5: Cuidados especiales

1689 Words
Salí del club y me fui en mi camioneta, no esperé a Sebastián porque tampoco quería hablar con él. Llegué a mi apartamento y me sentí con dolor en la garganta, genial, ahora me iba a enfermar por una buena acción que al final fue un experimento social. — Charlotte — la voz de Sebastián resonó en mi apartamento — ¿En dónde estás? Necesitamos hablar, vamos gordita. La puerta de mi cuarto se abrió y Sebastián me miró en la cama. Él se acercó un poco preocupado, ya que ni siquiera lo miré directamente y cerré mis ojos ante su contacto. —Te has resfriado, tienes fiebre y necesitamos bajarla —él me destapó —vamos, no puedes quedarte ahí, tienes que darte una ducha bien fría. —No tengo fuerzas para levantarme —hablé con dificultad y coloqué mi mano en el cuello —solo dame la medicina para la fiebre y una vez que me sienta mejor podré hacerlo. —No, nada de eso —Sebastián colocó sus manos debajo de mí —quiero que pongas tus brazos en mi cuello, voy a llevarte a la bañera para que te duches y voy a preparar algo para comer. —Deja de decir absurdos, tú no me puedes cargar Sebastián y lo sabes. No soy como las mujeres con las que te acuestas, recuerda que soy gorda. —No seas tan grosera contigo misma, dices tan despectivamente la palabra gorda como si fuera algún pecado. Ten por seguro que te podré cargar aunque sea con dificultad. Sebastián me cargó, pero podía sentir que sus brazos temblaban. No supe de dónde saqué las fuerzas y me bajé, pero con la mala suerte que terminé cayendo junto con él. —Mujer, pero acaso te has vuelto loca —él me protegía con sus brazos —¿Te golpeaste? ¿Estás bien? No debiste hacer eso. Me sentí con demasiadas emociones que al final no pude contener, así que terminé llorando. Sebastián, al ver las enormes lágrimas deslizarse por mis mejillas, se asustó demasiado y comenzó a revisarme por todos lados buscando algún golpe. —No estoy herida físicamente, por favor dame un abrazo que lo necesito demasiado. Él abrió sus piernas y me abrazó, los dos estábamos en el suelo y enlazados de tal forma que parecíamos ser uno solo. El corazón de Sebastián latía con tanta calma que pronto me vi más tranquila e incluso dejé de llorar. —De todas las mujeres que he visto llorar, tengo que reconocer que tú eres la única capaz de hacer que me duela en el alma al ver ese rostro adornado de lágrimas. Te quiero Charlotte y sé que lo sabes, quizás me muestro inmaduro en algunas ocasiones, pero es porque contigo puedo ser yo y es agradable, tú eres tú y no hay nadie igual a ti, puedo perder a los muchachos, sin embargo, a ti no, eres indispensable en mi vida y pensar en que un día no te voy a ver es algo que me duele como no tienes idea, nunca te vayas de mi lado. —Yo también te quiero, te quiero tanto que me duele el corazón y si acaso me llego a alejar de ti sería como si me clavara el puñal a mí misma, tampoco puedo estar sin verte y sé bien que eres inmaduro en algunas ocasiones, pero está bien, eres tú y te acepto como eres —empecé a llorar en su pecho —lo siento Sebastián, te he mojado la ropa. —No te preocupes por eso —él me detuvo —. No me gusta verte llorar, pero puedo aguantarme si es que necesitas desahogarte. Aquí me encuentro contigo para lo que me quieras utilizar. Dejé de llorar y me sentí mejor. Él me levantó con cuidado del suelo, fuimos al baño, preparó la bañera. Una vez que me metí al agua, me sentí mejor. Sebastián se encontraba en el cuarto, pero después salió; luego de media hora salí del baño. —Sebastián —fui a la sala —, pero ¿qué rayos estás haciendo? Deja eso y ven aquí. ¡Ay, no, mi cocina la has destruido por completo! Sebastián tenía todo hecho un desastre. Él se acercó con avena cocida y no se miraba nada bien, pero al ver sus dedos que estaban heridos fue que decidí comerla. —¿Cómo está? ¿Te gusta? —él me miró atentamente —. Sé que hice un desastre en la cocina, pero lo voy a arreglar, no es nada del otro mundo. —Está rica y por la cocina no te preocupes, probablemente la señora de la limpieza venga en estos días, así que ella recogerá todo ese desastre. Tengo una duda, Sebastián, y espero que me la puedas responder, ¿Por qué la avena está café? —Es que le he agregado chocolate, con lo mucho que te gusta decidí hacerlo y también porque ya lo has hecho antes. Sonreí y terminé de comer esa avena que no sabía en