Los días siguientes giraron en torno a la boda. Todo parecía acelerarse, como si el tiempo quisiera empujarme hacia ese momento. La urgencia de casarme con Nicolás crecía con cada amanecer. No podía seguir separada de él. Sentía que nuestro amor necesitaba tomar forma, volverse algo tangible, algo que pudiera sostener si llegaba el miedo. Por más que él me aseguraba, una y otra vez, que no pensaba dar marcha atrás, una parte de mí seguía temiendo que todo esto —nosotros— fuera demasiado perfecto para durar. —Tenemos que regresar a Nueva York —anunció Natalia, palmeando las manos con entusiasmo—. ¡Ahora sí es momento de encontrar el vestido! —Tranquila —le respondí, sonriendo con suavidad ante su entusiasmo—. No quiero hacer ese viaje de nuevo. Prefiero que busquemos aquí, en Inglaterra.

