soltó una carcajada rústica y desagradable, levantándose de la silla. Su enorme y desaliñada figura se interpuso de golpe entre la puerta de salida y yo. —Vamos, niñita. Tus tíos me deben cinco mil libras de la hipoteca de este antro. Tu firma en el acta matrimonial salda la deuda por completo. Además, te conviene. Te daré una buena vida en la tienda. Dejarás de jugar a ser ejecutiva en ese edificio de ricos estirados. “Asco. Puro asco”. Recordé cómo había saboteado al frutero el mes pasado y al usurero el anterior. Pero esta vez el tiempo reglamentario se me había agotado. Mis tíos estaban asfixiados por las deudas; me venderían al mejor postor antes del viernes si no encontraba una vía de escape inmediata. —La deuda de mis tíos no es mi problema —declaré, dando un paso lateral para evadirlo. Arthur me agarró del brazo con una fuerza brutal, enterrando sus dedos sucios en mi carne desprotegida. —¡Es tu problema porque te criamos, malagradecida! —rugió—. O te casas con Robert, o te pongo las maletas en la puta calle mañana mismo. Elige. Le sostuve la mirada a mi tío con todo el desprecio que acumulé durante una dolorosa década. Con un movimiento brusco y certero, me solté de su molesto agarre. —Mañana no estaré aquí. Ni pasado. Ni nunca. Quédense con su carnicero. Salí de la casa corriendo bajo la tormenta, ignorando los gritos e insultos que me lanzaban desde el umbral. No tenía paraguas. El agua fría empapaba mi traje gris, pero por dentro sentía un fuego abrasador. Mi mente regresó a toda velocidad a la oficina de Christian Davies. Al olor a whisky, a su mirada gris tormenta que prometía protección y peligro a partes iguales. Él necesitaba una fachada de estabilidad. Yo necesitaba un milagro financiero. Regresé al rascacielos de Davies Capital en un viaje en metro que pareció durar una eternidad. El imponente edificio estaba desierto, salvo por el equipo de seguridad que me conocía de memoria. Subí en el ascensor privado directamente al piso del implacable CEO. Cuando las puertas metálicas se abrieron, lo vi. Había encendido la luz tenue del escritorio. Se había quitado la chaqueta del traje; las mangas de su camisa blanca estaban hábilmente remangadas, revelando unos antebrazos firmes y tensos. Seguía analizando documentos con una concentración letal. —Olvidaste tus llaves de la oficina, Clark —dijo sin levantar la vista del papel. —Acepto —solté de golpe, cerrando la puerta tras de mí con un impacto seco. Christian detuvo su estilográfica en el aire. Levantó la cabeza despacio. Esos ojos grises me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa empapada, en el temblor imperceptible de mis hombros provocado por la rabia, no por el frío ambiental. —¿Tan rápido te acorralaron tus tíos? —preguntó, levantándose. Su imponente estatura llenó el espacio entre nosotros. Había una provocación íntima en su andar, una tensión animal que siempre intentábamos ignorar. —Dos millones de libras, Christian —utilicé su nombre de pila por primera vez, desafiando abiertamente la jerarquía corporativa—. Ese es mi precio. Un millón ahora mismo para liquidar el pasado y las deudas de mi familia, y el otro millón cuando termine satisfactoriamente el año de contrato ficticio. Christian se detuvo a escasos centímetros de mi rostro. Su respiración, cálida y pausada, contrastaba de forma salvaje con mi piel congelada. Extendió una mano grande y, con una lentitud exasperante, rozó con sus dedos rígidos mi mejilla húmeda por la lluvia. El contacto físico fue como una descarga eléctrica visceral, una sinestesia cruda de fuego y hielo. —Hecho —susurró, su voz áspera como el terciopelo viejo—. El dinero se transferirá en cinco minutos. Pero a partir de este instante, juegas estrictamente bajo mis reglas. No eres mi asistente. Eres mi mujer. Me mirarás como si me amaras con locura, me tocarás como si me desearas con el alma y sostendrás la mentira ante cada maldito reportero de este país. ¿Entendido? —Entendido —respondí, clavando mis uñas en las palmas de mis manos para no flaquear ante la devastadora intensidad de su cercanía física. —Firma esto —sacó un documento legal impreso de su cajón. El contrato prenupcial modificado con mi nuevo nombre falso: Aracely, una supuesta heredera de un ala menor extranjera de la familia Clark—. Tu nueva vida empieza ahora, Aracely. Prepárate, porque el sábado caminaremos directo a la cueva de las serpientes.
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