absoluto bien, no quería lastimar los sentimientos de Sebastián, así que lo mejor es que me la acabe por completo. —Vaya, te ha gustado. Si quieres te puedo servir más, he preparado una cazuela entera de avena, hay más que suficiente para una semana. —¡No! No es necesario que lo hagas —le quité la taza de las manos —me encuentro llena, ahora prefiero descansar un poco. Me fui al cuarto a descansar, Sebastián entró seguido de mí y me acomodó en la cama. Él me dio un beso en la frente que me hizo sonreír como una boba. —Se supone que estoy enfadada contigo, no sé qué más quieres de mí. Me has ocasionado tantos problemas que debería sacarte de mi vida. A veces dices cosas demasiado hirientes, Sebastián, y lo peor es que eres tan tonto que ni siquiera te das cuenta del alcance que tienen tus palabras en mí. —Lo siento cariño —él se acostó a mi lado —créeme que no es mi intención herirte, solo quiero verte feliz y con esa hermosa sonrisa que ha iluminado mis días desde que éramos unos niños. —Es imposible estar enojada contigo por mucho tiempo —me acerqué y lo abracé —te quiero Sebastián, eres mi mejor amigo. Lo último que escuché antes de quedarme dormida fue el palpitar tan calmado de Sebastián, él era mi paz por mucho que me doliera admitirlo. Al día siguiente miré que no estaba a mi lado, supuse que se fue en la noche una vez que me dejó sola; sin embargo, el ruido de la ducha me confirmó que no era así, miré unas pastillas al lado y las tomé; además de eso habían unas inyecciones así que me hice de lado y me pude inyectar en el glúteo sin ningún problema. —NOOOOOOO, mis ojos —Sebastián gritó saliendo del baño y tapó su cara con una mano, mientras que con la otra la extendía hacia adelante —. ¿Por qué has hecho eso, Charlotte? Me hubieras avisado. —Eres un exagerado, solo has visto un poco de piel y ya estás pegando el grito al cielo. Lo hice porque bien sabes que no me gusta andar visitando clínicas u hospitales que al final solo me hacen esperar dos horas por ponerme una bendita inyección que bien puedo ponerla. Me levanté y sentí un mareo, los brazos tonificados de Sebastián me sostuvieron, miré sus ojos y me sumergí por completo en ellos. Estaba tan cerca de sus labios que de repente los míos se empezaron a acercar a un punto en el que podíamos sentir la respiración el uno con el otro. —¿Qué estás haciendo? —Sebastián puso su dedo en mi frente y me empujó —¿Te sientes bien? ¿Acaso sigues con fiebre? —Deja, gran tonto —empujé su dedo de mi frente —te informo que tienes un enorme barro en tu “cara tallada por los mismos dioses” eso te pasa por andar comiendo tantas porquerías. —Ah, es un barro. Por un momento pensé que me querías besar, es absurdo, tú no eres capaz de hacer eso porque sabes bien que esos no son mis sentimientos por ti — él empezó a reír, pero se detuvo luego de unos segundos — ¡¿Qué?! ¡¿Has dicho un barro?! —Perfecto, aquí tenemos al verdadero Sebastián. Él salió corriendo al espejo y pude escuchar el grito que dio al ver el barro en su cara, por suerte, tenía esta justificación. No quería pensar mucho en lo que Sebas sentía por mí, al final creo que tengo que resignarme de que nunca va a posar sus ojos en una tipa como yo. —La pomada la tienes en el gabinete de siempre —salí de mi cuarto —ya deja de hacer tanto escándalo, los vecinos se van a quejar y la policía va a venir al pensar que están matando a alguien. —¿De qué vecinos hablas? Solamente estamos tú y yo en este piso — Sebas gritó desde el baño — al parecer la fiebre regresó, estás delirando. Si estuvieras en mi lugar estarías pegando el grito al cielo. —Esas son las ventajas de tener una piel impecable a pesar de ser gorda, voy a salir así que deja de gritar. Recuerda que tenemos vecinas en la planta baja y están resentidas contigo porque te acostaste con ellas y nunca más las volviste a buscar. Salí de mi cuarto y fui a la laptop. Hoy trabajaría en los banners que necesitaba enviarle a Abril. Sebastián salió de mi habitación y fue directo a mi oficina. Él llevaba la pomada en el barro que le había salido y se tiró al sofá con una gran cara larga. — Verás que dentro de unas horas no tienes nada, deja esa cara larga y no creas que es el fin del mundo solo por algo tan insignificante. Tengo que trabajar, así que trata de quedarte callado…
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